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lunes, 30 de diciembre de 2013

Hugo, feliz año 2014

Querido Hugo:
te escribo estas letras como felicitación del año que empieza, el 2014. Felicitación que haremos extensiva a toda la gente buena que nos rodea (también a los ruines, mezquinos y pobres de corazón aunque estos no se vayan a aplicar nuestros buenos deseos, se lo deseamos igual ¿te parece?)
Llegaste a nuestras vidas en enero, como llegan los años nuevos, aunque ya te esperábamos primero, de hecho llevábamos cuatro semanas ansiosos por tenerte en nuestros brazos. Llegaste y pusiste nuestras vidas patas arriba. Las llenaste de esperanza, de ilusión y de futuro. Llegaste y ya te queríamos antes de nacer. Nunca pensé que se podía querer tanto a alguien y eso yo, que sólo soy tía, imagínate lo que te quieren tus padres y tus abuelos. Es por eso, por ese amor tan grande que quiero centrarme en ti para escribir mis deseos para el 2014.
Te deseo felicidad.
Deseo que seas muy feliz. Tú como persona y tú junto a los tuyos. Los niños vienen a este mundo para ser felices. No debería haber ningún niño que no lo fuera. Así que te deseo felicidad y que seas capaz de hacer feliz a los que te rodean, que tu vida sea ejemplo de niño feliz, que llenes la vida de música, espontaneidad y frescura. Que juegues mucho, que te rías más, que disfrutes de tu infancia. Que nadie perturbe tu inocencia. Que no haya Herodes en tu vida ni reales, ni ficticios. Te deseo abrazos, besos, caricias y risas. Te deseo un saco de sonrisas para que las regales en el 2014. Que te encuentres gente amable en el camino que saqué lo mejor de ti.
Te deseo educación.
Este año 2014 empezarás al colegio. Empezarás la primera gran aventura de tu vida. Vendrán otras que serán también interesantes, pero ninguna tan importante como empezar a la escuela. Te deseo maestros vocacionales, compañeros que te quieran y te acepten, empatía para que tu aceptes al  diferente. Capacidad para ponerte en los zapatos del otro y sentido de justicia. En el colegio vivirás tus primeras situaciones de injusticia, no te quedes con los brazos cruzados, si crees que lo que ocurre no es justo, pero siempre desde el respeto a tus mayores y a tus iguales.
Te deseo que ames los libros como nos ves a nosotros amarlos. Que aprendas mucho, que te enseñen bien, que te encuentres con maestros que quieran depositar en ti su saber, que te motiven, que te abran los ojos a la vida, que respeten tu forma de ser y de pensar. Que tus maestros quieran y sepan enseñar. Te deseo que gustes de todas las formas de arte, pero que tengas criterio para decidir lo que te gusta y lo que no. Que no te dejes arrastrar por las modas, hay muchas cosas que se llaman arte, pero la belleza no está en todas.
No debería haber ningún niño sin escuela. Los niños nacen para aprender, para formarse como personas. La educación nos hace libres, porque nos permite ser críticos, tener opinión, manifestarla, expresarla, levantar la mano y hablar en voz alta.
Te deseo que conozcas el verdadero valor de lo material. No es más rico quien más tiene sino el que menos necesita. No se es más feliz por tener o acumular más cosas. Deseo que descubras el verdadero valor de las cosas inmateriales, las que no tiene precio, ni se pueden comprar: el amor a la tierra y a la montaña; la fruta que los árboles regalan generosamente; las puestas de sol y los amaneceres, la luna llena y las estrellas, el agua del río que corre y el que mana de la fuente para calmar nuestra sed; el arrullo de las olas cuando rompen en la orilla; el valor de la sombra de un árbol y del pájaro que viene a tu ventana a cuidar tu sueño; el aire frío que enrojece tus mejillas cuando caminas; las hojas de los árboles y el ruido que haces cuando caminas sobre ellas en otoño; el ruido de la nieve cuando cae y los colores de la naturaleza en las distintas estaciones. Te deseo sepas valorarlas todas y cada una de ellas y también aquellas otras que se te ocurran y que en tu corazón y a tus ojos tengan una valor incalculable.
Te deseo conozcas el valor de la humildad y de la austeridad, pero no el de la miseria.
Y por último, aunque mi lista de buenos deseos sería interminable. Te deseo estés rodeado de adultos que luchen por la paz y por construir un mundo mejor. No estoy orgullosa de este mundo que te dejamos en herencia. Es un mundo feo, lleno de gentes desplazadas, que tienen que huir de sus casas, pueblos, países buscando oportunidades y jugándose la vida. Un mundo lleno de Lampedusas y campos de refugiados, muros de la vergüenza y concertinas, guerras y atentados. Un mundo donde la muerte del otro se convierte en anécdota, sin más. Un mundo donde no nos importa la deforestación, la destrucción de la Naturaleza, la contaminación,... Son tantas las cosas que de la mano del hombre se destruyen.
Te deseo un mundo lleno de personas que quieran trabajar por la justicia. Tú por mi parte tienes mi compromiso para hacerlo.
Sin más, espero tengas un feliz año en compañía de los tuyos con mucha salud.
Te quiere tu tía
Bea

