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sábado, 31 de octubre de 2015

NECROLOGICA

"Yo, el Señor tu Dios, sostengo tu diestra y te digo:
No temas, yo mismo te auxilio" (Isaías, 41, 13)


Epitafio:
- "Aquí descansa una mujer que fue feliz en su contradicción".


NECROLÓGICA:
El pasado día 8 de octubre la ciudad de Oviedo despidió a la blogger Bea la de Lola. Estas fueron las palabras que pronunció su hermano en su memoria en el acto de despedida celebrado en el entorno de la ermita de Alba en Quirós donde reposan para siempre sus cenizas.

"Nadie que conociera a mi hermana de verdad recordará un solo día de su vida en el que no estuviera cabreada: con un vecino, con su coche, con alguno de sus muchos y queridos amigos, o mientras duró su vida laboral con alguien del trabajo: compañero, cliente, proveedor. Muchas veces simplemente el enfado era consigo misma y punto.
Mi hermana vivió en un auténtico estado de rebeldía que la hacía ser increíblemente exigente con ella y con los que la rodeaban, familia y amigos, sociedad y políticos. Era un espíritu tremendamente crítico y, por ello, en muchas cosas fue una insatisfecha. Sin embargo, esa permanente insatisfacción la mantuvo en constante movimiento para intentar cambiar el mundo, convencida hasta el final de que la revolución no sólo podía hacerse sino que además estaba en nuestras manos llevarla a buen término. Muchas veces les dijo a mis hijos que no se pararán, que continuarán buscando y aprendiendo, viviendo y soñando con otro mundo, mejor y más justo, a nuestro alcance. "Construirlo está en nuestras manos", les repetía machaconamente.
Nadie que conociera a mi hermana olvidará su sonrisa. Una sonrisa que le devolvieron sin contar con ello un día del 2015 y que ya no volvió a apear. Aquella sonrisa amplia que la hacía achinar sus ojos con la que pretendía reconducir y despedir cada día su mal humor y su cabreo. Para ella una sonrisa y un pensamiento de "mañana será mejor" podían solucionarlo todo.
Nadie olvidará tampoco su amor sin límites a la tierra de nuestros antepasados y la generosidad con que se entregaba a  las causas posibles e imposibles en las que se embarcó. Siempre, siempre tenía algo entre manos.
Hoy la despedimos en este lugar que tanto amó.
Bea, descansa en paz y, porfa, no riñas mucho allá dónde vas."

Tras la ceremonia todos los que se acercaron para darle un último adiós se dirigieron a un llagar de la zona para celebrar una espicha que la propia difunta había contratado unos meses antes, cuando fue consciente de que el final estaba cerca. Allí compartieron recuerdos y anécdotas vividas juntos. Hubo risas, muchas y lágrimas, pocos.

