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domingo, 31 de agosto de 2014

Adiós agosto. Bienvenido setiembre.



Se acaba agosto y con él las vacaciones y los descubrimientos y llega el setiembre del inicio y del reencuentro.
El agosto de fiestas de prao y nuevos amores, de ermitas perdidas en montes y pueblos de serena belleza, de playa y cañitas, de sol y calor inconstantes (como casi siempre en Asturias), de niebla y forros polares al anochecer. El agosto de tremenda luna llena y lluvia de estrellas. El agosto en que hicimos km y km por las carreterucas de este concejo maravilloso que llevo pegado a la piel, al que tengo la suerte de pertenecer y que es mi segunda casa (si pudiera sería la primera): Quirós. Tantas veces olvidado. Desconocido. Con ese freno que supone el cruce de Teverga en el que los turistas muchas veces sólo por error tiran de frente y descubren lo que tenemos y lo que ofrecemos generosos sin pedir nada a cambio más que un "Ve y cuéntalo, pero sólo a quién sepa apreciarlo" Cuyos montes mantienen la frescura y la inocencia de los territorios sin explorar. Que, bajo una cúpula invisible, guarda celoso paisaje y paisanaje, tradición y leyenda, pasado y futuro.
El agosto en que cada fin de semana tuvimos una fiesta: Las Nieves en Villar de Salcedo y Santa Olalla en Villagime, Alba en Salcedo y San Roque en Bermiego, San Bartuelu en Ricabo y hoy San Melchor en Cortes, casi todas ellas con la compañía siempre cómplice de Claudia y Bea. 
El verano del compromiso con la tierra: "Vamos a recorrer Quirós" propuso Claudia y como en un pacto de sangre, como una promesa que hay que cumplir, recorrimos sin fallar ni un sólo domingo: Bermiego, Las Llanas, Lindes y Cortes, Faedo y Fresnedo, Arrojo, Tene y Aciera, Muriellos, Muriellos Cimero, Rano y Vallin, Rodiles, Ronderos y Ricabo, Llanuces y Murias, Cienfuegos y Villar de Cienfuegos. Visitamos minúsculas capillas como la de Santa Bárbara en Rodiles e iglesias en lo alto como la de San Miguel en Vallin. Buscamos ermitas derruidas que no encontramos y pueblos abandonados en proceso de repoblación. Descubrimos puentes y molinos olvidados, fuentes habitadas por hadas en las que el sonido del agua agradecía nuestra visita, lavaderos dispuestos a contarnos alegrías y penas de mujeres que iban allí a lavar, cementerios llenos de historias de hombres y mujeres, historias concluidas e historias inconclusas. Compartimos tiempo y espacio con las gentes que habitan estas tierras y que nos recibieron como aire fresco que llega con preguntas nuevas que reciben viejas respuestas. Los pueblos que quedan, los haremos en setiembre.
El agosto de la tierra prometida, del recuerdo y la pena. De los que no están, pero viven en nosotros cada momento. De los momentos de vacío y del llanto sanador. 
Se acaba el agosto en el que Lola consolido su amistad con Sergio y Marco y ¡aprendió a conducir!
Y mañana es setiembre. Y con él trae las prisas y la rutina, San Mateo y el sonido de los engranajes que empiezan a rodar después de los meses indolentes del verano. El ritmo nuevo del principio de curso. Para mi el año siempre empieza en setiembre y eso que no tengo niños. No lo puedo evitar.
El setiembre en que Hugo empezará al colegio con lo que ello implica. Se nos hace mayor el pequeño. Y llenará su casa de libros y fichas, de lápices de colores, gomas de borrar y sacapuntas, de mochilas infantiles y uniformes de colegio. Y continuará su proceso, como hicimos todos, de ser y crecer como persona y formarse. ¿Cuál será su futuro?
El setiembre de la boda de María. Aquella niña creativa y desbordante que derrochaba energía y tenía un plan. A la que la vida mostró que áquel no era su plan. El destino la sacó de su Galicia natal y la llevó a fundar su hogar y su familia lejos de su tierra y de los suyos. ¡Qué ganas tengo de veros!
El setiembre de las citas literarias, el setiembre que nos conducirá raudo y veloz a octubre con la promesa de nuevas novelas y nuevas lecturas. El setiembre de las tardes discurriendo como llenar el tiempo libre que me deja el trabajo. El momento de adquirir compromisos nuevos que olvidaremos rápido. De iniciar cosas que no nos gustarán o sí, nos entusiasmarán, del prueba-error hasta dar con lo que verdaderamente queremos y buscamos.
El setiembre de los encuentros y de las reconciliaciones, que nos devolverá antiguos amantes o nos traerá nuevas historias. El momento de retomar asuntos pendientes y de coger el toro por los cuernos. El tiempo de tomar decisiones aplazadas para después del verano aunque sean dolorosas. El setiembre que nos traerá al otoño. El otoño del renacimiento cuando la naturaleza también empieza su proceso que concluirá en primavera. Ya está mudando el verde del verano en el dorado que llega fiel y puntual, igual un poco pronto, a su cita anual.
El setiembre en que Lola hará nueve añazos y me recordará que yo también soy nueve años más vieja y que cada día que pasemos juntas será un día menos en nuestra particular y personal relación. Mi Lola, querida, que me has enseñado el auténtico significado del amor desinteresado y la lealtad, cuando no estés, permanecerás siempre viva en este blog.
Y setiembre me recordará que el agosto que hemos vivido y el tiempo que hemos compartido, ha sido único y que no volverá. Que nunca más tendré las mismas ganas, ni los mismos deseos. Que nunca más seremos los mismos que fuimos el agosto del año 2014.