domingo, 22 de diciembre de 2013

Por mi libertad de decidir


En 1985 yo tenía 15 años y era igual de cristiana y de practicante que soy ahora. De hecho las crisis, que las hubo, vinieron más tarde, obedeciendo siempre a factores externos. El crecer y hacerse adulto que es muy malo (o muy bueno, según se mire). Esa es otra historia. Lo que quiero decir es que tenía quince años y estaba en el instituto. Venía de un colegio de monjas dónde hice infantil, que entonces no se llamaba así y la EGB y del que no tengo nada malo que decir, más bien sólo cosas buenas. Si, es verdad, íbamos a clase de Religión, yo seguí yendo a Religión en el instituto, pero nunca sentí que aquellas monjas tan jóvenes, tan entusiastas, tan vocacionales en su labor como maestras, cercenarán mi libertad. Ni mi libertad de expresión, ni mi libertad de ser, ni mi libertad de actuar. Quizás por eso soy tan poco dada al proselitismo. Veo las cosas que hacemos mal como Iglesia (que son muchas), pero también veo la labor callada de los miles de cristianos en sus familias y en la sociedad. Y lucho desde dentro, haciendo oír mi voz para cambiar cosas, para mejorarlas. Para poder conseguir esa revolución que haga a la Iglesia bajar a la tierra, hay que estar dentro y hacer ruido.
Por eso, en 1985, con mis quince años y preparándome para la Confirmación, no me cuestione en ningún momento que la ley del aborto que se publicó entonces (era una ley de supuestos) fuera algo malo, como tampoco me lo hubiera planteado de ser judía, musulmana, evangélica o atea. Todos celebramos la consecución de un derecho, uno más, de un derecho para las mujeres, para los hombres (que también tienen algo que decir en esto) Aquella ley era el devenir normal de un momento que estábamos viviendo. Una sociedad que salía de las cavernas e iba hacia la modernidad. Una sociedad que maduraba y crecía a la luz de su recién estrenada Democracia. Antes había sido la ley del divorcio. La ley del aborto sólo era un pasito más, abrir una puerta. No pensaba nadie que hoy, veintiocho años después, se iría hacia atrás y a golpe de mayoría absoluta.

Quiero decir con todo esto que nadie puede poner en duda que, desde mi condición de cristiana sea yo una activa defensora del derecho al aborto. Tampoco, lo afirmaría nadie de los que me conoce. Todos saben que en este momento de mi vida, en el que el reloj biológico de la maternidad comienza a apagarse del todo y, en cualquier otro momento anterior, los niños son lo que más me gusta del mundo (valeeee, después de los libros y de los bombones de chocolate) Nadie puede afirmar que yo esté defendiendo el derecho al aborto, que podría hacerlo por supuesto, porque no es eso. Yo lo que defiendo, y lo he hecho toda la vida aunque quizás nunca tan públicamente como esta vez, es el derecho de la mujer de decidir, de decidir que hacer con su vida. 