1 de noviembre


Cementerio del Salvador, Oviedo
Mi abuela y sus hermanas seguían su particular tradición de Todos los Santos. Unos días antes subían al Fontán a buscar flores. Claveles rosas y bailarinas eran su objetivo para adornar sus tumbas, porque ya estaban adornando las tumbas donde descansarían ellas. Las bailarinas son esas pequeñas flores que en realidad reciben el nombre de paniculata. No sé si mi abuela no supo o no quiso aprender el verdadero nombre de las mismas, solo sé que la imagen de las diminutas florecinas blancas bailando en torno a los claveles es muy literaria. Y así las veía ella como pequeñas frágiles bailarinas sustentadas en el aire por invisibles hilos vegetales.
Iban unos días antes porque las flores disparaban sus precios. Y luego cargadas con su preciado tesoro acudían a honrar a sus muertos. Los padres de mi abuelo también entraban en el lote. Estaban y están, si no se han fugado, en una tumba preciosa cerca de la verja de la entrada principal del cementerio viejo de Oviedo. Estuvo el solo allí junto a su mujer María, ejerciendo su dominio sobre este territorio hasta que fue mi abuelo a acompañarlos. Dos hombres nacidos vascos pero asturianos de adopción que desde hace cinco años gozan de la compañía de una de las mujeres más teatrales que yo he conocido, mi abuela Elena.
Pero siguiendo con la tradición familiar, subían al cementerio, pertrechadas con los bártulos precisos en el autobús o caminando, limpiaban y pintaban la sepultura, colocaban las flores y se dirigían a la sepultura de mis otros bisabuelos muy cerca del pasillo central también en el cementerio viejo, a la altura de la iglesia. El bisa José que fuera guardia municipal en el Ayuntamiento de Oviedo y que murió con 57 años y la bisa Carmen. Ahora allí están ellos y cuatro de sus hijos (junto a una nuera, esposa y cuñada que no quisimos nadie, seguramente porque no hizo nada porque la quisiéramos). Todo este ritual se hacía días antes de las fechas señaladas. El día de los 1 de noviembre nunca se iba. No interesaba encontrarse allí con todo Oviedo, pero sí que el Oviedo amigo y familiar viera como relucían sus tumbas, como ellas en perpetuo luto habían acudido discretamente a cumplir con los suyos y no a presumir como hacían otros. Y es que esto de los Difuntos, en general, es de mucho lucimiento y poco sentimiento.
Esa tradición me ha tocado heredarla a mi, no sé si mi madre la seguiría poniendo en pie cada año de no estar yo o habría muerto como lo hacen tantas otras pequeñas tradiciones y costumbres familiares. A mí personalmente me gusta hacerlo. Esta semana subí al cementerio con mis flores. Visite a mis abuelos. "Güelita, te echo tanto en falta". Sí, yo era la loca que hablaba con su abuela mientras arreglaba la jardinera a los pies de la sepultura y le pedía que me echara un cable. "Güelita, mira a ver hoooo, que seguro que tienes mano". Rezaba con prisas un Padrenuestro y lloraba un poco quedamente. Y de allí a la de mis tías y sí, yo era la loca que sonreía mientras recordaba la puesta en escena dramática de mi abuela, que fue la más longeva, cuando iba a visitarlas. "Ayyyy, hermanines, qué sola me dejasteis" y es que a ese cuadro verdaderamente triste, mi abuela le imprimía tanto dramatismo que daba risa y ojo, que yo sé que su dolor era auténtico pero no por trágico es más dolor.

Como cada 1 de noviembre celebramos simbólicamente a los que nos faltan. Aunque a los que queremos y echamos en falta que en nuestro corazón los celebramos cada día, cada hora, cada instante. Los padres y madres, los abuelos y abuelas, los hermanos y hermanas, los hijos e hijas, casi todos robados de nuestro lado demasiado pronto, pues, en mi opinión siempre es pronto para que se vayan los de uno. Hoy (y estos días anteriores) los cementerios serán lugar de encuentro de vivos... y muertos. Pienso en el cementerio más bonito de Asturias, solano y humilde, con gente todavía enterrada en tierra. Pienso en la historia de los hombres y mujeres que allí descansan, en su pasado y en su presente, en aquellos que hoy les visitarán, en todos los que se acercan a una sepultura o a un nicho con el corazón encogido, haciendo un esfuerzo por contener tantos años después la emoción. Pienso que me gustan los cementerios por lo que implican y por la paz que me transmiten. Pienso en visitar a los míos que permanecen vivos en mi corazón, y en seguir manteniendo esta costumbre aunque también haya cosas en ella que cambiaría. Pienso en este noviembre que empieza soleado y casi primaveral sino fuera por los colores y pienso en el futuro que cada día está más cerca.

Razones para amar el otoño.