viernes, 29 de agosto de 2014

Viaje a Sicilia (I)

Hace dos veranos estuve en Sicilia. Fueron unas vacaciones diferentes, fuera de los circuitos tradicionales. Me encantó. He vuelto allí, gracias al viaje que un amigo ha ido contando estos días en su muro de Facebook, y recordé esta entrada escrita para el blog de la Agencia de viajes que nunca llegue a enviar. Quizá ahora sea el momento de publicarla y estrenarme como contadora de viajes. Cambio algunas cosas y allá voy.
Una carambola del destino, mi deseo íntimo de ir a Italia, a cualquier lugar de Italia, y un click de Google me puso en contacto con la agencia ShineSicily y me encaminó hacia allí a mediados de setiembre, en concreto el 13, el día del 40 cumpleaños de mi hermano. Prefiero viajar en setiembre, alejarme de las fiestas de mi ciudad, lejos del agobio de los meses más turísticos, buscar un plus de tranquilidad y calidad. Recomiendo este mes para cualquier escapada. Este año me toca Galicia por diferentes y alegres motivos, ¡qué ganas tengo!

Balcón en Palermo
La primera parada fue Palermo a dónde llegué de noche. Reconozco que la impresión de la ciudad no fue la esperada. Una bocanada de calor a la salida de la estación de trenes fue mi bienvenida. Sin luz, cansada y sólo con ánimo para encontrar el B&B que escondido entre las callejuelas del casco antiguo, a poco más de 500 metros de la Catedral, resultó una monada de lugar. Ya de día, Palermo se manifestó como una ciudad con un aire a la decadente Lisboa, sin tener nada en absoluto que ver con ella: tráfico caótico e imposible, abandono de edificios y plazas, angostas y sucias calles... Giuseppe, mi anfitrión, me contó que los palermitanos viven más hacia dentro que hacia fuera, así no es extraño encontrarte un palacio de lujo  tras una fachada deprimente. Sin embargo, Palermo es una ciudad viva y dinámica, con una luz espectacular, plazas y mercados para visitar, con mucho ambiente, pero ayyy la basura... Ahhhh, una recomendación a tener en cuenta a la hora de visitar el Palacio de los Normandos, hay que asegurarse que no haya ningún acto institucional, pues el Palacio alberga la Asamblea Regional de Sicilia y es fácil que te lo encuentres cerrado.
Tras este principio un poco desalentador, lo que viniera después sólo podía ser mejor. El martes por la mañana me dirigí a recoger el coche de alquiler y me embarque en lo que se me antojaba la empresa más difícil de mi aventura siciliana: conducir por la isla. Con esas y un mapa de segunda mano, puse dirección a la Sicilia Oriental, cruzando la isla de punta a punta. A medio camino te encuentras con Enna, un promontorio en medio de la llanura, que surge así, de repente. Con unas vistas espectaculares se la conoce como el "mirador" o el "ombligo de Sicilia". Dar la vuelta al Castillo, comer y descubrir los aranzini, una especie de croquetas gigantes rellenas de arroz que os recomiendo y continuar hasta la segunda parada. El segundo centro de operaciones estaba situado cerquita de Calatabiano. Llegar hasta él no fue tan difícil a pesar de que sobre aquel mapa dibujado a mano parecía una misión  imposible. El Fondo Cipollate es un complejo de turismo rural "agriturismo" dónde la propietaria Gabriella me recibió, derrochando la energía y el entusiasmo tan propios de los italianos, indicándome en un momento cuáles eran las excursiones más apetecibles y contando la historia de la casa ligada íntimamente a su familia. El sitio es espectacular, las habitaciones son amplias y cómodas, con el encanto de las casas rurales, muebles rústicos y un comedor que te imaginas lleno de gente celebrando una boda o una fiesta. Mi alojamiento: un mini-apartamento con dos habitaciones dobles, ideal para una familia. Precioso. Y el entorno, qué decir del entorno. La sensación de venir de la meseta castellana y encontrarte en la huerta valenciana: una zona fértil, gracias a la influencia del Etna, llena de campos de naranjos y olivos, la luz del final del verano y el frescor de la noche al estar tan cercanos la montaña y el mar. Muy recomendable el Castello de Calatabiano al que llegas por un ascensor cremallera, que me dejó atrapada a medio camino, y dónde existe un restaurante con unas vistas impresionantes; y el cercano Castiglione de Sicilia, construido en un alto, desde dónde se supone que puedes ver el Etna y digo se supone porque el Señor y Dueño de estas tierras sólo tuvo a bien manifestarse al día siguiente cuando la niebla se levantó.

