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lunes, 29 de junio de 2015

Dejaré la luz encendida para que, si llega el tiempo, encuentres el camino que lleva a mi.


De un tiempo a esta parte se ven algunas veces. Se han encontrado en la escalera, en el ascensor y en el garaje de su casa. Incluso, por casualidad, han coincidido tomando café en la misma barra de un bar, uno cualquiera. Él le sonríe. Ella se llena con su mirada. Se siente como, si subida en un escenario, un foco la apuntara y sólo hubiera luz a su alrededor. Todo lo demás ha quedado oculto, abandonado en el patio de butacas o entre las bambalinas, sin mochilas ni cansancio, ni propios ni ajenos. Ella en el centro y el mundo girando. Ella y su luz. La propia. La que se activa cuando reflejas la que desprende un igual. La que contagias. La que transmites. Igual que el sol da sentido a la luna. Él y su sonrisa que cura. Él y sus ojos que calman. Él y sus brazos hechos para abrazar. Su mirada que le dice "Tranquila, he llegado a cuidarte. Me quedo aquí. No me voy a ir". Él y ella. Agua y fuego. Hombre y mujer. Solos. El resto afuera.
Se siente así.
No se habían visto nunca, lo que parece increíble siendo casi vecinos. Comparten la misma ciudad y algunos espacios más. Apenas unos kilómetros en línea recta entre uno y otra. Cuando se conocieron, ella llegaba nueva y se sentó a su lado. Podían haber coincidido en un banco del parque leyendo el mismo libro. Sí, habría sido una forma bonita de conocerse y seguramente más fácil, con menos niebla alrededor, con la claridad de un parque o compartiendo un banco en un paseo de la playa, en un espacio abierto o en uno cerrado, en una biblioteca, una cualquiera. Bebiendo agua en una fuente, descansado en un bosque de hayas o en un bosque de libros. Libertad y conocimiento. Aprendizaje y enseñanza. Ella quiere aprender lo que él le enseñe, lo que sea que le pueda enseñar. A ser y a estar, a parecer y a creer de otra forma. A mirar el mundo con un cristal diferente.
Le vale todo lo que él le ofrece.
Pero se encontraron en un foro menos amable. Un amigo le dijo "Siéntate lo más lejos posible de la puerta para que vean que llegas a quedarte". Complicadas técnicas de comunicación no verbal. Así lo hizo. Tardó un día en darse cuenta de que el hombre que estaba a su lado no era un hombre cualquiera. Se lo negó a si misma como Pedro a Jesús, pero no pudo hacerlo tres veces. Buscó una excusa pero advertida por su piel, la segunda vez que lo vio, tardó un minuto en soñar con despertarse al lado de aquel hombre sereno con aspecto de profesor que, como ella, parecía no pintar nada en medio de aquel tácito fuego cruzado o ¿era expreso el fuego? Empezó a girar la ruleta de sensaciones y ella se dejó ir. Aprendió a dibujar su perfil con sólo cerrar los ojos. Imaginó la curva de su espalda sin haberla recorrido. Conoció el sabor de sus labios sin haberlos probado. Amaneció enredada en su pecho. La corriente alterna de calor y frío. Las subidas y bajadas. El "por Dios que no me mire que me pondré roja" y es que hay cosas que no cambian por muchos años que cumpla. El "Serénate, que eres adulta". Las mariposas en el estómago y todos los insectos, de repente, acercándose a su luz incandescente nada más que sintió la proximidad de él. La piel que dice tantas cosas sin palabras. Y se enamoró como una tonta o como una lista sabedora a un primer vistazo de que aquel hombre merecía la pena.
Pero el destino no siempre actúa a tu favor. Nunca sabes cómo lo hace. Te pone simplemente a alguien en tu vida que lo cambia todo. Te trae color y calor, claridad y esperanza y luego te lo quita, para apagarte. Por un momento, creíste que aquello podía ser y además sería perfecto. Te sentiste viva tras el largo invierno, pero no fue, ni es, ni será.
Y después la congoja y la pena. Encogerse. El cerrar una puerta y no dejarla entreabierta. Perder en lugar de ganar. Por encima de todo el respeto al otro. Los principios. Los terrenos prohibidos. Las simas y los precipicios. El miedo y la oscuridad. Estar seca de nuevo. Vivir  y después morir para volver a nacer quién sabe cuándo, quién sabe dónde.