Cielos y nubes.
Cielos que se tiñen de mil tonalidades de gris, rosa y azul.
Combinaciones imposibles de trazos firmes, garabatos infantiles y suaves pinceladas que dibujan nubes de algodón.
Puzzles de piezas diminutas que convierten al cielo en espectáculo.
Una fotografía diferente a cada instante con la excepcional luz otoñal.
Frutos de temporada.
Setas.
Llagares y faroles de amagostar.
Sidra dulce y castañas asadas.
Manzanas dulces y ácidas que llenan tu cocina con el olor de casa de tu abuela.
Árboles y bosques.
Lluvia de hojas secas, renovación del vestuario de los árboles.
El olor a humedad del bosque.
El suelo cubierto por un tapiz de hojas cobres y rojas, doradas y amarillas. El ruido de nuestros pasos sobre él.
El sonido del cortejo de los animales que anuncia de que tras lo caduco volverá a surgir lo nuevo en primavera.
El aire les castañes.
Tiempo de muerte y vida
Cementerios grises llenos de puntos de color en recuerdo de los nuestros.
Cómo no voy a honrar a los muertos que me enseñaron a vivir?
Días cortos de un sol que, por momentos, aun calienta.
Encender la chimenea y crepitar del fuego.
Charlar.
Amaneceres de esperanza y esperanza en cada atardecer
Que con él hayas vuelto a mi vida.
Leer mientras espero.
Si hasta venir a trabajar en este escenario es una bendición.

jueves, 22 de octubre de 2015

La coartada perfecta de Padura.

