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martes, 5 de agosto de 2014

Una ventana para ver pasar el mundo.


Esta noche he soñado contigo. Estábamos en Gijón. Podía haber sido cualquier otro sitio pero era Gijón. El mar es imprescindible en todas las escenas del verano. Yo conducía. Me empeñé y cualquiera me lleva la contraria. Nos perdíamos en medio del laberinto de calles todas iguales para mis ojos. Bueno, vale, tienes razón, me perdía yo, sólo que cómo tú ibas conmigo, nos perdíamos juntos. No es tan raro, siempre me pierdo en Gijón cuando conduzco despierta, no iba a ser diferente estando dormida. Te enfadabas un poco, sólo un poco, apenas un minuto. Creo que no tienes la facultad de enfadarte conmigo en serio, ni en broma, tampoco estando despiertos. También creo que carezco de capacidad para sacarte de quicio. Tienes una serenidad innata que te diferencia del resto del mundo, eso está claro. Luego, por lo absurdo de la situación, nos echamos a reír. Tú te reías de mí, de lo ridículo de perderse por Gijón “Es imposible” me decías “si siempre tienes la playa como referencia”. Yo me reía de ti, de tu mosqueo “Anda, mira que enfadarte por esto”, te dije. Al salir del aparcamiento, seguíamos riendo y me besaste. Las risas habían creado el ambiente propicio, sin que nos diéramos cuenta. La tarde y la brisa, el mar y el eco del sonido de las olas rompiendo en la orilla… Nos besamos. Fue un beso largo que, a pesar de la sorpresa, se encontró con una boca presta para ser besada y que te confirmaba lo que mis risas y mis ojos te decían y te animaban a hacer. Sí, sí, sí, me besaste tú. Yo nunca lo haría. No es mi estilo. Siempre temo ser rechazada.  Creo que nunca he besado a nadie. Además, era un sueño, mi sueño. En los sueños todo está permitido. Entonces, todavía con el sabor de tu boca en la mía, sonó el despertador, me arrancó de aquel instante de sensaciones y me desperté. A pesar de la decepción, pensé que no era mala forma de empezar el día, ni la semana, ni el mes. No es mala manera de esperar que, de una vez, lleguen los merecidos días de asueto. Tu beso fue como una promesa de vacaciones. Tus labios en los míos, tu boca en la mía. Era algo pendiente entre nosotros. Ya está, hecho, al menos en sueños. Ahora ya sé cómo saben tus besos. Qué si me gustó, dices. Sí, me gustó. No dudaba que lo haría. Es más estaba segura de que me gustaría.
Luego, al volver a casa del trabajo, buscando en los cajones desordenados de mi habitación, encontré la carta. Una carta sin echar que escribí hace mucho tiempo, diez años hará en noviembre. La escribí cuando te fuiste la primera vez. No querías volver. Te ibas para siempre, casi dando un portazo. Querías dejarlo todo atrás y empezar de cero. Despegar en otras tierras junto a otras gentes. Y yo pensaba que no nos íbamos a volver a ver. Nunca. No había nada ni nadie que te hiciera cambiar de opinión. Te llevé al aeropuerto ¿te acuerdas? Casi no llegamos. Aquella vez no fue culpa mía. Podías haber perdido el vuelo y luego el enlace en Madrid, podías no haberte ido, pero al final llegamos a tiempo y te subiste al avión que te llevaba lejos de mi. Te había dicho que tenía algo que darte. Sin embargo, a última hora me arrepentí y me guardé la carta. En su lugar te dí un libro. Ni siquiera recuerdo el título. Era el que estaba leyendo o quizás estaba olvidado y abandonado en el coche y lo cogí de allí sin más. Bueno, ya me conoces. Dices qué lo tienes todavía, no esperaba menos. Hoy he vuelto a leer la carta. Qué cosas, no tiene nada de especial. Es una carta de amiga a amigo. Totalmente inocente y sincera: “Te echaré de menos”. “Estaré sola sin ti”. “Prométeme que me escribirás”. “Prométeme que estarás bien” . Recuerdo que me quedé mirando como te ibas, como el avión te alejaba para siempre. Me quedé allí de pie. Tenía el alma helada. Mi corazón se fue en tu equipaje.
Y sí, mientras tanto, yo he estado sola aquí, sin moverme, en el mismo punto, todo este tiempo. Como una niña pequeña a la que su madre dice "Quédate ahí, no te muevas" y obediente hace lo que le dicen. Y todo esto entre ratos de desierto y de oasis. Ha habido de todo, en general no me puedo quejar. He estado mirando el mundo pasar desde una ventana, como los gatos, encaramada en el alféizar. Alternando momentos de sol con ratitos de sombra. Intentando coger las partículas de polvo en suspensión que aparecen por arte de magia cuando entra un rayo de luz por la ventana. Contando las gotas de lluvia correr por los cristales en los días grises del invierno. Dibujando corazones de papel. Mendigando una caricia. Ronroneando de vez en cuando para que se dieran cuenta de que seguía viva. Algunas veces paseaba hasta el sofá del salón y me desperezaba. Observando a aquellos que primavera tras primavera construyen un nido, o reconstruyen el del año pasado. Viendo a las arañas tejer afanosas sus telas. Esperando que ocurriera algo. Esperando que estuvieras bien y que volvieras a casa, que volvieras sin más. Y hoy he soñado contigo y me besabas.

2 comentarios:

  1. Quizás sea el momento de dejar de estar tras el cristal y salir a la calle, de romper la carta y escribir cosas nuevas en un papel en blanco...
    ;)

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  2. Igual sólo se trata de empezar una hoja en blanco, no creo que funcione, pero habrá que intentarlo.

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