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viernes, 28 de febrero de 2014

De escombros y esperanza

"Habita la nostalgia un mar dentro de ti
que tú has ido llenando de lágrimas y olvido"

"Último Territorio" de Juan Ignacio González en "El Cuaderno de la Ceniza"

De fondo en la radio el debate sobre el estado de la nación, la apaga, no quiere oírlo. Los mismos tonos monocordes, las mismas palabras, los mismos ¿líderes? "¿No nos merecemos algo mejor?" Piensa al tiempo que niega con la cabeza. Los pueblos tienen los dirigentes que de tanto buscar sin orden ni concierto, al final, encuentran. Además son todos de la misma escuela. No, silencio no. Cambia a Radio Clásica. Prokófiev, buff, demasiada energía para el dolor de cabeza que amenaza con convertirse en migraña. Esta mañana algún cliente tocapelotas, el de todos los meses, ha venido a descuadrarle el calendario de cobros y pagos. Ella que tenía una semana tranquila. Hoy ha visto un gorrión muerto en la acera, tieso como la mojama, igual que el momento que vivimos. "¿Sería un presagio?" Está cansada. Cada vez más cansada.
Venezuela, Ucrania, el Estrecho "¿Qué ha pasado con Siria?" Habrán solucionado sus problemas y por eso han desaparecido de la actualidad más inmediata.
Y el puto Estrecho, la puta valla y las putas concertinas, pelotas de goma y balas de fogueo "¿Por qué habla el ministro de inmigrantes?" Categoriza sin pudor "¿Son personas o sólo inmigrantes? ¿personas que son inmigrantes? ¿inmigrantes que no son personas?" Cuando lo escucha le da la sensación de que les roban lo único que les queda. Les arrancan su esencia misma, su calidad de personas. Son personas, sí, personas las que mueren ahogadas en el Estrecho. Son padres e hijos, hermanos y novios, como los nuestros, sólo que han nacido al otro lado. "¿Por qué a mi me ha tocado en éste?" Lleva años dándole vueltas a esta idea en su cabeza. "¿Por qué ellos y yo no?" El mismo mar de todos los veranos, el mismo mar que vemos admirados estos días, bravo o en calma, las mismas olas que nos arrullan amorosas en vacaciones son su tumba. El mismo mar es ahora un cementerio de lápidas sin nombre. O mejor el cielo, el mismo cielo que vemos los del Norte y los del Sur será la lápida en su fosa común. Fosa común sin ley de la memoria. Sólo sus madres esperan al otro lado del Estrecho, el dolor reflejado en sus ojos. Ningún lugar al que acudir a llorarles, ninguna información. Vivirán en la ignorancia absoluta. Nadie viene a reclamarlos. Han perdido su identidad y su futuro. Ahogados por la pobreza infinita. Huyen del hambre y la miseria. "¿Qué es el hambre?" Se pregunta. No es esa sensación en el estómago cuando haces dieta. No, eso no es hambre. No se puede sentir teniendo la nevera llena, las necesidades básicas cubiertas y dejando de comer por devoción y no por obligación. El hambre de verdad, el hambre propia y el de los tuyos lo justifica casi todo, casi todo menos la muerte.
Los sucesos han puesto en el mapa a un pueblo de Burgos de apenas 300 habitantes, Tordómar. Se celebra el funeral en Gijón por las víctimas "¿Cómo podrán salir adelante?" Se pregunta. "Yo me suicidaría" le ha dicho ayer Inés. No es madre, no alcanza a conocer el sabor amargo para la eternidad de saber que no vas a ver más a tus pequeños. No sabe, prefiere no pensarlo. Piensa en las madres que conoce que han perdido a un hijo. Cierto, no hay nada que cure ese dolor. Sin embargo, la vida te pondrá argumentos nuevos para seguir viviendo. Aunque ahora parezca imposible, nadie se muere de pena por mucho que lo intente.
Y mientras tanto, ella ha recibido esta mañana en el correo un paquete con su nombre y dirección escritos por una mano amiga. Hoy cuando nadie escribe cartas, ella recibe un regalo, un regalazo diría mejor. "El Cuaderno de la Ceniza" de Juan Ignacio González, poemas para los tiempos que corren y, por la tarde, recibe un email, el email de una persona comentándole algo que ha escrito. ¡Cuánto ha llorado leyendo esas palabras sabedora de lo que cuesta abrirse en canal para decir según qué cosas! Pero le da pánico, empieza a tener vértigo, empieza a ser consciente de que puede llegar a mucha gente con sus palabras y eso, que como dice su hermano, "En casa no te leen" Cierto, no habla mucho del blog con los suyos. No deja de ser algo íntimo. ¡Qué paradoja! Su intimidad publicada en la red, a la vista de todos. Sus sentimientos, sus vivencias, historias propias o inventadas, casi siempre propias. Sus entrañas diseccionadas con lupa. "Pura casquería" sonríe.
Acaba de saldar una cuenta con un hombre. Ella ya no quiere más lo que él le ofrece. Quiere sol y paseos, cervezas y terrazas, besos y luz. Quiere realidad, no virtualidad. Mientras él le cierra su puerta, habrá otros que se la abran. Hombres que quieran compartir con ella conciertos y cafés, hacer cosas juntos, que la quieran por lo que es no por la fantasía inventada en la mente de nadie. Mientras uno la aparta, otro intentará acercarse. "No vas a dar abasto" le dice Javi socarrón. La paraliza el miedo como siempre. "Voy a intentarlo" se promete. "¡Qué pereza conocer a alguién!" Pero por otro lado, recuerda la emoción de las primeras citas, el sabor de los primeros besos, reconocerse en los ojos del otro. Su cabeza y su corazón le indican direcciones diferentes. Tiene que pensarlo.
Suena el teléfono, es su cuñado: "Tenemos los resultado de las pruebas, está todo bien. Es una niña" Su hermana va a ser madre por segunda vez. Su sobrina se llamará Esperanza.







 

lunes, 24 de febrero de 2014

La vida improvisa por nosotros.