A vueltas con los Premios me encontré en Oviedo con Padura, no sé si era su primera visita a la capital, porque confesó que descubrió la Salsa en un concierto de Rubén Blades en Gijón allá por los primeros 90 (¡qué cosas en ese concierto estuve yo!) y que tiene buenos amigos asturianos con los que intenta encontrarse cuando puede, o sea, que deduzco que viene por aquí de vez en cuando.
Me encontré en Oviedo con Padura, ese escritor cubano que ha permanecido en la isla donde nació y vive y que desde sus novelas tan bien ha reflejado el boicot político y económico que ha sufrido Cuba durante tantos años. El hambre que han sufrido los cubanos y que ha llevado a tantos a jugarse la vida en el océano y la represión también la que se hace desde dentro. Afortunadamente soplan nuevos vientos para Cuba. Ha tenido que hacerse viejo Castro, que vivir un presidente negro en la Casa Blanca y que un argentino fuera Papa para que, por fin, se abran las ventanas de la Vieja Cuba, pero esa es otra historia.
A vueltas con Padura, el martes en el Calatrava (fruto de la megalomanía de un alcalde muy rumboso que tuvimos en Oviedo y en mi opinón un despropósito arquitectónico, porque, vamos a ver, ¿no era bastante el antiguo Carlos Tartiere para el nuestro Oviedín?, aunque claro, mientras nos paseamos por las categorías más humildes del fútbol español, otra cosa no, pero el nuevo estadio metía miedo a las aficiones contrarias (ideas de éstas tuvo muchas nuestro alcalde favorito, según los resultados electorales, ainnnssssss)
Y ha venido Padura a recoger su Premio Princesa de Asturias. Sí, esos Premios tan criticados estos días por unos y otros. Y digo yo que nadie puede negar el valor de los mismos, lo siento, de esta postura no me voy a mover. Y digo yo que podemos criticar todas las cosas, que en nuestro derecho estamos, es más, en nuestro derecho y en nuestra obligación: la forma de Estado, el derroche de fondos públicos en ¿eventos privados? (esto no lo tengo muy claro, lo de que se trate de eventos privados, digo), el modelo y los brazos de Letizia, que la niña Leonor venga o no venga, que se celebren en el Teatro Campoamor o en otro sitio (aunque en mi opinión el sitio es ese porque por algo Oviedo es la capital de Asturias), podemos criticar hasta el criterio casi estrictamente mediático seguido en la concesión de alguno de los premios (léase los deportivos) y el valor (dudoso en algunos casos) de los premiados, incluso el nombre... Este es otro debate, pero sin Premios Princesa de Asturias, ni Carmen, ni yo, ni los alumnos de un instituto de Avilés nos habríamos encontrado con Padura (yo en el Calatrava, Carmen en la Librería Cervantes y los chavales asturianos en su mismo instituto) o quizás sí, igual nos lo hubiéramos cruzado y ni siquiera nos hubiéramos dado cuenta. 
Así el Padura del martes, cercano, emocionado y expresivo, se vació ante mil quinientas personas, lectores en su mayoría procedentes de un puñado de los miles de Clubes de Lectura existentes a lo largo y ancho de nuestra geografía. Confesó que solo le gusta hablar de política con sus amigos (como tiene que ser) y que le apasionan el beisbol, el cine y la literatura, no sé si en este orden o en otro, pero tengo la impresión que en esta historia se cumple aquello de que el orden de los sumandos no altera la suma. Y me gusto el escritor que enfrentó al auditorio, mayoritariamente femenino, con una sonrisa en su cara y lágrimas  en sus ojos; que arrancó los aplausos entregados de un público no en un estadio, pero igual de entusiasta; que explicó que le apasiona tanto el proceso de documentación como el proceso mismo de crear. Me cautivó la historia del niño que creció arropado por la Virgen  de la Caridad del Cobre y el perro de sus padres y con una pelota de béisbol en sus manos. Me enganchó el hombre que abandonó el periodismo que es mucho más aburrido que la literatura para dedicarse en exclusiva a ésta, su pasión. Y me entusiasmó la persona que contó la historia de sus perros, fallecidos de viejinos, Chorizo y la "rata" Natalia.
Hoy La Nueva España y El Comercio se hacen eco del encuentro que tuvo ayer miércoles con los alumnos de un instituto de Avilés, dichosos ellos, más que nada por la suerte de sentarse a conversar con un autor de este calibre y por que me quedo una duda de la charla del otro día. Dice Padura que empezó a escribir guiado por cierto espíritu de competición mamado de su afición por el béisbol. Un día se dijo a si mismo "si otros lo hacen por qué yo no" esta afirmación me dejo un poco descolocada. Vale, ok, si otros pueden, yo puedo, pero para mi escribir va más allá de competir con otros. Es un proceso interno, íntimo y personal el de la creación. Sinceramente me la trae al pairo lo que hagan otros, pero igual estoy equivocada y por eso Padura es flamante premio Princesa de Asturias. Me gustaría que lo hubiera aclarado un poco mejor pero se acabo el tiempo.
Tengo la sensación de que la tarde del martes se la debo a los Premios: a los Premios, a la Fundación que de un tiempo a esta parte está trabajando fuerte para acercar a los premiados al pueblo asturiano, a los ciudadanos no sólo de Oviedo,  por supuesto. Pero también se lo debo a la gente que trabaja por y para acercar la lectura a sus destinatario últimos, los lectores, auténticos consumidores de cultura, CULTURA, y que con su trabajo generoso contagian a los que tienen alrededor. Qué grandes sois bibliotecario@s! 

viernes, 16 de octubre de 2015

Cien kilómetros en el camino de la vida.