Taormina, al fondo el Etna
Una vez perfectamente instalada, tome destino  a Taormina y Catania. Taormina es un pueblecito muy cool y turístico, con unas playas preciosas y mucha vida en sus calles. Su mayor atracción es el Teatro greco-romano, dónde aún hoy se celebran multitud de eventos. Impresiona ver en el horizonte al volcán vivo y humeante, prueba de la actividad de las entrañas de la Tierra. Está tan preparado para ese ajetreo estival que tiene un enorme aparcamiento a pie del pueblo, desde donde salen autobuses lanzadera que te llevan hasta el mismo corazón.
                                                      
Y ¿qué decir de Catania?
Patio del edificio de la Universidad
Catania es la segunda ciudad más grande de Sicilia. Sede de la Universidad vive permanentemente acechada por el volcán y fruto de las embestidas pasadas del mismo ha incorporado a su arquitectura numerosa piedra volcánica. Fijaros en el patio del edificio de la Universidad en la foto.
Llena de italianos e italianas guapos no es tan turística como Taormina, pero sí igual de acogedora. Tanto el Teatro de Taormina como el Barroco del Duomo de Catania, cada uno a su manera, merecen mucho la pena. En Catania, me sonrió la suerte, un joven italiano en bicicleta me preguntó amablemente de dónde era, se proclamó mi guía y me acompañó en la visita por la ciudad con la única recompensa de hablar un rato en español. Fue muy divertido, teniendo en cuenta el calor que hacia y la caña que nos metimos para ver lo más posible. Me recomendó que a la vuelta fuera por Aci Castello y Aci Reale, para disfrutar de la llamada Costa de los Cíclopes. Y allí, en la playita, comí repasando mis notas tras un día tan intenso.
Costa de los Cíclopes.

Al día siguiente el enemigo a vencer fue el calor. Ortigia y Siracusa se convirtieron en auténticos hornos. De hecho, sólo recuerdo la tranquilidad de la isla de Ortigia, su suave temperatura y la brisa del mar. La belleza exquisita de la Plaza del Duomo y el perfecto equilibrio en su interior que incorpora en sus muros las columnas jónicas del primitivo Templo de Atenea en el s. VII cuando el templo pagano se convirtió en cristiano.
Ortigia


















Oreja de Dionisio

En cuanto a Siracusa, su visita fue como visitar el mismo infierno. Tengo idéntica impresión a la que tuve la primera vez que estuve en Sevilla. Si me hubiera evaporado, nadie me habría podido encontrar jamás. No se puede hacer turismo con ese calor, ni disfrutas, ni ves lo que tienes que ver, no puedes ni pensar por temor a que se seque el cerebro. Recuerdo un calor agotador y agobiante visitando el Parque Arqueológico de la Neapolis, donde puedes visitar en conjunto el Teatro Griego, el Anfiteatro Romano y la Oreja de Dionisio, término acuñado por Caravaggio. Cuenta la leyenda, y Sicilia está llena de leyendas, que el tirano Dionisio I aprovechando la acústica de esta cueva escuchaba los lamentos de sus prisioneros que sufrían en su interior crueles torturas.

Al final,  como recompensa, comida en un chiringuito idéntico a los nuestros a pie de playa y una visita a Noto que aunque no entraba en el plan inicial de viaje, una pareja de daneses que se alojaba en el mismo B&B en Palermo me dijeron que no me la perdiera. En Noto-playa se puso de manifiesto lo atenta que es la gente siciliana, me trataron genial, preocupándose de que todo estuviera a mi gusto. Después de comer, paseo por la playa, una temperatura suave y el sonido del Mediterráneo en calma, qué más se puede pedir a unas vacaciones.