Habían ido todos a pasar el fin de semana al pueblo y como la casa es pequeña a ella le había tocado dormir al lado de la chimenea. Su hermano le había preguntado que por qué echaba, a punto de acostarse, el último tronco a la chimenea. Le dijo: "No te preocupes, está Lola (Lola es su perra) si pasa algo ella nos avisa" No es imprudencia es confianza. Y así se fueron a dormir el viernes, con la chimenea encendida.
El sábado por la mañana hizo un día precioso, uno de esos días que anuncia que la primavera ya está aquí. Se había levantado y empezó el día leyendo. Leyó la entrada del blog "El extraño viaje" Ovidio y ella, en charla virtual, como tantas veces bromearon y comentaron algo acerca de la improvisación. A ella le encanta improvisar. No es muy estricta, ni muy rigurosa en cuanto a los planes. Cree que la vida le ha ayudado a huir de antemano de todo que está encorsetado y encasillado, etiquetado y clasificado. Se define como un alma libre. Es por eso que aunque bastante puntual en sus citas, no es extraño que si no hay una hora programada ella se dedique a dar un rodeo. Entonces siempre llega la última, pero le gusta hacerlo así. No le importa ir a Quirós subiendo la Cobertoria (con el extra de km que conlleva) porque el paisaje lo merece. No le inoportuna pararse a cafetear, si una amiga la llama de repente. No le molesta ir a buscar un libro a Gijón porque alguien le ha dicho que la librería es tan guapa que merece la pena ir a echar un vistazo o pararse a buscar una cascada en San Andrés porque a lo mejor con suerte se encuentra un tesoro. Es por eso también que como es tan poco amiga de hacer listas siempre le falta algo en la maleta. Lo que más le gusta es afirmar que ella es la única responsable de su propia improvisación. Lástima tener tan poco espacio para maniobrar en los tiempos que corren. Nunca tiene un plan definido o, mejor, si lo tiene no tiene ningún problema en modificarlo, alterarlo o incluso anularlo. No programa nada, le gusta ver como las olas la llevan a un lado o a otro. Espera que sea otro el que proponga, sólo que nadie le propone nada.
Con esta reflexión sobre lo divertido que es improvisar, hacer quiebros e ir cambiando de camino, que no necesariamente de opinión, ejercer su capacidad de decidir y luego sobre la marcha, volver a hacerlo, leyó también de la noticia de que seis miembros de una misma familia, en una casa rural en Burgos, habían muerto durante la madrugada. El suceso quedó ahí, impresionada por la magnitud pero con la importancia relativa de la desgracia ajena, de la fatalidad anónima. Ellos continuaron con lo suyo, pasando el día juntos, como tanto les gusta hacer, disfrutando en familia.
Fue a mediodía cuando la tragedia de Burgos dejo de ser extraña para convertirse en cercana, eran asturianos, de Gijón. Uno de los supervivientes, padre y esposo de dos de las víctimas, de origen quirosano, primo y sobrino de gente que ella conoce y aprecia. La vida se quebró para todos ellos. ¿Cómo sobrevivir a un drama de ese calibre?
La misma noche sin luna para las dos familias, una en Asturias y otra en Burgos. El mismo cielo de millones de estrellas velando sus sueños. ¿Quién hace girar el mundo? ¿Quién decide quien recibe este tipo de bofetadas? ¿Quién convocó a la muerte?
La convocó la chispa de una chimenea. Una chimenea que había creado el ambiente, el calor y el color, la atmósfera que había originado la fantástica última tarde que pasaron juntos sin saberlo. Una tarde llena de confidencias y juegos infantiles, de risas compartidas y proyectos futuros. Una chispa escupida por azar convocó a la parca que se pasea entre el humo asfixiante que llena las estancias de la casa cerrada con llave. No hay escapatoria. Es su noche y ella es la invitada no esperada. Triunfante elige arbitraria y caprichosa qué adultos se va a llevar. Pasa de largo al lado del bebé de siete meses y de la mujer más joven. Decide qué niños se van y cuáles se quedan. Renuncia a los hombres, más fuertes, le ofrecen resistencia. Ellos quedarán para seguir viviendo, en ellos continuará la historia, serán los testigos de aquel aciago día. Vivir será su pena.
¿Cómo se sobrepondrán a este tremendo destino? ¿Cuántas veces se preguntarán porque ellos y no sus hijos? ¿Porqué ellos y no las madres? Tendrán que volver a aprender a caminar, tendrán que volver a empezar, tendrán que vivir para siempre con el sabor amargo de la derrota. Les arroparán, les darán abrigo el resto de la familia y sus amigos. La vida sacará lo mejor y lo peor de cada uno. Se llevarán sorpresas, pero descubrirán quienes les ofrecían una amistad sincera y quienes no, quienes son de ley y quienes falsos. Aprenderán a vivir y reconstruirán sus vidas a partir de los escombros. No hay otra salida.
Improvisa la vida por ellos, por nosotros y yerra muchas veces. Un volantazo violento y la historia cambia para no volver a ser la misma. Nadie podía pensar que el guión escrito para la familia de Gijón que se deshizo en Burgos tenía ese final. Ellos no lo habían previsto así.
 