¿Cien kilómetros de camino son suficientes para poner luz en tu vida? ¿Cien kilómetros en alojamientos confortables y con un grupo en el que de alguna manera siempre te sientes acompañada? O mejor, nunca estás del todo sola ¿Qué son cien kilómetros? Cien kilómetros no son nada para los miles de ellos que hacemos a lo largo de un año de trabajo, a lo largo del camino de la vida.
Pasado el Ecuador de la semana a buen ritmo y con aparente despreocupación, llegó ayer el punto de inflexión duro, durísimo. A media mañana, los pies tremendamente doloridos. "por favor, qué me dén otros" Bienvenida al mundo ampolla, que por cierto, a veces, sangran. Y una mujer me dijo o mejor, me recordó que yo podía hacerlo y un hombre bueno (que malísimo es juzgar a las personas en la primera impresión) me dio una barrita de cereales con tanto amor que me puso las pilas y de repente, me di cuenta de que no son los pies los que te llevan, es otra cosa, es tu creencia firme y absoluta de que puedes hacerlo, de que puedes llegar.
A medida que ha ido avanzando la semana es como si tu mente se vaciará de cosas sin valor, para dejar espacios libres, huecos vacíos que rellenar de las cosas que son verdaderamente importantes. Es como resetear el ordenador y empezar de cero, manteniendo la información que realmente es imprescindible. Te das cuenta de que aquellas cosas que pensabas que iban a ocupar tu mente en estos días ni siquiera han aparecido. Y es que, al final, realmente sólo hay dos cosas básicas: la familia (la propia disfuncional a su manera como lo es cada familia) y los amigos (los de aquí y los de allí, a los que separan miles de km y los que están siempre junto a ti, los fieles y los que alguna vez te fallan, los viejos amigos y los nuevos) y dos capacidades a las que nunca renunciar: la capacidad de observar y sorprenderte con todas y cada una de las personas y las cosas que te pone la vida en el camino y la capacidad irrenunciable de aprender. Siempre en camino y siempre aprendiendo. Es la fórmula del éxito personal.

Cada vez queda menos para Santiago, mañana apenas cinco kilómetros. Tengo algunas cosas claras que me llevo de esta semana intensa en experiencia y en personas. Hay tantos caminos como peregrinos. Y cada uno lo hace con la mochila interior que, a menudo, pesa mucho más de la carga, poca o mucha, que llevas en tu espalda. Duelo y enfermedad, soledad y pena, amor y desamor, soberbia y aburrimiento. Me he dado cuenta de que yo apenas cargo nada. Y no lo digo sólo por la ventaja de hacer un camino en grupo organizado que te permite hacer un viaje ligero de equipaje. Algunos pensarán que mi camino tiene menos valor que el de los que cargan su mochila. No les voy a quitar razón, pero a mi lo que me pesa es este último tiempo de agobios y prisas. Vivo apresuradamente y quizás lo único que tengo que hacer es frenar este ritmo, aflojar el pie del acelerador. Me diréis que no necesitaba venirme a Galicia para descubrirlo. Sí, es cierto, pero uno no siempre encuentra el aire que le permite respirar en sus sitios comunes. Y yo no encuentro nada, últimamente ni tiempo para pensar siquiera. Pero quizás no necesito pensar y sí dejarme acunar por esta travesía benéfica en la que estoy embarcada. Y quizás no necesito buscar ninguna respuesta porque no hay preguntas.
Y no es que aquí hayamos tenido mucho tiempo para pensar, caes literalmente rendida en la cama. Al final después de caminar nuestras etapas (lights), te das cuenta de que lo único que debe preocuparte realmente es seguir, sin mirar atrás, y llegar. Llegar adónde sea, proponerte una meta, pequeña o grande, e ir a por ella con todas tus fuerzas, con todas tus ganas, con todos tus sentidos e incluso más allá. El problema ahora es encontrar mi meta, pero sin meta y todo, ahora estoy segura de que puedo conseguir todo lo que me proponga. Todo lo que sólo dependa de mi, lo que esté en mi mano. Tengo la fuerza para hacerlo y conseguirlo. 
¿Estás caminando? Me preguntaba Judi. Sí, lo hago cada día. Intento hacerlo con mi forma de ir y de entender la vida. Sin embargo a partir de ahora, caminar tendrá un significado diferente, no será sólo avanzar, será avanzar para conseguir algo.
He pensado estos días un poquito, sólo un poquito. 