Noto-playa

lunes, 25 de agosto de 2014

"Agua dura" de Sergi Bellver (publicado por Ediciones del Viento)


"Porque hago lo que puedo para no necesitarte, para domesticar esto, para hacerme un día dueño y señor de algo a lo que poder dejar de llamar soledad. Para seguir dándole con fuerza a cualquier mesa, vaso en mano y desde mi propia colina, sobre los meandros de un río idiota en el que ya no estás tú."
Sergi Bellver en "Pájaros que llegan a Moscú", Agua Dura

"Lo único que no se elige en esta vida es la familia, por eso la familia es importante en este libro". Con estas palabras o unas semejantes, que querían decir lo mismo, abrió su exposición, fantástica por otro lado, Sergi Bellver el pasado día 19 de agosto a las 19.00 h. en el nuevo espacio de Santa Teresa Librería-Café en Oviedo. A pesar de la fecha, el evento congregó a un público, no muy numeroso, pero exigente y encantado con poder disfrutar de la oportunidad de escuchar a dos escritores de la talla de Ovidio Parades como presentador y promotor del evento y al propio Bellver que está celebrando y compartiendo la publicación de su primera obra, "Agua dura", y que, en su calidad de nómada, promociona y presenta por todos los rincones de la geografía española y, próximamente, de la mundial.
El mundo que es un cúmulo de casualidades y causalidades convierte en único algo tan poco banal como es el regalar a un amigo un libro de relatos, en este caso, "Nómadas" Gracias a este acto mágico y de la mano del texto titulado Islandia, Parades conoció a Bellver y, puestos en contacto ambos, se puso en marcha la maquinaria que une en un mismo espacio y tiempo, bajo un mismo techo, a autores con lectores y viceversa.
Agua dura es un conjunto de relatos, con una lectura árida que no difícil, que te dejan un gusto amargo y te abren una grieta en el alma. Relatos que dibujan una realidad que es la nuestra, la de cada día, la que vivimos. Los cuentos muestran desnuda e impúdica esa doblez de oscuridad que tenemos todos los humanos, esa cara oculta que nos preocupamos por esconder y que intentamos disimular, ese envés que en ocasiones nos sorprende a nosotros mismos. Algunos de ellos conmueven por su brutalidad como "En la boca del otro"; otros tocan temas universales e inagotables como "Los ojos de Sarah" y mi favorito, sin duda, por la frase que abre esta entrada "Pájaros que llegan a Moscú" sobre vidas nuevas lejos de viejos amores, amores que no se pueden arrancar de la piel de uno aunque mudes en otra persona. Toca Bellver muchos palos en los doce relatos de diferente extensión, algunos tan breves como un fogonazo, pero que a pesar de su brevedad te obligan a una segunda lectura: la fatalidad y el destino, la venganza como redención, la identidad del otro y la búsqueda de la propia, el sexo como sinónimo de lo vivo frente a lo muerto, como idea de "estar vivo" frente a "estar muerto". Habla Bellver de la familia y de líneas curvas y rectas, también garabatos, que se producen dentro de ellas. Así hay hermanos que son chico y chica, hermanos que son imagen uno del otro como reflejo en un espejo, hermanos que se reencuentran para llevar a cabo encargos fatales que se comunican por correo certificado y primos hermanos que se tornan de víctimas en verdugos. Y digo yo que es una suerte que la familia nos venga impuesta porque a algunos de los que nos cruzamos cada día por la calle no los elegiría ni dios ni siquiera como parientes lejanos. Con "La muerte de Blackadder" me paso una cosa extraña, cuando leí el cuento por primera vez, tuve la sensación de no saber si lo que estaba leyendo había ocurrido realmente (el texto está escrito como si fuera una noticia en el Berliner Zeitung) pero lo realmente extraño es que me produjo idéntico desasosiego al que ejerce en mí Menéndez Salmón con la llamada "trilogía del mal" y resulta que en la extensa carta de agradecimiento, que cierra esta colección, este cuento está dedicado a este autor asturiano, curioso ¿no?.
Un apunte apenas, para finalizar, respecto al autor. Sergi Bellver me parece todo un descubrimiento no sólo como escritor, sino también como persona. Un tipo íntegro y profesional, coherente con su trabajo y con mucho que decir y por decir. Muy bueno como orador y muy locuaz, aunque más tímido y prudente en persona que en su muro de Facebook en el que tengo el honor de participar. La verdad en que me tiene enganchada con sus anécdotas diarias, pero también con su profundo respeto a la profesión y a sus amigos. Lo mismo te cuenta que ha hecho una paella de 8/10, que en un momento monta un emotivo homenaje al recientemente fallecido Jaume Vallcorba. Bellver es autor, pero sobre todo es persona. Y dice, espontáneamente, que lo que más feliz le ha hecho últimamente es saber que una cita suya abrirá la próxima novela de Ovidio y que el texto Islandia esté siendo traducido al húngaro.
La vida es maravillosa y te regala tardes como las del pasado martes, tardes en las que parece que el verano se torna de repente en otoño, tardes en las que hay sitio para pasar y ver, para pasar y escuchar, para pasar y leer. La posibilidad de compartir un tiempo de buena Literatura con tus amigas de toda la vida y dos grandes es una suerte. Escucharlos en un diálogo ameno e inteligente es un placer. Hacerse oír y tener algo que decir es excepcional. Tuvimos la suerte de juntar todos estos ingredientes en un cocktail de excelencia. Pasamos un fantástico y largo rato hablando de lo divino y de lo humano en torno a los libros que, sin duda, son lo nuestro, son lo suyo. Ahora a esperar la próxima cita que va camino de convertirse en un clásico del otoño asturiano, la presentación en octubre de la nueva novela de Ovidio, "La mujer de al lado" Es el tiempo de pasar de presentador a presentado. ¿Qué decir de Ovidio Parades ya no como autor, delicado e intimista, cuyos textos remueven tantas cosas en nosotros, sus lectores, dejándonos tantas veces sin palabras, sino como transmisor de la inquietud de saber, de conocer, de iniciarse en la lectura, en el cine, en la música? Algún día esta ciudad le dará el lugar y el reconocimiento que se merece como divulgador y promotor de la cultura. Esa es mi esperanza, al menos.
¿Quién dijo que en Oviedo no hay nada?