Bea la de Lola
 
P.D. En el libro “De vidas ajenas” de Carrère que acabo de leer, hay una pérdida. En realidad hay muchas más. Comienza con la muerte de una niña pequeña en el terrible tsunami del año 2004 pero no hay que olvidar la cantidad de vidas que se llevo aquella ola de muerte. Los padres supervivientes tienen que iniciar de nuevo su vida sin su pequeña hija. Sin embargo, yo quería pararme en la otra pérdida, la de Juliette (aunque la niña y la joven tengan paradójicamente el mismo nombre), una mujer joven enferma de cáncer con marido y tres hijas pequeñas, la más pequeña de cuello. Ella afronta el último tramo de la enfermedad con el pensamiento de que sus hijas no van a recordarla. Juliette establece una relación de amistad muy estrecha con un compañero de trabajo, Étiene. La intimidad entre ellos se basa en que ambos han tenido cáncer. El cáncer es el lazo que les une. Hay un momento en el relato en que Étiene ante la preocupación de Juliette le dice que la vida no se detendrá con su muerte y que incluso sin ella sus hijas podrán ser felices. Las palabras de Étiene no son crueles, las dice para tranquilizarla en un intento de que ella acepte que la vida de las niñas continuará. Es cierto, la vida continuará para todos, menos para los que ya no están. La vida continuará improvisando y confundiéndose una y otra vez. Unas veces se llevará a un padre en un accidente de coche, otras la enfermedad robará a unos padres una hija de ocho años, otras a una mujer enamorada en un accidente fortuito. La vida sigue y sigue teniendo en sus manos nuestro destino. De nosotros depende vivirla de la manera más plena posible, luego ya llegará ella y escribirá finales improvisados a destiempo.





miércoles, 19 de febrero de 2014

La mujer de los ojos azul infinito.

Hay una entrada en este blog que tengo pendiente. No puedo escribirla. No estoy preparada. Cada vez que lo intento y mira que lo he intentado veces, me bloqueo y no sé seguir. Quizás la clave sea escribirla en 3ª persona para darle perspectiva y no como protagonista. Tendré que estudiarlo. Tiene que ver con un viernes de agosto de hace tres años. Queda ahí, como tantas otras cosas, esperando su momento que lo tendrá.
Pero hoy es 19 de febrero y obedeciendo a una sugerencia del padre de la criatura que me dijo: "Escríbele algo, anda" (yo pensaba hacerlo en su muro de Facebook) he pensado que se merece un  post, a pesar de que estemos muchas veces en esquinas opuestas del ring. Eso sí, sin llegar nunca a pelear realmente. Ella sabe que yo le meto mucha caña, pero que lo hago con amor. Lo hago con amor y por amor, por el amor tan grande que le tengo a su padre y que le tenía a su madre. Que conste que le metería más caña si la tuviera más cerca. Hoy cumple años. Está en esa edad fantástica en la que conservando aún parte de la frescura de ser niña, ya eres toda una mujer.
Un día como hoy nació una niña de ojos azul infinito. Unos ojos del color de los de su madre y de su abuela, aunque ambas tuvieran distinta tonalidad. Los de su madre brillaban, igual que brillaba su sonrisa perfecta que iluminaba todo. Su madre deslumbraba con aquella cara expresiva y amable, inocente y generosa. Sus ojos brillaban con energía y ganas de vivir. Los de su abuela estaban más apagados, probablemente su azul se había gastado de tantas lágrimas. Aquella niña a la que pusieron de nombre Belén, creció muy cerca de mi corazón, a pesar de la distancia física, pues vivimos en ciudades diferentes. Cuando ella era pequeña pasamos mucho tiempo juntas en Salcedo, en dos casinas, una con galería y otra con corredor, una al lado de otra: las casas de la tía Isabel, tía de mi padre y la de mi tía Domitila, su abuela. Allí Belén siempre estaba con mi hermano y conmigo intentando los tres escaparnos de la temida "yerba". Muchas veces lo conseguíamos y nos quedábamos con nuestras madres en casa, exentas ellas de las pesadas labores del campo en el verano por no ser de la tierra. Pasábamos aquellas calurosas tardes del mes de agosto todos juntos. Ella se dejaba peinar y vestir, disfrazar y mimar. A nosotras lo que más nos gustaba era estar las cuatro juntas: mi madre y su madre, ella y yo. Nos hemos reído un universo las cuatro. Hemos charlado, criticado, cosido y cotilleado, pero, sobre todo y lo más importante, hemos sido amigas. Fue un tiempo muy bueno y muy feliz. Un tiempo que no volverá. Nada parecía que iba a distorsionar aquella paz, ni aquella forma de vivir, ni de ver la vida. Nuestras madres se querían mucho, lo mismo que mi padre quiere al suyo y eso ayudo a que nuestra relación fuera creciendo como lo hizo. Era tan estrecha que cuando murió su abuela materna, sus padres la trajeron a dormir a nuestra casa, seguramente fue la primera vez que durmió separada de ellos y en una cama que no era la propia. Aquel día lo recuerdo perfectamente
Cuando nos fuimos haciendo mayores, Belén venía conmigo y mis amigas como una más a pesar de la diferencia de edad. Íbamos de fiesta y ella, en muchas ocasiones, nos espantaba los moscones. Era la bomba, tenía el mismo ingenio que su madre, sólo que en una chiquilla se hacía aún más divertido. Y fueron pasando los años y la diferencia de edad que al principio era sólo testimonial fue haciéndose patente. Cuando Belén empezó al cole, yo ya empezaba al instituto y cuando ella empezó el insti, yo ya acababa la carrera. Nunca dejamos ni de querernos, ni de tratarnos, simplemente nuestras vidas tomaron caminos diferentes. Es normal, a medida que cumples años y si no compartes cosas, las personas van cambiando.
Belén y sus padres organizaron un fuerte en su casa. Un fuerte dónde cada uno con sus miedos, inseguridades y debilidades eran felices. Se querían mucho, muchísimo. Nunca he visto a unos padres proteger tanto a una hija. Ella puede que no lo vea así, pero eso es lo que se ve y se veía desde fuera. Una familia unida. Unida por lazos irrompibles. Unida frente a la adversidad, frente a la envidia, frente a la fragilidad. Yo no voy a entrar si eso es bueno o malo, sólo describo lo que se percibía desde fuera. ¿Qué yo no lo hubiera hecho así? Probablemente, pero para ellos Belén era y es el tesoro más preciado y ¿cómo iban a hacerlo de otra forma?
Hace tres años la vida, una vez más, trajo a un comensal no invitado a su mesa. La enfermedad vino a instalarse entre ellos y a poner a prueba aquel universo particular de tres miembros. Y perdieron. La enfermedad se comió a la Reina y sumió al Reino en la pena. La niña de ojos azul infinito tuvo que convertirse en mujer para tirar de aquel carro que estaba dispuesto a hundirlos a todos. Y con mucha dificultad empezó a construir una nueva vida. Vida que todavía está construyendo. Hoy es su cumpleaños y la princesa que tiene en su padre a su mayor adalid, la princesa del Reino sin Reina, está buscando su sitio y es de ley que la acompañemos y la dejemos encontrarlo.
Hoy sólo puedo decir que Belén que es guapa por dentro y por fuera, necia como ella sola y un pelín para mi gusto demasiado perfeccionista, está llamada a recuperar su felicidad. Debe mimarse y dejar que la mimen. Quererse y dejar que la quieran. No fiarse de los falsos y hacer caso a los que la quieren de verdad, aunque le digamos cosas que no quiere escuchar.
Belén, sólo quiero desearte mucha felicidad y que lleves tu vida de forma que la estrella que más brilla en el cielo esté orgullosa de ti.
Un beso fuerte
Bea la de Lola

