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miércoles, 26 de marzo de 2014

De albañiles, trabajadores de la Seat y guardias civiles.

La niña que se esconde debajo de la mujer que escribe estas letras tiene dos recuerdos claros de la época en que este país, que le ha tocado en suerte, empezó a vivir en color dejando atrás casi cuatro décadas de blanco y negro, de heridas abiertas con cicatrices permanentes, de memoria que no de desmemoria. Uno es muy claro, a pesar del tiempo transcurrido. Ella tiene 5 años, su madre está lavándole el pelo en el bañal de la cocina, mientras en la televisión ponen el entierro con honores de alguien a quien todos acompañan de riguroso negro y rodeado de militares. Ella no sabía entonces que aquellos hombres llenos de medallas eran militares. La claridad con la que recuerda esta escena le resulta rara porque en casa de sus padres no hubo tele en la cocina hasta finales de los 80 o quizás principios de los 90. Piensa, no está muy segura, que quizás su padre habría llevado el ingente aparato que tenían desde la salita para ver las noticias el calor de la cocina de carbón. Recuerda el silencio y los rostros tan serios, la sombra y la niebla. Otro es unos años después, ella tiene diez, le quedan unos días para hacer once, está en casa de su amiga Maite, van a 5º curso. Hay otro hombre de negro en televisión. Esta vez si sabe quién es. El Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, anuncia su dimisión. No tiene muy claro qué significado tiene esa dimisión para ella y para los suyos, pero conoce lo que implica, el Presidente se va. Casi un mes después, el 23F, unos guardias civiles como el padre de su otra amiga, Elena, entran en el Congreso tirando tiros. Nunca olvidará aquellas imágenes en las que un viejecito en actitud de descarada valentía, Gutiérrez Mellado se llamaba, junto al ya dimitido Presidente plantan cara a los golpistas que tomaron el Congreso con la única finalidad de poner fin a nuestra recién estrenada y todavía en pañales Democracia. Como tampoco olvidará a su maestra de 5º, sentada encima de un pupitre, tratando de calmar a un montón de niñas que no sabían que pasaba, pero que adivinaban que podía ser algo grave. No sabe que les dijo aquella monja, Sor Pilar Cerezal, que era de Alcañices, un pueblo muy pequeño de la provincia de Zamora y que conserva hoy todavía el talante innegable y parte de la rebeldía que la caracterizaba, pero recuerda que les transmitió tranquilidad y las mandó para casa, siguiendo las instrucciones que venían de arriba. Aquella tarde la pasaron viendo en casa de su vecina Regina una película de Danny Kaye.
La niña que no se decide a abandonar a esta mujer tenía dos amigas en el colegio en aquel tiempo: Elena Bermúdez y Maite Benavides. La primera era una niña rizosa con gafas de montura plateada cuyo padre era guardia civil. Vivían en la casa cuartel que había en Pumarín. Un cuartel dónde los hijos de los guardias jugaban todos, junto al resto de niños del barrio, en el patio interior. Las casas tenía techos altos y puertas de madera que estaban pintadas en blanco. Todas blancas menos la de la entrada que era verde, verde como los uniformes de los padres y también de madera que sólo se cerraba por las noches. Elena se fue. Al padre le trasladaron, ascendería o volvería a su tierra. La niña se quedo sola. Elena fue la primera mejor amiga que tuvo. Nunca la ha vuelto a ver. Maite Benavides era hija de un trabajador de Seat y era catalana, tenía un hermano pequeño que se llamaba Darío. Ella nunca había oído aquel nombre y le parecía muy exótico y sonoro. Darío era un año más pequeño que su hermano e iban al mismo colegio. Las amigas iban y venían juntas a clase, estaban en la misma y fue su segunda mejor amiga. Tenía unas Paredes con cuña que le parecían una pasada. En el 81 se pasaron todo el curso, todo el curso, haciendo un mantel de cuadros blancos y amarillos a punto de cruz para el día de la Madre. Maite tampoco estuvo mucho tiempo en su vida. Se fue a Valladolid, trasladaron a su padre. Se vieron una vez allí, pero ya no fue lo mismo.