sábado, 3 de octubre de 2015

Pan de escanda

Durante muchos años el pan fue el alimento básico e imprescindible de la dieta de muchos hogares. El “pan nuestro de cada día” o que “no nos falten el pan y la sal” son expresiones comunes no sólo de aquella época de “fame” y necesidad, sino que hoy mantienen plena actualidad. En Quirós no podemos hablar de gastronomía y tradición sin mencionar al “pan de escanda” un pan muy sabroso y apreciado, sobre todo, para aquellos que tuvimos la suerte de poder disfrutar del que hacían nuestras madres y abuelas. Es un pan oscuro, no especialmente tierno, que se conserva muy bien y que encierra en sí mismo parte de la historia y costumbres quirosanas.
En un momento en que muchos hogares han vuelto a interesarse por la fabricación artesana del pan, no está mal recordar un proceso, el de “hacer pan”, que nos retrotraerá a muchos de nosotros a aquellas mañanas de calor en pleno verano junto a la cocina de carbón mirando como “lleldaba” la masa, deseando que tu “güela” te dejará formar un “bollín” de cuernos o colocar un “huevín” cocido en medio de la bolla que llevarías de romería el día de Alba o el de San Roque. Era un tiempo larguísimo el que teníamos que esperar mientras se “arroxaba” el horno, se “enfornaba” y, por fin, se sacaba la “forná” Es en este momento, el de “qué forma más guapo”, “qué buen color”, “qué bien te salió esta vez” cuando las mujeres respiraban orgullosas y colocaban los panes en la masera a esperar que enfriaran, era el tiempo de descansar un rato o de seguir con las tareas cotidianas tras un día que había empezado muy temprano. Mientras tanto, los más pequeños sólo esperábamos poder comer un buen pedazo de aquel pan caliente y prohibido porque podía hacernos mal a la barriga, que había llenado de olor a pan todos y cada uno de los rincones de la casa.
Tres elementos son necesarios para que el milagro del pan de escanda se produzca: el cereal, los fornos y las mujeres.
La escanda es una variedad de trigo que se cultiva en estas zonas de montaña porque tiene una mayor resistencia a las condiciones del clima. Durante muchos años las tierras de pan eran incluso mucho más abundantes que las de maíz, el otro cereal fundamental en la época. Hoy, sin embargo, el cultivo de escanda en Quirós se encuentra reducido a pequeñas tierras que se siguen sembrando por costumbre y casi únicamente para el consumo familiar. Así quedan tierras de pan en Bermiego, Cortes, Toriezo, Faedo y Las Llanas. En la seronda, dicen que en Salcedo en Rechampo llegó a sembrarse escanda incluso en enero, empieza la siembra del cereal. Se siembra la “erga” (el grano de escanda antes de haberle quitado la cascarilla), se “salla” y se “arrianda”. Llegado el fin del verano, entre agosto y setiembre, se recoge la escanda. Es un trabajo muy laborioso para el que se necesita a toda la familia. Las espigas sólo pueden cogerse a mano, una a una, o como mucho con “unes mesories” (especie de tenazas de madera que sirven para arrancar las espigas de la planta) y te permiten, cuando aprendes a usarlas, coger varias espigas a la vez. A la tierra a “coller” pan hay que ir con manga larga para que las plantas de pan no te arañen. Recogido el pan se lleva al hórreo para que se sequé y de ahí, al rabil en dónde las espigas se chamuscan para quemar las aristas y se mallan para deshacerlas. Se introducen por la tolva y bajan a la piedra para quitar la cáscara del grano. La cáscara es muy ligera y para separarla del grano se ayudan con un ventilador. Ese deshecho es la llamada “poisa”. De manera que en el rabil es dónde sale la escanda separada, cayendo a una especie de cajón que recoge los  granos de escanda limpios. De el molín de pisar al molín de moler, que son cosas diferentes. En el primero se separa el grano de escanda de la cáscara y en el segundo la escanda se muele. Ambos son hidráulicos, es decir, empiezan a funcionar cuando el río trae agua para poder mover la maquinaria.
En la actualidad hay un rabil funcionando en el pueblo de Bermiego. Balbino Martínez ha rehabilitado y puesto en funcionamiento un molín de pisar que pertenece a Diego el de Proaza. Balbino habló con Diego y le comentó que podía ser interesante limpiar y echar a andar de nuevo el molín. Hoy este molín recibe escanda de Lena, Aller e incluso de la zona de Langreo, también de los pocos quirosanos que siguen teniéndola. Existe al menos otro rabil en Veiga, pero en la actualidad no está funcionando.
Pero el pan de escanda no sería tal sin los “fornos artesanos”. Fornos que desde siempre han estado integrados en nuestras construcciones tradicionales, de manera que muchas casas los conservan siendo fácilmente reconocibles. Desde afuera en las casas hay adosada una especie de construcción circular cuya boca o puerta habitualmente está en la cocina. Hoy mucha gente enforná en casas de sus antepasados en las que han conservado los fornos mientras que las casas modernas o reformadas o bien no los han incluido o simplemente los han quitado. Mientras la mujer realiza el proceso de amasar en una masera en la que se coloca mitad y mitad de harina de trigo y de harina de escanda, más o menos, dependiendo un poco del gusto de cada familia y para lo que se ha usado el “furmientu” (de la última masa fermentada, las mujeres retiran un pedazo que usarán para fermentar la nueva masa). Se prepara el forno mientras la masa llelda. Para ello se enciende utilizando distinto tipo de madera que puede ser de avellano, de fresno y de haya, ésta última es muy buena debido a su alto poder calorífico. Se trata de conseguir que los ladrillos estén en caldea, esto ocurre cuando el forno por dentro está blanco hasta la puerta. El horno ha alcanzado ya la temperatura ideal para cocer y no para quemar. Utilizamos aquí varias herramientas propias de esta tarea. El “serraorio” una vara larga con la que mover las brasas para ir repartiendo el fuego dentro del horno, eso se llama “sorrascar” y tradicionalmente hay que hacerlo al menos ocho veces. Una vez listo el horno y preparados para introducir los panes que hemos ido formando, se barre el horno con una escoba de sabugos o de boje que aportará aroma al pan. Le llega entonces el turno a la pala de enfornar, que es una pala de panadero con un mango muy largo sobre la que se pone de uno en uno cada pan que queremos ir colocando dentro del horno. Es un proceso que hay que realizar con cuidado porque los panes no pueden estar muy juntos para que no se peguen, ni tocando las paredes del forno para que no se quemen. Por ultimo, se usa la “cayá” que finaliza el proceso de colocar los panes dentro del forno y con la que los acercaremos a la puerta para sacarlos al finalizar la cocción. En algunos sitios debajo de cada pan, para que no se manche, se coloca una hoja de berza. Una oración y a esperar.