Partiendo siempre de dos premisas que no se han de olvidar nunca: la necesidad de una educación sexual que te permita afrontar tus relaciones sexuales de una forma emocionalmente sana y del hecho, innegable de que el aborto no es un método más de anticoncepción. Así ser madre es la decisión más importante de la vida porque te compromete para siempre (ser padre también por supuesto) por eso no se debería obligar a nadie a serlo, pero tampoco estigmatizar y convertir en delincuente a ninguna mujer que, por lo que sea, tenga que tomar la decisión, en conciencia, de no serlo. No seré yo quién juzgué a nadie. La maternidad tiene que ser una opción desde la libertad y el deseo íntimo y personal de serlo. Nadie puede obligar a una mujer a ser madre porque aunque suene extraño hay mujeres que no quieren, porque no tienen ese instinto, porque no es el momento, porque no han encontrado al hombre adecuado para meterse en una empresa que te liga para siempre, porque no quieren serlo solas, porque su profesión no se lo permite o simplemente por elección. No quieren y punto.  Además, la maternidad en realidad no es de color rosa como se nos vende, así lo recoge Laura Freíxas en su artículo "Odio al intruso" compartido generosamente hoy por Ovidio Parades en su muro de Facebook. Nunca olvidaré el testimonio de la hermana de una amiga, madre estupenda de dos niñas, encantada de serlo, que un día hablando de esto decía la siguiente: "Nos venden la maternidad como lo más maravilloso del mundo y, sin duda lo es, pero nadie te cuenta de que tus pies y piernas van a estar hinchados, del dolor de espalda, del ardor de estómago, de las ganas permanentes de hacer pis, o de que te has montado en una montaña rusa de la que ya no vas a poder bajar. Si, ser madre es estupendo, pero físicamente no tanto y esto contando que tengas la suerte de tener un buen embarazo, un buen parto, un buen jefe y de que puedas hacer tu vida normal."

Así que ayer con la aprobación de la nueva ley del aborto, la más restrictiva y a salvo de lo que pase en el Parlamento, que no será nada porque es lo que tiene el juego de las mayorías, me duele que se culpe a la Iglesia. La culpa es del Gobierno, del oscurantismo y de las tinieblas, de la derecha más extrema. De un ministro, vestido con piel de cordero, que se postulaba moderado y que ahora va a convertir a las mujeres en delincuentes. Siento mucho lo que está pasando en mi país, pero hay muchas voces alzándose, sólo espero que se alce el pueblo en las urnas cuando le toque y que mientras tanto conservemos la serenidad, haya paz en nuestros corazones y coraje para luchar por nuestros derechos.