sábado, 15 de febrero de 2014

Un ejemplo de amor

"Quiero que la vida sea larga. Y quiero que él esté en ella. Así, hasta el final. Sólo quiero eso."  Ovidio Parades, "El amor en círculo", del blog "El extraño viaje"

Hace un día precioso. Después de la nieve y el granizo, del viento y la lluvia, el tiempo nos da una tregua. Está fresco, todavía es 15 de febrero. Un tímido sol quiere empezar a calentar. Estoy sentada en un banco que mi padre ha colocado en el camino delante de nuestra casa. Desde aquí puedo ver mi pueblo, el Gamoniteiru, el monte de la Villa, Peña Rueda, debajo justo Villajime, Villamarcel, Ninzor y Coañana. No alcanzo a ver más. Me empeñé en que colocara este asiento para que Selino, cuando venga de su paseo, pueda sentarse a descansar y admirar la increíble foto que son nuestras montañas. Lo estrenaron una pareja de excursionistas que reponían en él fuerzas para continuar su camino. He visto más parejas en él, así que podríamos bautizarlo como "el banco del amor". Y a vueltas con el amor y en plena resaca del día de ayer, he pensado que quería escribir sobre Pepe y Margarita, los que fueran mis vecinos del quinto.
Cuando me fui a vivir sola cambie de barrio con lo que esto implica. Al principio apenas conocía a nadie. Pronto empezaron a llegar los niños a los distintos pisos y luego llegó Lola. Lola ha crecido en medio de todos ellos. Los hay mayores como Irene y los hay más pequeños como Álvaro. El caso es que cuando se tiene una perra pasas más tiempo entrando y saliendo y eso favoreció que comenzásemos a relacionarnos más con la gente. Con Lola hay un antes y un después en mi vida. Al principio yo bajaba por la mañana al garaje e iba a trabajar, comía con mis padres y volvía de noche también por el garaje. Ahora estoy más en casa porque ya no estoy sola y tengo que salir mínimo tres veces al día. Llueva, nieve o haga sol es otra historia. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que Lola me hizo socializar más con mis vecinos. En medio de nuestras entradas y salidas empezamos a coincidir con la gente en el ascensor. Entonces yo empecé a comer en mi casa. 
Coincidía con un señor alto que muchas veces llevaba una gorra y tenía siempre, siempre una sonrisa y una palabra amable, cada día, cada mes, cada año. Era educado, prudente, sensato. Un hombre para quitarse el sombrero. Hoy al recordarlo me parece increíble que en todo el tiempo que lo traté nunca aprecie que tuviera un mal día. Cuando su mujer enfermó, transmitía una palpable preocupación pero nunca me transmitió desánimo. Este matrimonio, que era del barrio, se acababa de mudar buscando el ascensor que no tenían es su antiguo piso. Eran mayores, pero no tanto, e iban buscando algunas comodidades extra para el último tramo de su vida en común que se prometía largo y venturoso. Tenían un nietín, Pablo, al que Pepe, para echar una mano a su hija, llevaba y traía primero a la guarde, luego a la Escuela Infantil y, más tarde, a la parada del autobús. A Pepe y, me imagino, a Margarita les conocía y les quería todo el barrio, digo "me imagino que a Margarita" porque yo a ella la traté mucho menos, apenas nada, sólo un poco al final.
Subir con Pepe en el ascensor para mi tenía un plus. Su presencia me recordaba muchísimo a mi abuelo. Había una diferencia importante, yo nunca había visto a mi abuelo Arturo tan alto como era, porque lo conocí doblado y vencido por la artrosis y cuando ya era más mayor paso mucho tiempo en silla de ruedas. El caso es que cuando compartíamos viaje, yo siempre pensaba en mi abuelo y me preguntaba sí ambos tendrían  la misma altura. Uno tan derecho y el otro recortado por la enfermedad.
Pepe tenía una conversación muy amena. Te contaba cosas, que sí Susana estaba de viaje de trabajo, que sí Pablo había sido un regalo a pesar de la preocupación inicial por el embarazo, que si había tenido un negocio en Pumarín, que si esto, que si lo otro. Era el típico hombre conversador, pero no charlatán. He subido tantas veces al quinto para luego tener que volver a bajar, porque enfrascados en lo trivial o importante de la conversación, el hombre inconsciente picaba en su piso. "No te preocupes, no tengo prisa" le decía cruzando los dedos. El iba a buscar a Pablo y yo al parque con Lola. El venía con Pablo y yo volvía del parque, así durante mucho tiempo.
Pero la vida, a la que le gusta ir improvisando, quiso que Margarita enfermará. Y tras un proceso de lo más común: hospitalización, operación, tratamiento y a casa, ocurrió la escena que da origen a esta entrada. Era una tarde de ésas que oscurece pronto, había mucha humedad, acaba de parar de llover y hacía frío. Coincidimos en el ascensor, ellos salían a dar un paseo, no sé, quizás fueran a comprar al supermercado de debajo de nuestra casa. Ella no tenía muchas ganas de salir, estaba en el proceso de recuperación y tenía miedo a coger frío, pero tenía que pasear. El la llevaba del brazo, pendiente de ella. Hablamos algo, no sé, una nimiedad. Eché a caminar deprisa delante de ellos hacia el parque y cuando llegué me eché a llorar, soy una llorona lo reconozco. Era tal la ternura de aquel hombre entregado a aquella mujer que luchaba contra la enfermedad que cuando llegué al parque supe que yo nunca iba a tener algo tan grande.
Cada historia de amor tiene sus luces y sus sombras. Creo que es algo innato al hecho mismo de amar. En realidad, creo que es algo propio del hecho de vivir. Es imposible no tener dudas, que no haya preguntas sin respuesta o sin la respuesta que tu quieres oír. No esconder defectos. No disfrazar cosas. No disimular errores. No enmascarar equivocaciones. El amor es un camino de luces y sombras, de curvas y rectas, de renglones torcidos y buena letra, de borrones de tinta y de apuntes en los márgenes, de listas de cosas pendientes y de cosas hechas, de lluvia y arco iris, de charcos y barro.  El amor es imperfecto. El amor es una carrera de obstáculos.
Cada pareja monta un universo personal y único, a veces compartido y otras no. En ocasiones lo que se ve es el reflejo real de lo que son como personas y como par y en otras ocasiones, no.
No creo que haya una sola pareja en la que uno de sus miembros no haya tenido algún momento de flaqueza, de desasosiego, de querer tirar la toalla, de seguir andando solo, de abandonar ante los problemas y las dificultades, las del día a día y las permanentes.
Yo no sé cómo fue la vida juntos de Pepe y Margarita, pero puedo imaginármelo. Sería como la de casi todos los matrimonios de esa edad: habría días buenos y días malos, temporadas mejores y otras peores, montañas que subir y descensos arriesgados. Vamos la vida misma. Sólo sé como fue el final y sé que no era el final que queríamos para ellos. No sé si fue el azar, el destino o la puta fortuna. Un desafortunado accidente en nuestra calle, precipito las cosas. En apenas seis meses murieron ambos. No sé si fue una suerte que ella fuera primero para no tener que pasar por perderle a él. No sé si fue una suerte que él no fuera muy consciente de que la perdía a ella. Sólo puedo afirmar que la vida no es justa muchas veces. Hoy sus hijas, Aurora y Susana recomponen sus vidas a la luz de los faros que son Pablo y Adriana. Y también sé que algún día cuando Inés o yo seamos capaces de no emocionarnos hablando de ellos, le contaremos a Adriana el pedazo de abuelos que tuvo.