viernes, 22 de agosto de 2014

De casetas de feria y ascensores.

Llevo toda la mañana de hoy dándole vueltas a una entrada sobre ascensores y alcaldes; sobre jóvenes vilipendiadas y supuestos agresores sexuales; sobre jueces que archivan y sobre abogados que no recurren el archivo; sobre casetas de feria y sobre madrugadas de fiesta que se tiñen de negro y sangre; sobre chicos acusados injustamente y sobre chicas que acusan alegremente; sobre periódicos que publican datos que, sin duda, violan el derecho a la intimidad de la supuesta víctima y como mínimo la Ley de Protección de Datos y sobre decálogos para evitar la violación del Ministerio de Interior. Y no pensaba escribirla, creyendo que esta historia, en la que todo el mundo parece tener derecho a opinar, me iba a hacer escupir algo más de la cuenta con el corazón y no con la cabeza, pero una jugada de Internet me ha dejado claro que donde tengo que publicarlo es aquí y no en mi muro de Facebook. Por una vez voy a intentar ser breve, como me  sugiere Macu, para no perder el hilo y la esencia de lo que quiero contar.
En primer lugar, las víctimas en los casos de violación siempre (exceptuando los casos en los que las víctimas son niños) somos las mujeres. Todas nosotras, sin excepción, hemos sufrido alguna vez una mirada sucia o un comentario soez y muchas dentro del círculo más cercano (lo que es más grave y no tiene perdón, lo mires por donde lo mires) Si alguna de vosotras no lo ha sufrido, por favor, que lo manifieste. En el autobús o en la playa, en un bar de copas o en el colegio, en la Facultad o en el trabajo, está claro que en este tema, como en tantos otros, nosotras somos las que llevamos las de perder. Un escote bonito y unos pechos grandes, unas piernas largas y una minifalda, cualquier excusa vale para ser agredidas sutilmente o no. Una historia que lleva escribiéndose desde el principio de los tiempos y en la que nuestra lucha personal y colectiva para que se acabe será eterna y permanente, de hecho, yo creo que nunca se acabará.
En segundo lugar, el sexo consentido no te convierte en puta. Practicar sexo no es delito, ni es pecado. Siempre que se produzca con el consenso, en principio, de dos personas que acceden a llevar una práctica que en la mayoría de las ocasiones es sana y placentera. Otra cosa es dónde y con quién tengas sexo. En ese tema no vamos a entrar porque pertenece al círculo más íntimo y personal de cada uno. Yo no juzgó los juegos sexuales de nadie siempre que se trate de personas adultas y que accedan con libertad y sin coacción a lo que se les propone. Aquí es donde entra el relato periodístico de la Opinión de Málaga que cuenta con pelos y señales una escena propia de las novelas de género negro que tanto me gustan. No lo escribiría así ni alguno de mi autores favoritos. Ahí es donde yo entiendo que la supuesta víctima está siendo criminalizada pretendiendo convertirla de agredida en agresora, tachando su moral y su comportamiento, en un medio de comunicación y con publicidad. Que se entere toda Málaga y de paso toda España, que estos chavalinos son inocentes y esta chica es de una fresca. Ayyyyy Dios mío.
Y en tercer lugar y para finalizar, yo también quiero ser famosa y salir en la tele, pero quiero ser famosa por mi trabajo y por mis logros, por haber hecho una gran labor en mi comunidad y promover la cultura, por haber ganado un premio y haber superado mis retos, por escribir un libro y por dar a conocer mi tierra. Este mundo de la televisión es el mayor engaño y una trampa, pero una trampa bomba. En qué cabeza cabe que estos supuestos agresores (bien, de acuerdo, han salido libres de polvo y paja) salgan en los medios de comunicación celebrando unos hechos que avergonzarían a cualquiera. Sí, ya sé que salen porque los han dejado libres, pero qué mérito tiene. Si son inocentes qué coño celebran a la salida de los juzgados aclamados por sus padres como héroes. Y aquí es donde digo yo que tenemos que mirárnoslo. Una sociedad donde sus jóvenes, me da igual que sean poligoneros o no, celebran con cava salir libres de una acusación de agresión sexual, donde sus chicas (y aquí ya no lo digo por la protagonista de esta historia) me da igual que sean chonis o no, quieren ser famosas sin trabajar, sólo por haberse acostado con algún famoso de tercera o cuarta fila y sólo aspiran a hacer un Interviú o a tener un trono en la cadena basura de esta país. Un país donde los premios fin de carrera sólo tienen derecho a una breve reseña en un periódico local y luego deben hacer la maleta, dejar a los suyos e irse a Alemania a buscar su futuro ¿Es este el país que queremos? ¿Es con esta escala de valores con la que queremos que crezcan nuestros niños?
En esta historia está claro que alguien miente y es, en ese punto, por lo que yo no tenía claro si escribir esto o no. Y por eso llevo, desde que saltó la noticia a los medios, pensando y pensando como expresar lo que pienso, sin dejar claro que mi posición está junto a la supuesta víctima, pues no  me creo que haya querido exponerse así si no creía o tenía la certeza de que los hechos eran como ella los contaba. Diga quién diga la verdad en este suceso que rechina, lo que he escrito arriba es totalmente cierto, punto por punto, y no pasa nada por manifestarlo públicamente, aunque no deje de ser un resumen de lo que todos sabemos desde siempre, a pesar de que algún alcalde de plaza de primera (por desgracia) justifique lo ocurrido en Málaga, en un primer momento, como una violación más dentro de la estadística anual española, relativizando los hechos, y otro se deje decir que muchas veces pasa miedo al entrar en un ascensor con una señorita por sí le dan ganas de arrancarse la ropa para comprometerle. Vamos de mear y no echar gota. Es lo que tenemos. 

