Páginas vistas en total

martes, 28 de junio de 2016

Ciego Noblina



Sintió parar su corazón. Se vio a sí misma perdida, rodeada por una densa noblina, indefensa como el ganado sorprendido en el puerto por la tormenta. Se rompió el futuro que construían juntos cuando al llegar la tarde vinieron a avisarlos. Mal presagio si envían a buscar al pariente de un minero. Bajó el suegro, a ella no la dejaron.
Murió por dentro cuando su padre, derrotado y viejo de repente y, tras él, la sombra de la muerte, entraron en la cocina donde esperaba noticias junto a las otras mujeres, su madre y sus hermanas, la más pequeña recien casada también con un minero. Borrachas de café y miedo, poseídas por los peores augurios, solidarias ante lo que se avecinaba.  
Y mientras aquella sombra, la de la muerte miserable y traidora, a la que nadie invitó, se coló por cada una de las rendijas de la casa. Cubrió sus azules ojos. Habitó el lecho aún caliente tras la última noche que pasaron juntos, el dibujo de sus cuerpos sobre el colchón, los restos de su amor entre las sábanas. Rondó para siempre la casa, paseándose del lecho a la lumbre, de la lumbre al desván, del desván al horro sin decidirse a abandonarla más. Aquella casa llamada a llenarse de risas infantiles, enmudeció para dejar que el silencio invadiera cada estancia. Se cegaron los ojos de la joven esposa  anegados de lágrimas, lágrimas negras como el carbón que creía que él arrancaba de las entrañas de la tierra cuando vinieron a buscarlos. Aquellas paredes, aquellas vigas del techo, aquellas puertas hechas por él mismo que era bueno en todo como lo eran los hombres en la aldea: carpinteros y labradores, canteros y pilares de aquellos humildes hogares. Aquel hogar nunca más fue completo sin su presencia.
La sombra se convirtió en su acompañante allá donde fuera, por los caminos cuando iba a sus quehaceres diarios, la sentía presente al ir a por agua a la fuente, a lavar al lavadero, desde ese mismo instante la mujer valiente que era se convirtió en medrosa. Y fue ella la que tomó las riendas de su vida. Mujer pobre y  madre sola.
Con el paso del tiempo recordaba a menudo las palabras de su padre que portador de la noticia solo acertó a decirle que al su José, joven y sano, guapo y arrogante, se lo había robado la tierra para siempre. La mina que cobra su tributo en vidas de vez en cuanto. Alto tributo que nos deja sin hombres. Los pocos que quedaban después de aquella guerra cainita que dividió en dos el corazón de este país. Dos partes que nunca más, desde entonces a hoy, volvieron a encontrarse.
Aquel momento, las frases que su padre no atinó a decirle, el dolor contenido de su hermana pequeña, la cara de su madre, las vidas empeñadas de sus hijos, se tatuaron a fuego en su piel. Su blanca piel que escondía del sol para él y que no volvería a arder con la vida que el hombre encendía con sus caricias.
Se movió dentro el hijo que nacería sin padre. Llamó al grande, testigo desde la escalera que subía al piso. Le cogió de la mano. Y tras las mismas huellas que habían dejado al alba los mineros yendo al pozo, caminaron a buscar el cuerpo muerto del marido amado. Se volvió, tras apenas unos pasos, a buscar la chaqueta que él había olvidado y mientras se arrebujaba en la toquilla negra que había heredado de su suegra, susurró para sí:  "Le llevo esto, no sea que tenga frío mientras volvemos a encontrarnos".

http://lavozdeltrubia.es/2016/10/15/fina-menendez-pura-delicadeza-poetica/

http://bealadelola.blogspot.com.es/2016/06/ciego-noblina.html

jueves, 16 de junio de 2016

Lola la de Bea

Yo no sólo no te abandonaré nunca sino que además tengo amigas que te escriben poemas y es que no a todo el mundo le escriben un poema y tu tienes muchos, los que escribimos cada día hilvanando nuestra vida, cada día un verso de amor, un soneto de compañía, un romance de lealtad. No comparto en mi blog nada que yo no haya escrito, pero esto hoy lo merece. Por la historia más bonita que hemos vivido juntas, porque sólo habrá un desenlace que pueda separarnos, porque me gustaría que todo el mundo entendiera lo que significas para mi y lo que me has dado, porque desde que estás en mi vida sé lo que es el compromiso. Si pudiera pedir un deseo pediría que se parara el mundo para que no te hicieras vieja o mejor que nos hiciéramos viejas juntas.
Hay cosas qué no puedo pensar, que no quiero pensar. Ya pensaré en ellas mañana.


Lola la de Bea

Bea viaja con Lola,
siempre en fines de semana.
Voltea contenta su cola
sube al coche como humana.
Unas veces va dormida
o mira por la ventana.
Va soñando con comida
y con gatos que amilana.
Salen de Oviedo a Salcedo,
pasan por Trubia y Proaza.
Cruzan algún Castañedo,
Lola a una ardilla amenaza.
Se llena de adrenalina
cuando están llegando a casa.
Mira si hay una gallina
y corriendo la repasa.
Bea se fue al catecismo
tuvo que llevarse a Lola.
Otra vez pasa lo mismo
no puede quedarse sola.
Y calladina en la iglesia
empezó como a pensar...
"A ver si Dios tiene amnesia
y me puede perdonar
los sustos que le metí
al gatín de la vecina,
estrés al que sometí
a aquella pobre gallina."
Con las patas delanteras
reposadina en el suelo,
Lola rezó a su manera
hoy´ta más cerca del cielo.
Se apropió y no titubea
de su dueña y trae cola.
Sigue llamándose Bea,
pero Bea la de Lola.