sábado, 20 de junio de 2015

No dejes de besarme

Besa al beber, que el vaso cure el miedo:
besa en el cuello, la más bella comarca.
Déjate besar,
y si te quedara nostalgia
besa otra vez, que la vida se acaba.

Joan Salvat Papasseit.
El beso Gustav Klimt

Si de este tiempo tuviera que quedarme con alguien, me quedo contigo. Tu ser y tu saber, tu presencia y tu ausencia. Los días que estás y los que no. Las noches a tu lado y la promesa de atardeceres infinitos. Las esperadas madrugadas juntos.
Si tuviera que robar algo tuyo, lo robaría todo. Sin violencia y disimuladamente me iría llevando a mi casa tu equilibrio y la serenidad que me transmites. Tu prudencia. La palabra exacta que algunas veces dices y otras callas. La mesura. Tu mirada limpia de hombre justo. Tu capacidad de escuchar. Tu educación. Y con todo ello haría un fuerte en el que pasar tiempo juntos, sin hablarnos, entregados al silencio que dice tantas cosas sin decirlas.
Si tuviera que apartar algo, apartaría las dudas, los miedos infantiles y los fantasmas grandes. El no saber nada de ti, ni de tu vida, más allá de tus manos que prometen caricias delicadas y algunas otras cosas, tu boca que apetece y tus labios que provocan, tus ojos que sonríen y me hablan sin palabras. El querer saber y no preguntar para no romper el hechizo en el que estoy presa. El enamoramiento atrapa. La realidad destruye la esperanza y pone las cosas en su sitio. Estoy segura de que tu territorio tiene dueña, por eso no pregunto, y, sin embargo, construiría una cabaña entre tus ramas donde ponerme a salvo.
Si tuviera que elegir un sentido, elegiría el tacto. Recorrería tu piel con avaricia para calmar mis ganas de ella, y así satisfecha, hartas mi hambre y mi sed de ti y contigo, recuperar el sueño que he perdido y olvidar el desvelo que produces. No estaba yo preparada para verme en este torbellino, y es que pasa, que cuando nada esperas más recibes. A veces aparecen las personas y se quedan, te enganchas para siempre y ya no marchan.
Si tuviera que pedir un deseo, pediría tus besos. Tus besos en la frente y en mis sienes, en las palmas y en el envés de las muñecas. Tus besos en los párpados y el cuello. Tus besos largos y los cortos. Los de niño y los de adulto. Los de amigo y los de amante.
Y estoy aquí encerrada. Esperando que vengas a buscarme. Espero desarmada. Me he rendido. Acúname en tus brazos. Abrígame en tu abrazo. No dejes que me escape. Soy inconstante en casi todo y tengo miedo y frío. Quédate conmigo para siempre, prometo ser yo misma, pero no tardes mucho que el verano pasa rápido y el invierno que viene será largo si no estás a mi lado.

lunes, 15 de junio de 2015

Magia.

La tormenta y el cielo después.
Subir a Alba.
Un mar de nubes.
Las flores del manzano.
Compartir unas sidras con mi padre e intercambiar lecturas.
Nela y lo que nos trae.
El inocente diálogo con Hugo.
La voluntad de trabajo de Nicolás.
Tener ganas de lunes porque pronto llega el viernes.
La constante inquietud de Lola por descubrir el mundo.
Encontrar una librería pintada de blanco al lado del mar donde vivir otras vidas.
Un hada pelirroja.
Las risas con ellas, por todo y por nada.
Las palabras y los versos.
Los besos y los abrazos.
El deseo de volver a verte.
Tú y yo.
Un bosque para perdernos.