Formas de amor

Yo también creo en el amor.
Creo en el AMOR con mayúsculas.
Creo en el amor para toda la vida y en el de sólo una noche.
En el fugaz, el clandestino y el prohibido.
En el químico y en el físico.
En el de los que tienen miedo y se esconden, el de los que son valientes y se atreven.
En el de los que no se arriesgan y en el de los que juegan arriesgándose, sabedores de que pueden perder o, quizás, ganar.
En el de los que se comprometen y en el de los que huyen del compromiso.
En el amor en círculo, en el de los círculos concéntricos.
En el de aquellos cuyas vidas no van a cruzarse nunca, pero se aman sin tocarse.
En el de los que lo gritan al mundo y lo comparten, el de los celosos de su intimidad que lo viven en soledad.
En el platónico y en el carnal.
En el amor que se usa, se desgasta y se agota.
En el amor que se rompe y se recompone.
En el que se transforma y te transforma.
El que se rearma y te desarma.
En el que se regala y se recibe.
En el amor sin fronteras, en el de los que las ponen.
Creo en el amor que duele y en el que sana.
Creo en el amor que acierta a la primera, en el de las segundas oportunidades y en el "a la tercera va la vencida".
Creo en el amor porque creo en las personas y éstas han nacido para amar y ser amadas, libres sí, pero amantes y amadas.
Lo mío es todo envidia, pero estoy segura de que ahí fuera está la parte que me toca, esperando ser reconocida por mis ojos y tomada por mis manos. Y en ese amor que será definitivo e infinito, está mi salvación.
Mientras tanto, besos para todos
Bea la de Lola

lunes, 10 de febrero de 2014

"Nebraska"