Enviado desde mi iPad

martes, 17 de diciembre de 2013

"Una familia de Tokio" de Yôji Yamada

El domingo fui al cine. Fui al cine sola, después de un finde de amigas donde hubo tiempo para todo: para perderse por las carreteras asturianas, para una cena mexicana en un espectacular hotel rural, para descansar, para compartir uno de esos desayunos que te ayudan a recomponer tu cuerpo después de los excesos de una noche un poco loca.
El caso es que ya había decidido ir a ver la película de "Una familia de Tokio" Espiga de Oro en la Seminci de Valladolid y, tras intentar, sin conseguirlo, arrastrar a alguna de mis amigas, me fui sola. Quiero decir que fue la mejor decisión porque así pude llorar a mis anchas, sin pudor y casi de forma infantil. Como cuando abres un grifo y no eres capaz de cerrarlo, así salieron mis lágrimas. El caso es que al día siguiente, si me paso la noche llorando (que alguna vez lo he hecho, para que negarlo) mis ojos están hinchados y se me nota mucho.
En mi opinión y a priori, la película tiene un metraje excesivamente largo: 144 minutos y eso me echaba un poco para atrás. Y ¿si resulta que es un rollo y me tengo que quedar hasta el final? Soy de esas personas a las que salir de un sitio antes de haber acabado la exposición, la presentación, la conferencia o, en este caso, la película... me cuesta un poco, más que nada por respeto hacia quien está haciendo su trabajo.
Así que allá fui, tras pagar 8,60 € y cruzando los dedos para que todo saliera como yo quería y esperaba y no arrepentirme del excesivo precio. Hay dinero que merece la pena pagar y el domingo fue uno de esos días en los que estuvo bien empleado.
Cuando salí, después de la perreta del año, pensé en escribir sobre tres cosas, tres reflexiones que se me ocurrieron a la luz del argumento:
1.- la importancia del papel de la actriz principal que hace de madre;
2.- lo asquerosamente egoístas, hasta el ridículo infinito, que somos los hijos;
3.- lo tremendamente generosos que, por lo general, son los padres.
La historia que cuenta es muy sencilla. Un matrimonio mayor viaja a Tokio para visitar a sus hijos, nada raro. Una vez allí se producen los típicos desencuentros entre padres e hijos, falta de entendimiento que no de amor. En principio el viaje es para unos pocos días, una vez hayan visto la situación de los chicos y acudido a dar un pésame, volverán a su pueblo donde les espera su perro en una isla pequeña. El tema es que parece que la madre viaja con otra intención. Tomiko que incluso ha enviado su kimono por correo tiene una misión.
Toda la acción gira en torno a la actriz protagonista a pesar de que es una película coral. Los papeles del yerno, que se sale y de las nueras, la casada y la novia del hijo pequeño, de los vecinos, la niña que se encarga del perro mientras ellos están fuera, incluso el perro son muy importantes a la hora de que se vayan dibujando las relaciones dentro de la familia. Pero toda la acción gira entorno a ella y a su papel como madre. Ella es la voz de su esposo en su relación con los hijos. Ella es la que siempre media. La que siempre intenta ver el lado positivo de las cosas, incluso cuando están en el hotel admirando una noria y las luces de la ciudad por el enorme ventanal. Su cara de delicadeza infinita llena la pantalla. Ella es la que disculpa, perdona, enmienda. Ella es la sonrisa, frente al gesto de su esposo. Ella es la elegancia con su kimono por las calles de Tokio. Ella es el silencio detrás de él. Ella es la que se preocupa de saber cuál es el futuro de su hijo pequeño. Ella es la que una vez que sabe que su pequeño está a salvo puede descansar. Toda la peli pivota entorno a ella. Su relación con su esposo, con sus hijos, con la pequeña Suki (o Suri) (vaya con los nombres orientales)
Luego los planos tan bien traídos, cuando los actores desaparecen de la escena y sólo quedan los objetos, cuando se hace el silencio, las habitaciones, la noria, el mar... Pero la vida no se para y Tomiko sigue empeñada en solucionar lo que la ha llevado a Tokio.
La película reivindica el concepto tradicional de la familia y la tranquilidad, frente al agobio y las prisas de Tokio. Temas absolutamente universales y permanentemente actuales: el conflicto padres e hijos, la falta de comunicación, la aceptación y el respeto al otro, la reconciliación, la soledad después de una pérdida, el duelo.
El padre, el profesor, también está espléndido. En un momento confiesa a su amigo que no tiene ningún motivo para sentirse orgulloso porque no ha sido capaz de sembrar en sus hijos el amor por su pueblo y todos ellos se han ido y su pueblo se muere o cuando al final se planta y les dice que no se hable más, imponiendo su criterio y autoridad de padre. Pero lo mejor es cuando habla con su futura nuera, Noriko,  y la niña tan contenida hasta ese momento, se derrumba. Al final el hombre le confiesa haber reconocido en su hijo a su esposa (buff, ya estoy llorando otra vez) y resulta que lo que él creía que hacía débil al hijo, le hace grande. Ve en el chaval el reflejo de su madre y sabe que no lo han hecho tan mal. La madre habla por boca del profesor.
Entonces la película se acaba. Cuando todos ellos se han quitado la careta y la vida vuelve a su cauce, si es posible que vuelva.
Hace unos años, frente a la enfermedad de una persona joven y cercana, me plantee cosas. Si me dijeran hoy que me quedaba un año de vida, una de las cosas que haría inaplazables sería viajar a Japón (en aquella lista había algún que otro destino más, alguna llamada de reconciliación o de intento de ella y alguna otra cosa que tengo pendiente) Desde el domingo sé, que con un año de vida o media vida por delante, entre las cosas que tengo que hacer, sí o sí, es viajar a Japón e intentar comprender esa cultura tan distinta a la nuestra, tan misteriosa, tan bonita.
Os recomiendo que veáis la película.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Flores, lluvia, vida



