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miércoles, 6 de diciembre de 2017

Aquellos médicos rurales


Carmen en Casa Jamallo celebrando su jubilación.
En agosto de 1976, pasada Alba, fecha que marca y marcaba el avanzar del año en Quirós, una joven de 24 años, acompañada de su marido, llegó a Bárzana en un mini a buscar casa. Mari Carmen Echegaray Pérez, descendiente del premio Nobel de Literatura José Echegaray, recién licenciada en Medicina, venía a tomar posesión de su plaza como médico de cabecera. No les fue difícil encontrar un techo y tres o cuatro días después volvieron a instalarse “Volvimos con una furgoneta y los pocos muebles que teníamos. Nos ayudaron los vecinos a instalarnos. Tuvimos muy buena acogida desde el principio”. Unos meses antes su suegro que se había trasladado por motivos laborales a Asturias, empezó a contarles lo increíble que era esto. “Nos describía un lugar ideal, de gran belleza y venga a decirnos veniros, veniros. Acabábamos de finalizar la carrera. Yo me licencié, recogí mi título y en agosto empecé a trabajar en Quirós. Era un momento en el que aún no había Facultad en Asturias, y los médicos que ejercían aquí venían de Valladolid, Salamanca o León, en Madrid empezaba a haber exceso de médicos y nos lo planteamos como una aventura.”
Traía consigo un maletín, un fonendoscopio, el aparato de tomar la tensión y unas ganas enormes de descubrir la magia de su profesión.
Puestos en contacto con la Jefatura Provincial de Sanidad que estaba en General Elorza en Oviedo, les recibió el jefe de personal José Ramón Tolivar Faes que casualmente había comenzado su carrera de médico en Quirós “Tolivar era el clásico médico humanista, de la escuela de Marañón. Me enseñó un mapa de Asturias lleno de banderitas y chinchetas de colores. Había nueve localidades sin médico. Busqué la que estaba más cerca de Oviedo, mi marido tenía que ir y venir para hacer la especialidad al Hospital de Asturias: Bárzana, 42 km desde Oviedo. Me hizo los trámites, nos pasamos por el pueblo a presentarnos y a hablar con los vecinos. Manuel Formoso ocupaba la otra plaza de médico, llevaba cuarenta años ejerciendo. Yo ocupé la otra.”
Instalada en el bajo de Evaristo, muy cerca de lo que fue el almacén de Argentino y Marica en la misma entrada de Bárzana y en el que podías comprar cualquier cosa, mientras daba sus primeros pasos en el ejercicio de su profesión comenzó a conocer a los quirosanos de los que habla con infinito cariño. “La gente era entrañable. Ipi de Faedo, que vivía encima, me bajaba la comida. Yo echaba mucho tiempo con cada paciente y tenía en una de las habitaciones de la vivienda  la consulta, me daban las mil y entonces bajaba Ipi y decía “dejai comer a la neña, hoooo”.
Carmen sentía la necesidad de conectar con el pueblo en el que vivía más allá que su trabajo y encontró la fórmula cuando conoció al director del colegio y a los dos sacerdotes que llevaban la parroquia. “Angel, el director era un hombre que vivía en Oviedo pero estaba muy vinculado a Quirós donde pasaba muchas horas trabajando en el cole y muy implicado con el proyecto educativo. Los sacerdotes, Vicente y Nacho también eran jóvenes. Vicente era un muchacho tan próximo que jugaba la partida con los más comunistas del pueblo” (en aquellos tiempos en los que los comunistas y los sacerdotes era polos radicalmente opuestos o eso se vendía). Empezó a relacionarse con la gente joven organizando entre todos una obra para Navidad. “Éramos un grupo con una ilusión y unas ganas de trabajar tremendas” En aquella obra, que iba tejiendo la historia de la Navidad a partir de las letras de villancicos populares, querían trabajar todos y para poder darles papeles se fueron incorporando escenas “que teníamos doce niños, pues vamos a vestirlos de ovejas y que salgan con un pastor. Colaboraron todos, las madres. Aurorita y Daniel el panadero hicieron una obrita escrita por García. Resultó muy bonito. Como no había salón de actos en el colegio, lo hicimos en la entrada, decoramos las columnas, pusimos un tejadito para que fuera el Portal de Belén. Un coro cantó dos villancicos, un grupo bailó el Xiringüelu. Resultó una función navideña preciosa.”