Ayer fui a ver "Nebraska". Lo cierto es que me había llamado poderosamente la atención el tráiler, pero esperaba que Ovidio Parades escribiera algo sobre ella en su blog porque para algunas películas necesito un empujón. La verdad es que las películas en blanco y negro me dan un poco de miedo (hay otras, como "La herida" que ahora con dos Goyas tendré que ver a pesar de mis reticencias iniciales, que también me dan miedo) Creo que al cine hay que ir a pasar un rato sin más, a entretenerse, a empaparse con las historias de otros, a emocionarse, a llorar también si la película lo merece, pero no a pasarlo mal. El caso es que en el tráiler de "Nebraska" los planos donde se ve al protagonista, el actor Bruce Dern, caminando torpemente por una carretera en dirección a no sé sabe dónde, y el hecho de estar rodada en blanco y negro me habían golpeado. Siempre me pregunto cuál es la intención del director cuando elige el blanco y negro. Bueno, pues después de leer a Ovidio, fui. La película es preciosa, pero no es para todos los públicos. Lo mismo que le ocurre a "La gran belleza" o "Una familia de Tokio" Ninguna de ellas son para todos los públicos. Esta película entra dentro de lo que yo llamaría "película para ver sola" a pesar de que ayer detrás de mi había unas señoras que se pasaron todo el rato hablando (ahora entiendo a Jacque cuando se queja de que no paro de hablar en el cine, desde aquí le pido perdón y prometo no volver a hacerlo, aunque sé que será una promesa imposible de cumplir).
Lo primero que me gustaría compartir es que es una historia de esperanza. Es la historia de un viejo, de acuerdo, y de la ancianidad y todo lo feo que conlleva, pero es un viejo que está buscando un sueño, que en este caso es hacerse rico aunque sea de la forma más absurda posible. En mi opinión uno se hace viejo cuando deja de perseguir sus sueños y empieza a morirse cuando deja de soñar. Así que el protagonista que es un viejo, con el pelo blanco permanentemente despeinado y arrugado, con manchas de la edad y desdentado, alcohólico y un pelín despistado, no ha dejado de soñar y ese sueño es el que le mantiene vivo. Se aferra con uñas y dientes a la búsqueda de sus sueños para poder seguir viviendo o mejor, sobreviviendo cuando parece que su existencia empieza a desmoronarse. De esto sabemos mucho todos. Todos conocemos ejemplos de personas mayores que se apagan cuando pierden la motivación para vivir.
Entre padre e hijo se establece una relación muy guapa, una relación de complicidad en la edad adulta del hijo y en la senectud del padre. El hijo se posiciona en contra de todo y de todos y decide colaborar con su padre en la búsqueda de su sueño aunque él sabe que todo es falso desde el principio. Así y todo, el hijo pequeño, encarnado por Will Forte emprende con su padre la aventura sabedor de que no les conduce a ninguna parte.
También es muy interesante la sintonía entre los hermanos cuando deciden vengar a su padre. Ambos que están viviendo momentos personales y profesionales muy diferentes y parten de posiciones contrapuestas, hacen frente común para restablecer la vapuleada dignidad de su padre dando lugar a una de las escenas más divertidas de la peli (y hay muchas). Y esto es otra de las cosas que hacen que la película sea estupenda, la cantidad de veces que puedes reírte a pesar de lo árido del tema. No hay que perder la capacidad de sonreír a pesar de lo que esté cayendo.
Y la madre, interpretada por June Squibb, que a sus 84 años hace de una vieja católica y soez, malhablada y mandona a la que estoy segura se le acabaría el mundo sin ese viejo, alcohólico y cabezón, compañero de viaje, que le hace la vida imposible. Mención aparte merecen la colección de hermanos y cuñadas, sobrinos y amigos, arribistas todos ellos, que pretenden aprovecharse de la situación y que cuando se descubre que todo es un castillo en el aire no dudan en burlarse del pobre diablo. ¡Qué mezquina y ruin puede ser la gente y, de repente, cuántos invitados a tu mesa cuando hay dinero por medio!
Y, por último, no puedo evitar una reflexión sobre la diferencia entre "Agosto" dónde la relación madre-hija es frustrante y frustrada y "Nebraska" dónde la relación padre-hijo es tierna, amorosa y respetuosa a pesar de que el padre tampoco ha sido un dechado de virtudes. Es la historia de siempre, mientras muchas madres e hijas se pasan la vida compitiendo para al final firmar una entente cordial, la relación padre-hijo se sustenta en otros cimientos, no se sí más firmes, pero si menos complicados. La escena final de ambas películas es muy semejante. Un coche y una carretera de esas de EEUU que parece que no van a ninguna parte o que van a todas, sin embargo, los finales no tienen nada que ver.
Los actores de "Nebraska" están todos de Óscar, como dice Óscar López (del blog "El arpa de Bécquer" que os recomiendo, y que ya sabéis que yo no recomiendo en vano, pasaros por allí, no os arrepentiréis) aunque la Academia se haya olvidado de nominar al hijo. Yo hasta ayer para mejor actriz de reparto apostaba por Sally Hawkins de Blue Jasmine, pero mira que hoy igual se lo daba a June Squibb, sobre todo por una cosa que comentábamos ayer a cuenta de la nominación de Tito Valverde (grande Tito en todo lo que haga) frente a Antonio de la Torre (aunque al final el gato al agua se lo llevó Javier Cámara que como cómico está muy bien, pero que en "Los girasoles ciegos" está que se sale junto a Raúl Arévalo y Maribel Verdú) en esto de los premios también hay que tener en cuenta la edad y los papeles que el tiempo les va a dar. Seguramente la Hawkins tendrá otros papeles, pero quizás para Squibb este sea el último papel digno de Óscar. No sé, quizás Bruce Dern tenga suerte. A mi los otros no me gustan nada: Christian, Mattew, Leonardo y Chiwetel. Alguno de ellos nada de nada.


 

sábado, 8 de febrero de 2014

Restos de un naufragio

"Ella quería ser mejor para él
y él quería amarla.
El error fue de ambos.
Ella tenía que ser mejor pero para ella,
y él tenía que aprender a quererse así mismo."

La pareja sentada en la mesa del fondo se conocen desde hace muchos años. Fueron amigos y compañeros, novios y amantes. Lo fueron en este orden o quizás en otro. Dejaron de serlo para convertirse en dos desconocidos. La vida les ha conducido por caminos paralelos, tan cerca y tan lejos a la vez, caminos que discurren hacia un horizonte infinito para nunca volver a encontrarse. Ha tenido que ser la muerte, injusta y arbitraria, feroz y transgresora la que los ha vuelto a reunir. Ella le llamó trastornada al conocer la noticia. Le queda la duda de si él habría hecho lo mismo.
Han quedado aquí en la cafetería de la FNAC, en un espacio público. No hay nada que ocultar, son dos adultos que se encuentran para ser bálsamo que cura las heridas. Ella lo propuso, lo desea y lo teme a la vez. Siente tremendamente la razón de este encuentro, pero cree que se lo deben. Y así, se ven después de tantos años. Demasiados piensan ambos. 