Flor del avellano.
¿Has visto las flores de los avellanos? Nunca me había fijado en ellas. Siempre han estado ahí, pues ésta es tierra de avellanos y en mi pueblo hay muchos. Durante el mes de setiembre podemos recogerlas desperdigadas por los caminos. Arrojadas por las ramas generosas que probablemente hartas de tanto equipaje se deciden a soltarlo. En mi pueblo hay mucho de todo, menos riqueza. Las aldeas asturianas, en general, las de montaña en particular, son pobres de solemnidad porque las tierras son muy cuestas y porque si nos descuidamos no hay un paisano o paisana que tenga más de 50 metros cuadrados de finca sin tener un problema de lindes con los vecinos, vecinos que casi siempre son parientes. Me refiero a que aquí predomina el minifundio en su expresión más estricta, pero avellanos hay muchos, muchísimos, son pequeñajos y la mayor parte de las veces son monteses. Las avellanas no son redondas, sino con forma de aceituna, sólo que diminutas. Pero son muy sabrosas, saben a avellana de verdad. Así que el otro día, mirando, echando tiempo en mirar, descubrí que las flores de los avellanos tienen "la flor menos flor" tan poca flor que pasa desapercibida y me encanto. Las flores de los manzanos, sin embargo, son bonitas. Tampoco son flores rotundas, ni olorosas, ni de un color exagerado. Son flores delicadas en forma, olor y color. También son flores muy asturianas. Ay, que sería de nosotros sin la sidra, sin los llagares, sin las manzanas. No conozco nada que una más que unos culinos de sidra, casi siempre entre amigos, para celebrar algo, lo que sea. El caso es siempre tener algo que celebrar, aunque sea que un día más sale el sol.
Aquí ha dejado de llover cinco minutos para volver a empezar. Hace muchísimo frío y es extraño porque tenemos 7 grados, lo que pasa es que como hay tantísima humedad tenemos el frío metido en el cuerpo. Ahora llueve con rabia. Cada vez son más frecuentes las tormentas. Esa lluvia que cae insolente haciendo daño a la tierra.  Antes llovía con placidez, orbayaba. Esa lluvia fina que no hiere la tierra, pero la empapa y la llena de vida. Esa lluvia que te deja salir sin paraguas, pero que te  convierte en una sopa, porque es como la gota que acaba haciendo un agujero en la roca, persistente, constante. 
Recuerdo todas las tardes grises del colegio, mirando por la ventana, pensando en las musarañas, orbayando, orbayando, todas las tardes, todos los días, tantos años. Entonces no teníamos prisa por dilatar el tiempo, porque el tiempo nunca pasaba y nosotros  no crecíamos. Ahora es otra cosa. Estudié la EGB en un colegio de monjas (porque SI, yo fui a la EGB). En un edificio gris que es el recuerdo que tengo de mi primer día de cole. Allí recibí la mayor parte de la información que necesite para la vida. Siempre he sido muy Fiona y muy poco Barbie y, ya sabes, las niñas en el cole suelen ser muy crueles. Pero tuve la suerte de beberme todo lo que me dieron las monjas que fue mucho, lo que me dieron mis padres que fue más y la suerte de no ser de las más tontas del colegio lo que me permitió sufrir lo justo y tener fantásticas amigas de aquella época. Desarrollé un poco de talento y mucho de amor propio y sólo me afectaba lo justo lo que decían de mi. Hoy siempre le digo a mi madre que ojalá la gente sólo me pueda criticar por mi peso. Sólo espero que digan que soy buena persona.