Formaron una especie de asociación que llamaron “Grupo Cultural de Quirós, nos reuníamos todas las semanas y discurríamos fórmulas para dinamizar de alguna manera la vida cultural. Al año siguiente organizamos la Cabalgata de Reyes. También intentamos construir un refugio en los Puertos de Agüeria pero vino el mal tiempo y se quedó en proyecto.”
De aquellos cursos escolares quedan las charlas de educación sanitaria que organizaba. Había más de doscientos niños en el colegio y Carmen conocedora del problema de bocio endémico que había en la zona y puesta de acuerdo con los responsables sanitarios y escolares, programó acercarse a los niños yendo al colegio. Reconocimientos médicos, charlas sobre alimentación y nutrición, prevención de accidentes, primeros auxilios, patologías banales. “Llegaba primero con un proyector y dibujos muy sencillos hechos por mi misma y más tarde, gracias a Tolivar pude hacerme con una colección de diapositivas.”
Su relación con su colega local, sin embargo, fue escasa “Era un médico mayor que probablemente había perdido la ilusión después de tanto tiempo ejerciendo. A nivel profesional me encontraba un poco sola. Empecé a reunirme con los médicos de Proaza y Teverga. Jaime Profitos estaba en Proaza. Era un traumatólogo de Barcelona al que una depresión y la recomendación de su siquiatra trajó a la comarca. “Vete a un pueblo donde lo más interesante sea ver a un perro mear” le dijo y José Luis Cadierno era un médico de cabecera que luego fue pediatra en Gijón. “Nos encontrábamos para hablar de casos, y hacer una especie de seminarios, una semana de la artrosis, otra del asma. Se trataba de mantener la moral y la capacitación científica. Entonces para mantenernos al día solo teníamos revistas. Con Profitos llegamos incluso a hacer pequeñas cirugías sin necesidad de trasladarse al Hospital: hemorroides, fimosis,….”
Recuerda con cariño su primer paciente “un señor de Salcedo que se cayó del caballo, fue una lipotimia y todo quedó en un susto”. Veía hasta cincuenta personas diarias sobre todo, los días de feria. A primeros de mes, aprovechaba la gente para ir al médico. “Había cosas que me llamaban la atención, por ejemplo, cómo se hacían los tratos en la feria, el valor de la palabra dada, la forma de hablar, tuve que hacerme un pequeño diccionario. Era una medicina muy artesanal. Teníamos que hacerlo todo in situ y salir adelante”. Tiene  muchas anécdotas: subir en mula a visitar a un enfermo y que la mula se metiera directamente en la cuadra, ir en coche y volver en tractor porque había empezado a nevar sin tregua, hacer suturas alumbrada con un carburo, llegar a un pueblo a las 19.00 y que estuvieran acostados o el día que después de llevar un rato sentada en la cama con el paciente preguntándole sobre su estado, éste le decía a su familia “¿cuándo me vais a buscar al médico?” En aquellos días eras médico día y noche, la gente llegaba en cualquier momento para que hicieras un domicilio, contarte un problema o traerte algo.” Aprendió mucho también de aquellas mujeres que sanaban pequeños males con remedios naturales, aprendieron juntas a conjugar la medicina científica con la tradicional.