Tina Alonso













 

sábado, 11 de junio de 2016

Palabras y caricias.

A ella le gusta leer en la cama y para él lo hace en voz  alta. Lee romances antiguos y cartas de amor, poemas escritos con la torpeza de una niña y pasajes de artículos de prensa, necrológicas y efemérides. Todo lo que le llama la atención o tiene entre manos. Le gusta leer después de amarle al alba, al atardecer o en la noche. Cualquier momento es bueno para acariciar con palabras a este hombre que ha despertado su capacidad de amar y le ha devuelto la vida. Amar y leer.
Amar a un hombre como ha amado a las palabras desde pequeña. Amar con la misma devoción que de niña le inculcaron el amor a la Virgen. Claro que lo que siente es distinto. Esto no es fascinación por las manos delicadas y la mirada limpia de una talla de madera que en la penumbra de la capilla del colegio parecía que sonreía. Ahora es un amor real y adulto, ávido de sensaciones y con la urgencia de recuperar tiempo. Lo que estaba esperando y al fin tiene. Y ha esperado tanto... Tiempo de desengaños y decepciones, de intentos fallidos y trenes perdidos por ser cobarde. Porque ella es cobarde. Cobarde  y tímida y su actitud es parapetarse tras una roca de fingida seguridad, no dando pie, ni pábulo, ni dejando acercarse más allá de la línea roja que ella misma dibuja. "Te permito llegar hasta aquí, más adentro no quiero a nadie". Sin embargo, cuando alguien consigue tocarle el corazón cae desarmada, se rinde muy rápido, demasiado rápido para su gusto. Y el enamoramiento, pocas veces real y muchas imaginario, le dura mucho. Y en eso está. El hombre que sonríe con la mirada, de manos grandes y  aspecto cansado, decepcionado con el mundo, le ha tocado el corazón y ella se ha rendido.
A él le gusta escucharla. Ella lee, modula su voz adaptándola al texto que tiene entre manos. Su voz aguda se vuelve solemne y grave, o melodiosa y cantarina dependiendo de lo que sea necesario. Él siente la caricia de las palabras, unas veces brisa y otras tempestad, otras susurro y algunas gemido. Esta mujer que ha aparecido para hacer temblar los cimientos de su vida le vuelve loco. No es bruja, ni hechicera, ni siquiera usa armas de mujer, es simplemente mujer, sencilla y complicada, madre y tierra, fuerte y débil. Es a quien estaba esperando sin saberlo. Una mujer normal que hace promesas que cumple, que tiene sueños y trabaja por construirlos y que cree en él, en su capacidad e integridad, en su poder para cambiar el mundo. Ella le ha devuelto la confianza cuando las fuerzas empezaban a fallarle y todo en su mundo se transformaba en hostilidad.
Y se aman y tras amarse, mientras ella lee, el escribe utilizando la piel blanca que ella ofrece como pergamino virgen e infinito. Sus manos recorren una y otra vez los montes y montañas, los valles y llanuras, los muslos y el vientre que ella ofrece. Sus dedos dibujan pentagramas sobre los que escribir composiciones inéditas, pintan los paisajes que nunca han visitado pero que ella le ha descrito, trazan constelaciones estelares uniendo los lunares de su espalda, hacen garabatos infantiles. Acarician ansiosas e insaciables. El, acunado  por el sonido amable de las palabras de ella, escribe incansable y su caligrafía es fuente de emociones que tatúa en su cuerpo con la tinta invisible del deseo y la pasión  traducida a caricias con la que graba a fuego este tiempo compartido que les une para siempre.
Mudan de oficio. Ella se consagra a la lectura y él se dedica a escribir. Ella desde su soledad y el desde su compromiso ajeno a ambos convierten el lecho que comparten para quererse como si no hubiera mañana, leer como si el tiempo fuera de ellos y escribir uno en la piel del otro finales felices a su historia de amor en el espacio único que necesitan porque juntos son completos.

martes, 7 de junio de 2016

Han vuelto las golondrinas y, con ellas, se han traído al verano.

 
Llegado su momento,
volvían siempre.
Habitaban su nido y nuestra casa.
Nidos en cada corredor y galería.
El nuestro,
en medio de la sala,
amaneció un día tejido en un suspiro por las hadas.
Vigilaba la golondrina desde un clavo,
clavado en una de las vigas.
Cuidaba de su prole,
mientras la viga sostenía mi vida.
Traían consigo promesas de verano
y labores del mismo.
Venían a acompañar nuestros trabajos.
Pasaban el buen tiempo con nosotros.
Acabado el calor,
retomaban el vuelo,
y tras su estela,
dejaban el anuncio del invierno.
Hoy lo siguen haciendo.
Recuperan sus nidos,
habitan nuestra aldea,
vacía de gente y sueños,
la pueblan ellas.
Le devuelven la vida
que por agotamiento de una forma de entender el mundo
nos ha roto el progreso.
Han vuelto las golondrinas
y, con ellas, se han traído al verano.