Luego hice el BUP y el COU en un instituto de barrio, barrio. El mismo barrio dónde vivo ahora, sólo que ahora no es lo que era ni su sombra. Todos los yonquis que nos aterrorizaban en los 80 se han muerto. Se perdió mucha juventud en esos años fantásticos de la transición, nunca lo había visto así, pero es cierto. Fue la época de la libertad para todos menos para ellos. Fue una lacra.
Te podía pasar de todo yendo a aquel instituto, pero una vez dentro, reinaba una atmósfera de estudio y de compañerismo. Tuve profesores fantásticos. La mayor parte de ellos eran un poco hippies, algunos todavía hoy en una sesentena estupenda visten chaqueta de pana. Claro eran los 80. Fumaban como carreteros, pasar por delante de la sala de profesores podía suponer una intoxicación. Eran otros tiempos. Nos dejaban expresarnos con libertad y fomentaban que fuéramos nosotros mismos. Me tocaron las huelgas de estudiantes del 88, mientras me preparaba para ir a la Universidad, siendo representante de los alumnos. Ya ves, no es lo mío pasar desapercibida. Seguí bebiendo de las fuentes del saber y nada, yo en mi historia. También tengo amigos muy buenos de esa época, los mejores sin duda.
Y entonces llego la Facultad. Me equivoqué de carrera, habría podido estudiar lo que quisiera, la verdad... Los niños del baby boom, o sea, mi generación, ocuparon las aulas de la Facultad de Derecho como buitres. Había más de 600 alumnos en aquel curso de Derecho. Tuve un profesor de Griego fantástico que se llamaba, bueno se llama porque es muy joven, Antonio, siempre dijo que lo mío era la Filología. De hecho, el soñaba con que hiciera Clásicas y yo soñaba con dedicarme a la enseñanza, pero de aquella no me pareció práctico. PRACTICO, si no sé lo que significa esa palabra, ni nunca lo he sabido. Yo que no soy práctica ni a la hora de comprarme ropa, ni de ir al super. Cero de pragmatismo en mi vida... bueno lo dicho me equivoqué de carrera, pero no me arrepiento, no suelo arrepentirme de lo que hago, a veces, si de lo que dejo de hacer, porque "la fortuna es de los audaces" y la audacia no es una de mis virtudes, pero bueno...
Ya ves cuántas ganas de hablar. ¡Qué fácil es contar y que te escuchen! Es difícil aburrirse conmigo, soy como un manantial de agua, fuente, que corre y corre. Una vez que me pongo en marcha ya no puedo parar y así en todo lo que toco, capaz de volverme loca y volver locos a los míos cuando entro en bucle,
De todas maneras, te diré que hace tiempo enterré en un baúl parte de la sinceridad que predique durante años, cuando vi que este mundo no es de los sinceros, sino de los falsos y que se consiguen más cosas con la diplomacia, que con la verdad pura y dura. Y disfracé parte de mi, parte que estoy descubriendo ahora con la serenidad, con la paz, con la tranquilidad que da la edad. No es bueno ser sensible en este mundo que vivimos o, por lo menos, no es bueno que se note.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