Se encuentran al abrigo de libros y de música que fueron el hilo conductor de su lejana y loca historia juntos. Podrían haber quedado en el Conservatorio donde pasaron tantas horas, él en sus clases y ella esperando o en la Biblioteca de la Universidad donde prepararon juntos tantos exámenes, en el Teatro Campoamor dónde él la llevo por primera vez a unas jornadas de piano, Zimmerman tocaba a Debussy, o en el Campo San Francisco donde esquivando miradas ajenas se quisieron furtivamente tantas veces. Eran días felices, vividos en lugares comunes en los que todo era inocencia y descubrimiento. Sólo estaban ellos dos rodeados de música y libros, jazz y poesía, besos que dar y piel que acariciar, tantas sensaciones que experimentar. El la enseñó a conocer su cuerpo, ella a él le enseñó el significado de la palabra pasión. No planeaban el futuro. Lo importante sólo era lo inmediato. Vivir deprisa. Cuando se tienen veinte años parece que hay que agotarlo todo, gastarlo todo, usarlo todo para que todo sea pleno. La vida había que llenarla rápido. Lo que se vive a esa edad nunca es suficiente.

Ninguno recuerda lo que les llevó a romper. Lo han olvidado. Ella piensa que fue su intolerancia, él piensa que su timidez. Ella no tenía miedo a nada, él tenía miedo a todo. Ella quería comerse el mundo a bocados, él se agarraba a ella para poder hacerlo. El miedo los paralizó a ambos. No fue la falta de amor, se querían mucho, muchísimo. Se querían un universo entero, pero no de la misma manera. Hablaban distinto idioma. Sí, es verdad, hubo actores secundarios que tuvieron su importancia, para qué negarlo. Alguien que sembró para recoger. Le reconoce su mérito, la aplaude. Hubo testigos del fracaso de aquel sueño y voces que se alzaron para intentar sacarlos de aquella ciénaga, amigos que extendieron su mano para rescatarles e impedir que se hundieran del todo en aquel naufragio anunciado.

Entonces en medio de aquella relación tormentosa y atormentada, el barquito de frágil casco, la cáscara de nuez en que navegaba aquel inestable amor tan grande se partió en dos. Se hizo astillas contra las rocas de la playa, de cualquier playa de este Cantábrico nuestro. Y ya no hubo remedio. En aquel siniestro, en aquella oscuridad, ambos corrieron distinta suerte. Ella fue golpeada por la violencia de aquellas olas que, en lugar de a la orilla, la arrastraron mar adentro, hacia el fondo. Allí vivió un tiempo entre tinieblas, acompañada por terribles monstruos marinos de nombres desconocidos hasta entonces en su vida: tristeza y melancolía, amargura y sinrazón. El, sin embargo, fue arrojado a una playa desierta en la que encontró el refugio y la calma que tanto anhelaba y que ella no había sabido darle. Y construyó una nueva existencia con nuevos materiales. Ella por su parte se embarcó por mucho tiempo en un intento de reconstruir la suya sin reconocer, a pesar del faro que le indicaba lo contrario, que lo mejor era empezar de cero, olvidar y sin mirar atrás seguir hacia adelante. Aquel amor que nunca navegó por un mar en calma se convirtió en hostil, en caos, en inhóspito campo de batalla y la única inevitable salida fue la más dolorosa. 

Pasaron los años y desaparecieron el rencor y la pena. Se restañaron las heridas. Las cicatrices se hicieron invisibles a los ojos de los extraños. Quedaron muchas noches en blanco preguntándose cómo puede el dolor neutralizar, borrar, negar todo lo bueno. El se instaló en la benéfica quietud de una familia propia y es feliz. Feliz como lo somos todos, feliz a su manera. Ella vive insomne en permanente desasosiego, cerrándole la puerta en las narices a todo aquel que asoma interesándose por su corazón. Ha perdido la fórmula del enamoramiento, quedó enganchada en una roca en aquel mar que la acogió. Siente que está en el andén de una estación equivocada por la que ya no pasan trenes. 

Toman café, charlan, se reconocen en la mirada del otro, se preguntan el uno al otro por sus cosas, los niños de él, los padres de ella. "Dales un abrazo de mi parte" se dicen. Se despiden y vuelven a sus vidas. Se cierra el círculo. Con la serenidad y la sensatez que dan la edad y el tiempo, hoy son dos desconocidos, pero el silencio ya no habita entre ellos.