Miedra pan que la cama se t’esfai
Pan en el forno, Cristo sobre todo.
A San Isidro Labrador, a San Antonio Bendito
Nos defienda’l ganao y a nosotros de todo pecao
Amén, Jesús.

Por último, nada de esto sería posible sin las mujeres. Las mujeres quirosanas que se esmeraban y se esmeran tanto en esta labor ancestral de hacer pan. El pan con el que alimentar a sus familias y agasajar a sus invitados. Se levantaban muy pronto para poder llevar a cabo todos los pasos de esta liturgia y si todo salía bien, que casi siempre sale, se llevaban los parabienes y felicitaciones de toda la familia. Plegaban la ropa utilizada, la masa del pan se envuelve en mantas para que suba lo que tiene que subir, y recogían hasta la próxima “forná” que podía ser en dos o tres semanas, dependiendo de los panes que hubieran salido.
No es posible hacer pan de escanda sin la confluencia de escanda, forno, pues nunca se va a obtener el mismo resultado en un horno de gas o eléctrico, y mujeres que por creencia, tradición o costumbre rezaban para que todo se llevará a buen fin y bautizaban los panes antes de meterlos en el forno haciendo la señal de la cruz con un tenedor sobre ellos. Sea este un homenaje a cada una de ellas sin excepción.