martes, 12 de agosto de 2014

Mirar atrás.

Alba 1964


La verdad es que prefiero no hacerlo. Temo que sólo me sirva para espantarme de la ingenuidad y el atontamiento que me gastaba por aquella época. Y el joven que uno fue tiene derecho a ser recordado con respeto y con añoranza por el viejo en el que uno se convierte."
                                                             Lorenzo Silva en “La Reina sin espejo”

De todas las cosas que recuerdo de aquellos agostos, algunas son tan infantiles que sólo me inspiran ternura. Otras me conducen lentamente, una semana duraba un mes y un mes era como un trimestre, a un tiempo en el que mi única preocupación era ver pasar el verano al mismo tiempo que la yerba se agotaba y ésta lo hacía al mismo ritmo que las manos de hombres y mujeres encallecían con la dura faena y los rostros ennegrecían al sol. Mientras mi madre cosía en la galería de la casa de la tía Isabel, desde las ventanas, nosotros, los que veníamos de Oviedo y ya éramos sólo un cincuenta por ciento quirosanos, observábamos indolentes el trajín diario de los vecinos del pueblo carretando en corzas, una fantástica especie de trineos, con la ayuda de caballos, mulas o machos, yerba recién segada y metiéndola en los pajares. Nunca vi que aquellas labores distinguieran a hombres de mujeres, ni a neños de neñes. Todos echaban una mano dentro de sus posibilidades y sus capacidades. Aquella para mi, más ignorante aún de lo que soy ahora y que no conocía lo que era el invierno en la montaña, era la época de más trabajo en el campo y coincidía con las vacaciones de mi padre y de mis primos mayores que en lugar de escapar hacia la playa o echar a correr lo más lejos posible, volvían a la aldea para ayudar a sus padres. Aquellos padres a los que les debían el haber conseguido una vida diferente con nuevas oportunidades, lejos de gadañas y garabatos, forquetas y forcones, aperos de labranza a los que, sin embargo, regresaban verano tras verano en una especie de penitencia obligada, de tributo a pagar por haberse librado de ellos, por haber roto aquellas cadenas. Aquellos agostos en los que aprendimos a andar arriesgadamente en bici por aquellos caminos jugándonos la cara y bajábamos al río a pescar mojaduras porque truchas nunca vimos, cogíamos cabezones en el lavadero y robábamos manzanas verdes que sabían a madera de los árboles prohibidos de los vecinos. En aquellos agostos que se prometían para siempre iguales, creíamos que apenas ocurrían cosas interesantes y, sin embargo, cada instante era único y especial. Nos encontrábamos con nuestros amigos verano tras verano. Nos enamorábamos unos de otras y viceversa y vuelta a empezar, cada año hasta que los enamoramientos se convirtieron en compromisos y empezamos a saber que nuestro futuro poco o nada tenía que ver con aquellas montañas, aquellas huertas y aquellos amores reales o imaginarios, frustrados y malogrados, vencidos o vencedores.