De aquella época es el primer consultorio “Pusimos el consultorio en las colominas. Aprovechamos mesas y sillas que estaban en un almacén abandonadas, creo que provenían de una antigua escuela y yo coloqué mi sillón y mi vitrina. Hacía muchísimo frío. Puse unos radiadores en la sala de espera y en la sala de exploración, pero recuerdo pasar consulta muchas veces con anorak.” Como la situación geográfica era la que es con la diferencia de que no había carreteras y las que había eran como eran, Carmen programaba un itinerario por los pueblos para visitar a los mayores. Unas veces pasaba consulta visitando los pueblos de Villar y Salcedo y la siguiente vez se acercaba a Cortes y Lindes.  “La gente me esperaba porque sabía que iba a subir. A veces, cogía a los niños y me los llevaba conmigo, quedaban allí con alguna vecina,  merendaban mientras yo hacía domicilios. Teníamos un taca-taca plegable para la pequeña”. Hacía la campaña de vacunación de la gripe “La enfermera titular no estaba en Quirós, tenía la plaza por la que cobraba, pero trabajaba de comadrona en Oviedo. Llevaban tiempo en esta situación y parecía que se iban arreglando pero esa no era solución. Necesitábamos a la enfermera. Tardé mucho en conseguir que la titular se diera de baja y luego vino un enfermero jovencito que empezó a trabajar. Piensa que por aquel entonces había muchos inyectables, hoy casi todo es por vía oral.”
Cuando se fue Carmen se llevó tres hijos quirosanos, los tres mayores, pero también muchos amigos con los que aún mantiene relación Gerardín de Paso´l Río, Maruja la de Jamallo, Ramón y Julia los del Molinón, Ana la de Volusiano, Pepe y Carmina, los del Ocaso, Ipi… “Ana cuido a mis hijos. Era de la familia, cuando nos fuimos a pasar la baja maternal de mi segunda hija, alquilamos una casa en Santa María del Mar y se vino con nosotros. Había una serie de mujeres encantadoras, tremendas y muy fuertes.” Cuenta con una sonrisa permanente que en Quirós empezó todo, como madre y como médico. A pesar de que ha trabajado muchos años en ciudad, después de aquella experiencia nunca abandonó el espíritu de médico rural, la cercanía, la proximidad al paciente, la necesidad de ofrecerle confianza. Acaba de jubilarse de su plaza en el centro de salud de Contrueces y presume con humildad del homenaje que le han dado los pacientes. “El de los compañeros te lo esperas, pero el de los pacientes tiene otro sabor.”


Un tercio de los médicos que trabajan en la España rural se jubilarán en los próximos diez años. No existe relevo generacional y se prevé entrar en déficit antes de 2025. Esta situación, altamente preocupante que la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria denuncia desde hace tiempo y ya que fue admitida por el Ministerio de Sanidad en 2011 y recogida en el informe “Oferta y necesidad de especialistas médicos en España (2010-2025)”. Llegando a la  mitad de este período temporal, las soluciones no parecen verse y el horizonte se vislumbra desesperanzador. Que comunidades como Asturias estén afectadas por el envejecimiento, la despoblación, la meteorología y las comunicaciones (aunque estas dos últimas no son, de ninguna manera, las que fueron) podrían explicar algunas de las dificultades para atraer médicos de familia a los pueblos. No tendría que ser así porque plazas como Bárzana ofrecen algunos alicientes que nunca tendrían otras: calidad de vida, tranquilidad, cercanía a los enfermos que son tus vecinos y, hoy, proximidad a Oviedo. Algunas carencias denunciables, eso sí, las dificultades del acceso a Internet en estos lugares y quizás el hastío ante la impasibilidad de las administraciones por mirar al mundo rural y enfrentar sus problemas, abocan a esta profesión de médico rural a expedir recetas a enfermos crónicos y expedir certificados de defunción. Este es sólo uno de los problemas de los llamados concejos de montaña, porque el Paraíso Natural quizás tenga los días contados, no por su belleza sino por el abandono total que acabará por sufrir.

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