domingo, 2 de febrero de 2014

Ánimas del purgatorio

Viene del dentista. Baja para casa. Subió en autobús para volver andando, con la esperanza de que el frío despeje su cabeza y quizás con suerte se lleve alguno de sus pensamientos. Empieza a  llover a cántaros. A ella le gusta la lluvia, ver llover detrás de los cristales, protegida. Esa lluvia que cae constante, lenta o violenta, le da igual. Prefiere cuando cae con fuerza. El orbayu la aburre un poco, es como morirse cuando lo haces lentamente. Estos últimos días del mes de enero han sido un constante ir y venir de lluvia y viento. Arrecia el temporal, las gotas rebotan rabiosas en las aceras y en el asfalto. Apenas hay coches por la calle. Es extraño. Odia esa manía que tiene la gente de sacar el coche cuando llueve, colapsando todo. Cada vez llueve más fuerte. Tiene que buscar un lugar para guarecerse, no lleva paraguas. Piensa en la palabra asturiana que usaba su abuelo para protegerse de la lluvia y del mal tiempo: "abelugase" Le encanta, probablemente sea una de sus palabras favoritas. Entra en una iglesia. Podría hacerlo en un bar, en el "Cundo" por ejemplo, enfrente de Las Pelayas, pero no tiene ganas de que la miren, ni de que al camarero se le ocurra darle conversación. Opta por la iglesia, con un poco de suerte si están en Misa, nadie se fijará en ella. Entra en ésta  donde se casaron sus padres y antes sus abuelos. La atmósfera la invade y la relaja. Respira hondo. Hay paz al menos aquí. La lluvia sigue cayendo tan fuerte que se oye de fondo. Golpea el suelo de la plaza, azota las cristaleras de la Facultad de Psicología, maltrata al pobre Feijóo de pie a la intemperie. ¿Cuántas veces habrá estado en esta iglesia? Incontables, de pequeña la tía de su madre siempre dejaba una limosna para las ánimas del purgatorio y ella preguntaba "¿Quiénes son esas ánimas que no tienen nombre?" Tiene un recuerdo difuso de lo que le explicaban, pero la respuesta la convencía. Siempre ha estado rodeada de viejos: las tías de su madre y los tíos de su padre, sus abuelos y sus tías. Están todos muertos. Dios, cómo duele que no estén. Ahora los viejos que tiene más cerca son sus padres. No quiere pensarlo.
Y allí está, sentada y sola, rodeada de gente. Piensa en su próximo cumpleaños y sin saber como, viaja al pasado.
Tiene 14 años y está acabando el colegio. Su clase de 8º hace una visita a la fábrica de la Coca-Cola en Colloto. Sí, la misma que estos días sale en prensa porque la van a cerrar. No sabe por qué le viene a la memoria aquel día y aquel olor dulzón que impregnaba todo. Había un concurso de redacción, la monja que le daba Lengua la  escogió a ella para participar junto a otras tres niñas. Escribió un cuento. Lo publicaron en La Voz de Asturias. Sí, el mismo periódico que desapareció en el 2012 después de casi 90 años de información. Es imposible sacarse de la cabeza ni un instante esta crisis que nos afecta a todos, cada día más. Está en todas partes. Aquella niña quería ser maestra y quizás ¿escribir? No, quería ser maestra y enseñar. Ese mismo año, el primer día de clase en el instituto, un profesor dibujaba una línea en la pizarra para representar el hilo de la historia de la humanidad, nunca olvido aquella clase, ni al profesor.
Da un paso adelante. Tiene 24 años. Está en casa de una de sus alumnas. ¿Cuántas clases particulares ha dado? Miles. Miles de horas empleadas en los hijos de los demás. ¿Cuántas horas escondida en casas ajenas y en problemas ajenos, para huir de los propios? El teléfono interrumpe la clase. Es su madre, es extraño que la llame allí. "Hija" le dice una voz cálida al otro lado "te ha llamado Patri, la de Gijón, que ha salido la última nota de la carrera. Has aprobado" No recuerda nada de lo que sintió. Tampoco recuerda si era febrero o junio. Ni siquiera si fue Procesal de 5º o Mercantil de 4º. No sabe si fue una sensación de alegría, de alivio o de vacío. Seguramente sería esa angustia que se pone en la boca del estómago cuando no sabes cuál es el siguiente paso que vas a dar, cuándo desconoces que va a ser de tu vida en los próximos años, cuándo abandonas la incubadora cómoda y caliente de la Universidad para enfrentarte a lo que venga. Sabe lo que no quiere y es esa profesión para la que ha estudiado. Recuerda la poca luz que había en aquella habitación que daba a un patio interior. Era la misma luz que tenía aquella familia, apenas nada.
Avanza un poco más, ahora tiene 34. Intenta curarse. Le han roto el corazón, una vez más o una menos, nunca se sabe. Siente tanto dolor que no lo puede contar. Nadie la creería. Lo comparte con su alumna que se ha convertido casi en una hermana pequeña. Esta si será su última alumna. Se acabaron las clases para siempre. En relación a él cree que ha hecho algo mal. No lo sabe. Ha puesto todo de su parte para que aquella historia saliera adelante y, sin embargo, él se ha ido. No le volverá a ver. Más tarde sabrá que se ha casado. ¿Dónde quedó su miedo al compromiso? La vida misma, un devenir de entradas y salidas de personas, de gente que te quiere y deja de hacerlo. Recuerda aquella temporada como la más amarga de su vida. Y la soledad. Camina el tiempo y con él la vida.
Vuelve a la realidad. Sigue sentada en la iglesia dónde también ella soñó casarse un día. El año acaba de empezar y enero ya está fuera. Últimamente se siente rara. Algunas personas le han hecho replantearse cosas. Siente que está en un equilibrio inestable. Y peor aún, no sabe si está donde quiere estar. Hasta hoy si le hubieran preguntado se habría incluso atrevido a afirmar que estaba muy satisfecha con su vida. La vida le sonríe. Ha aprendido a aceptar lo que no tiene. No tiene pareja, de hecho ni siquiera está en la senda. Sonríe al recordar el día y la persona que acuño el término. No tiene hijos propios, tiene a los de ellas. En la vida todo es cuestión de óptica y de perspectiva. Un buen día, te despiertas y aparece alguien de tu pasado, que viene a darte un vuelco y pone a temblar los cimientos que creías firmes y asentados. "¿No has pensado que tu vida podría haber sido de otra manera?" Le preguntó su profesor cuando quedaron tanto tiempo después. Le suena como un "esperaba más de ti" Y peor, resuenan sus palabras como sí quienes las pronunciaran fuesen sus padres. Sus padres que la han dejado crecer cometiendo sus propios errores. Y ella piensa que quizás algunas decisiones no fueron las correctas o las más acertadas. Nunca se había parado a pensarlo. Ahora ya no cree que haya tiempo para enmendarlo o si. Le queda tiempo claro, pero ¿será suficiente? Y además, ¿por dónde empezar? Afirma no tener miedo a los cambios, sin embargo nunca cambia nada. Por no cambiar, el año pasado hasta eligió el mismo verde para pintar la habitación. Se siente igual que una atleta a la que una lesión aparto prematuramente de una carrera brillante. Sólo que en su caso no hubo ni deporte, ni lesión, sólo falta de coraje, desidia y cobardía. "¿Se puede ser feliz viviendo una vida a la que no estabas destinada? ¿Se puede ser feliz sin ni siquiera buscar lo que el destino tenía preparado para ti? ¿Dejándote arrastrar por la rutina, sin poner nada de tu parte para cambiar el rumbo de la travesía?" Se pregunta.
Amaina la tormenta. Sale, dejando en el aire las preguntas sin respuestas. Si camina rápido en apenas diez minutos llega a casa. El martes es su cumpleaños. Será un gran día, lo presiente. Siente que es feliz, porque así quiere sentirlo. Cumple 44 años.
Al irse aprisa no puede ver a la niña que queda dentro. Es ella misma con 6 ó 7 años preguntando otra vez, una vez más: "Tía, ¿por qué estas ánimas no tienen nombre?"

Bea la de Lola