Y en días como hoy, vísperas de Alba, de mi romería, de mi fiesta, de mi Virgen, no puedo dejar de sentir la presencia de mis tías, Domitila y Alicia, Maruja y Hortensia, las cuatro juntas rezándole un rosario con aquella religiosidad suya tan de niñas, como les había enseñado mi abuela Rosario, sin cuestionarse nada y pidiendo por los suyos, por sus padres y por sus hijos, dándole gracias por lo poco o lo mucho que tenían, por una vaca que había logrado una cría o por haberles permitido sacar los panes más guapos que lucían orgullosos en lo alto del ramo de la fiesta en honor a la Virgen. Las hermanas de mi padre que se juntaban en la parte de atrás de la capilla, algunas habiéndose visto apenas unas horas antes y otra de ellas, la más joven, que vivía en Oviedo, quizás unos meses atrás. Abrazándose y besándose como si las hubieran separado de niñas. Con aquella forma suya que tenía Domitila de casi golpearte cuando se alegraba al verte, con aquellos ojos que lo decían todo y que apenas tuvieron tiempo de perder su viveza. Mi tía Alicia, la más pequeña y menuda de las cuatro, la más discreta que nos dejo sin apenas darnos cuenta. Mi tía Maruja que era bruta como ella sola y que siempre, siempre te recordaba lo que habías engordado durante el curso y luego se empeñaba en cebarte para que, por supuesto, no perdieras ni un gramo y mi tía Hortensia, ay ¿qué diría yo de mi tía Hortensia si después de tanto tiempo la recuerdo cada día? De su lucha valiente y larga contra la maldita enfermedad, de todo lo que me transmitió, de su manera de ver la vida, de la impresión de que la habría vivido de otra forma de haber podido, tantas veces mirando al horizonte por la ventana de su cocina de Oviedo.
Con ellas hice yo mi primer pan y mi primer bizcocho. Aprendí, sólo mirando, como se asa una pierna de cordero en el horno de la cocina de carbón y a hacer borrachinos, casadielles, tarta de avellana, a arroxar el forno para hacer pan y a variar la lana de los colchones. Mil y una cosas, algunas que no volveré a hacer y otras que no me servirán para nada, pero que forman aquel tiempo que pasamos juntas y que es nuestro para siempre.
En aquellos agostos en los que aprendimos que el sol es necesario no sólo para ir a la playa, sino para curar la yerba, que amontonada en balagares nos envenenaba y enganchaba con ese olor que todavía hoy nos envenena y nos hace viajar aquellos días de esmarallar y amontonar yerba y merendar al caer la tarde en el prao todos juntos. Ese olor a yerba recién segada que nos transporta a otra época y a otra vida que también era la nuestra.  En los que nos enseñaron que había que esperar para comer aquel pan que recién salido del horno era gloria bendita, pero que comido caliente nos condenaba a un dolor de tripa. Aquellos agostos en los que esperábamos la tarta más sabrosa, la de mi tía Marujina, una tarta en la que masticabas la manteca y el azúcar y que era mi favorita porque llevaba  cerezas confitadas. A un tiempo familiar y cercano donde la inocencia era nuestra única compañera y sólo teníamos que esperar que llegara el 15 de agosto y después prepararnos para volver a la ciudad y empezar al cole. Aquellos veranos en los que creíamos ser felices y además lo parecíamos. Aquel tiempo aún cercano que ya no volverá y que, en vísperas de Alba, me llena de tristeza.

martes, 5 de agosto de 2014

Una ventana para ver pasar el mundo.