"Vivir en los cafés" de Ovidio Parades

Hay muchas cosas en la vida que producen placer: una taza de café, una buena conversación, encontrarte en el camino con alguien inteligente que se presta a caminar un rato junto a ti, el abrazo de la persona amada y también, leer El Extraño Viaje. Leer a Ovidio Parades en su blog es un regalo. Leer a Ovidio es un regalo que, a veces, recibimos a diario por la mañana, casi siempre muy temprano, y otras veces se produce en forma de libro, casi siempre en octubre. Así, con el libro en la mano, uno se puede regalar incluso más de una vez en el día. Puedes abrir el libro y recrearte en sus textos una y otra vez. Leer su historia que es la mía, que es la nuestra. Puedes abrir el libro y leer uno de sus textos, cualquiera, elegido al azar, y leerlo sentada en un café; sentada en un banco del Campo San Francisco, nuestro parque; leerlo en un aula de cualquiera de las facultades de nuestra Universidad o leerlo viajando, en avión o en tren, a cualquiera de los destinos que, en un momento dado y por boca del autor, se nos proponen, se nos presentan como apetecibles, deseables.
Llevo días, meses ya, pensando que escribir de "Vivir en los cafés", su último libro. Cualquier cosa que escriba será pobre, porque yo no soy escritora. Soy lectora, pero precisamente mi cualidad de lectora le da un plus a mi opinión: la del lector (valga la redundancia), la del que espera la publicación de la obra como agua de mayo, la que desea tener en sus manos ese producto que me llenará de magia y que dejará de ser producto para convertirse en objeto amado. Mi opinión probablemente no sabrá expresar toda la intensidad que en la lectura de este autor experimentamos sus lectores. Para mi Ovidio es adictivo, en el sentido positivo de la palabra, si es que lo hubiera. A mi Ovidio me emociona y rara vez me deja sin palabras, despierta algo, sobre todo, despierta las ganas de compartir cosas, vivencias. Pero, como yo, existe una legión de lectores que le leen y comentan sus textos en las distintas redes sociales. Muchos nos encontramos todos los días, ya nos conocemos. Ha creado un grupo de opinión en el que treinta o cuarenta personas (son muchas más sin duda) de distinta procedencia y nivel socio cultural nos damos cita en torno a su palabra, en torno a su persona. Yo creo que no deja a nadie indiferente, incluso a aquellos que no suscriben a pie juntillas sus escritos o sus opiniones. Tiene la capacidad de remover conciencias, de movilizar sentimientos, de sublevar afectos...
Volvamos a "Vivir en los Cafés" que es de lo que se trata. Si tuviera que recomendarlo  podría decir que es un libro que habla de amor, pero no es una novela de amor. O decir que es un libro que habla de ciudades, pero no es un libro de viajes. Si digo que los temas principales son el teatro, el cine, la literatura, la cultura en general tampoco mentiría. Las referencias a actrices y actores, películas y obras de teatro, novelas y autores, canciones y cantantes, música en general son incontables. Destacar a la familia como otro de los grandes pilares sobre los que se sustenta el libro, también.
De todo este mosaico cuyas teselas principales son  amor, familia, ciudades, cultura, ninguno de los temas prevalece por encima del otro. Si acaso ocupa un lugar principal el amor. El amor con mayúsculas: el amor por su pareja, el amor por su madre, el amor por su hermana, el amor por todas esas actrices a las que admira, el amor por las mujeres en general en las que encuentra tanta complicidad, el amor por la cultura en todas sus formas de expresión.
Yo tuve un profesor que decía que el Latín era importante porque todo lo que nos rodeaba era Latín, que ROMA es AMOR al revés y que, como recordaba Carmen el otro día, paraba sus clases  para que disfrutaramos el amanecer. Grande Fortunato, que enseñará Latín a las estrellas.  En "Vivir el los cafés" todo es amor, amor y cultura. Porque, en realidad, todo los que nos rodea es AMOR y CULTURA, y hay que reinvindicarlos a ambos. Y en este momento de crisis emocional, existencial y económica, lo más importante es reivindicar la cultura como una forma más de amor, en este caso la del artista que entrega amorosamente su obra a sus lectores.
Ovidio es un excelente contador de historias, las reales, las que conoce, las que ha vivido. Es un mago de la palabra, tejedor de sueños y creador de vidas imaginarias o inventadas, de vidas de película.
Es también cronista de una época, la que vivimos, la actual, inmersa en este trance, túnel oscuro, en el que tanto tiempo llevamos esperando que vuelva la la luz (la luz volverá como el verano, porque el verano siempre vuelve). Es portavoz de una generación, la mía, la de mis amigos, la de mi hermano, la de los que como yo fuimos niños en los setenta, que jugamos en la calle, o no; que tuvimos una Nancy, o no; que visitábamos a los abuelos en el pueblo, o no; que veraneábamos en el Mediterráneo, o no. Todos nosotros creíamos  que la vida podía ser maravillosa y que nuestras vidas serían más fáciles que las de generaciones precedentes. A veces, sus textos se llenan de melancolía y de un halo de amargura, en esos momentos se viene arriba. Pero ojo, sus textos llegan a todo el mundo, no sólo a sus contemporáneos. Son momentos universales por los que todos hemos pasado o vamos a hacerlo. Amor, desamor, traiciones, la emoción del primer beso, las primeras veces de tantas cosas, el encuentro con la persona definitiva con la que compartir tu vida, la enfermedad. Ovidio le da excelencia a lo cotidiano.
Creo que Ovidio guarda en su pluma muchos éxitos por venir, muchos descubrimientos de personajes fantásticos, muchos premios. Ovidio, tenemos que seguir esperando  pero, de momento, vamos a disfrutar de ésta tu última obra y del resto de tu producción.
Así que, si no sabéis que regalar esta Navidad, o si sois de los que como yo gustáis de regalar momentos de placer en forma de lectura, animaros a comprar algo de Ovidio Parades,  no os arrepentiréis.