Esta noche he soñado contigo. Estábamos en Gijón. Podía haber sido cualquier otro sitio pero era Gijón. El mar es imprescindible en todas las escenas del verano. Yo conducía. Me empeñé y cualquiera me lleva la contraria. Nos perdíamos en medio del laberinto de calles todas iguales para mis ojos. Bueno, vale, tienes razón, me perdía yo, sólo que cómo tú ibas conmigo, nos perdíamos juntos. No es tan raro, siempre me pierdo en Gijón cuando conduzco despierta, no iba a ser diferente estando dormida. Te enfadabas un poco, sólo un poco, apenas un minuto. Creo que no tienes la facultad de enfadarte conmigo en serio, ni en broma, tampoco estando despiertos. También creo que carezco de capacidad para sacarte de quicio. Tienes una serenidad innata que te diferencia del resto del mundo, eso está claro. Luego, por lo absurdo de la situación, nos echamos a reír. Tú te reías de mí, de lo ridículo de perderse por Gijón “Es imposible” me decías “si siempre tienes la playa como referencia”. Yo me reía de ti, de tu mosqueo “Anda, mira que enfadarte por esto”, te dije. Al salir del aparcamiento, seguíamos riendo y me besaste. Las risas habían creado el ambiente propicio, sin que nos diéramos cuenta. La tarde y la brisa, el mar y el eco del sonido de las olas rompiendo en la orilla… Nos besamos. Fue un beso largo que, a pesar de la sorpresa, se encontró con una boca presta para ser besada y que te confirmaba lo que mis risas y mis ojos te decían y te animaban a hacer. Sí, sí, sí, me besaste tú. Yo nunca lo haría. No es mi estilo. Siempre temo ser rechazada.  Creo que nunca he besado a nadie. Además, era un sueño, mi sueño. En los sueños todo está permitido. Entonces, todavía con el sabor de tu boca en la mía, sonó el despertador, me arrancó de aquel instante de sensaciones y me desperté. A pesar de la decepción, pensé que no era mala forma de empezar el día, ni la semana, ni el mes. No es mala manera de esperar que, de una vez, lleguen los merecidos días de asueto. Tu beso fue como una promesa de vacaciones. Tus labios en los míos, tu boca en la mía. Era algo pendiente entre nosotros. Ya está, hecho, al menos en sueños. Ahora ya sé cómo saben tus besos. Qué si me gustó, dices. Sí, me gustó. No dudaba que lo haría. Es más estaba segura de que me gustaría.
Luego, al volver a casa del trabajo, buscando en los cajones desordenados de mi habitación, encontré la carta. Una carta sin echar que escribí hace mucho tiempo, diez años hará en noviembre. La escribí cuando te fuiste la primera vez. No querías volver. Te ibas para siempre, casi dando un portazo. Querías dejarlo todo atrás y empezar de cero. Despegar en otras tierras junto a otras gentes. Y yo pensaba que no nos íbamos a volver a ver. Nunca. No había nada ni nadie que te hiciera cambiar de opinión. Te llevé al aeropuerto ¿te acuerdas? Casi no llegamos. Aquella vez no fue culpa mía. Podías haber perdido el vuelo y luego el enlace en Madrid, podías no haberte ido, pero al final llegamos a tiempo y te subiste al avión que te llevaba lejos de mi. Te había dicho que tenía algo que darte. Sin embargo, a última hora me arrepentí y me guardé la carta. En su lugar te dí un libro. Ni siquiera recuerdo el título. Era el que estaba leyendo o quizás estaba olvidado y abandonado en el coche y lo cogí de allí sin más. Bueno, ya me conoces. Dices qué lo tienes todavía, no esperaba menos. Hoy he vuelto a leer la carta. Qué cosas, no tiene nada de especial. Es una carta de amiga a amigo. Totalmente inocente y sincera: “Te echaré de menos”. “Estaré sola sin ti”. “Prométeme que me escribirás”. “Prométeme que estarás bien” . Recuerdo que me quedé mirando como te ibas, como el avión te alejaba para siempre. Me quedé allí de pie. Tenía el alma helada. Mi corazón se fue en tu equipaje.
Y sí, mientras tanto, yo he estado sola aquí, sin moverme, en el mismo punto, todo este tiempo. Como una niña pequeña a la que su madre dice "Quédate ahí, no te muevas" y obediente hace lo que le dicen. Y todo esto entre ratos de desierto y de oasis. Ha habido de todo, en general no me puedo quejar. He estado mirando el mundo pasar desde una ventana, como los gatos, encaramada en el alféizar. Alternando momentos de sol con ratitos de sombra. Intentando coger las partículas de polvo en suspensión que aparecen por arte de magia cuando entra un rayo de luz por la ventana. Contando las gotas de lluvia correr por los cristales en los días grises del invierno. Dibujando corazones de papel. Mendigando una caricia. Ronroneando de vez en cuando para que se dieran cuenta de que seguía viva. Algunas veces paseaba hasta el sofá del salón y me desperezaba. Observando a aquellos que primavera tras primavera construyen un nido, o reconstruyen el del año pasado. Viendo a las arañas tejer afanosas sus telas. Esperando que ocurriera algo. Esperando que estuvieras bien y que volvieras a casa, que volvieras sin más. Y hoy he soñado contigo y me besabas.