Que Elena fuera hija de un guardia no era un problema y que Maite fuera catalana tampoco. Parecía algo normal en aquella España plural y tolerante que se dibujaba al menos para ellas y para los que en aquellos momentos eran unos chiquillos. Aquellos niños tuvieron la suerte de nacer cuando la etapa de noche y oscuridad daba sus últimos coletazos y no han conocido otra cosa que la Democracia.
El otro día, la mujer que es ahora, leyó un artículo de Lorenzo Silva en el que se comparaba a Adolfo Suárez con un albañil. Estos días ha escuchado esas palabras dichas por él mismo. Suárez no eligió a un piloto o un arquitecto, profesiones más prestigiosas, pero no por ello más dignas. Suárez se comparo con un albañil que usando los ladrillos y las tejas viejos que tenía iba a construir un nuevo edificio a partir del antiguo. Un nuevo edificio que se sustentaría en reconciliación e incorporación de savia nueva. Y ese fue su éxito más grande, reinventarse y reinventar una clase política en la que cupieron todos. Fue un hombre valiente, osado, que no tuvo miedo de dar un paso al frente y abanderar a base de consenso y entendimiento, diálogo y libertad aquel batiburrillo que podía haber ido por otro cauce, pero fue por éste. Y fueron tiempos duros, tiempos para la reforma política, para la gestación y el nacimiento de una Constitución, para la creación de los partidos y los sindicatos, para los derechos y las libertades, para dejar las trincheras y la retaguardia y ponerse a trabajar a la cabeza. Y de aquel trabajo de obreros y albañiles, mineros y carpinteros, maestros y agricultores, policías y guardias civiles nació una España que creía que se podía vivir en libertad, dejando atrás las manidas costumbres cainitas tan propiamente españolas. Y la idea en la que aquellos hombres y mujeres creían se hizo realidad trayendo, a pesar de que algunos malos quisieron dinamitarla, el período de Democracia más largo vivido hasta el momento en esta España nuestra. Trayendo luz donde tanto tiempo había reinado la noche.
El sábado Madrid se lleno de gente reivindicando los derechos que tanto trabajo costó conseguir,  a la mujer que escribe y a su generación no tanto, porque se los dieron hechos y ninguno entiende la vida sin ellos. La lucha propiamente dicha fue mejor de aquello que ya eran adultos cuando ellos niños. Mientras tanto Adolfo Suárez, al que la historia dará su sitio como el hombre de Estado que fue, adalid de la libertad y la unidad, agonizaba en una cama de hospital rodeado de los suyos, los que permanecieron fieles junto a él hasta el final, su familia. Ella cree que este hombre habrá muerto en paz, al menos consigo mismo. En el fondo se alegra que la niebla del olvido le haya envuelto para no ver en lo que se ha convertido España, fragmentada y dividida. ¿Dónde está el albañil que venga ahora a restañar las heridas de esta España convulsa y fracturada? ¿Dónde están los políticos honrados que saquen a este país de este foso?
Hoy ha visto en la televisión un nuevo entierro 39 años después. Hoy si sabe a quién entierran y qué se lleva con él.

jueves, 20 de marzo de 2014

Contador de historias. Acerca de "Las reliquias del silencio" de Abraham Agüera.

No conozco de nada a Abraham Agüera. Lo ví por primera vez el día 6 de marzo en el Auditorio y desde ese día apenas he mantenido contacto con él a través de las redes sociales. No le he visto nunca a menos de 10 metros, que serían los que nos separaban aquel día. Nunca hemos tomado café juntos, aunque lo tengamos pendiente (el café digo) Yo había decidido acudir al Auditorio pero, para que engañarnos, no iba a verle a él. Auri me dijo esa misma mañana que Abraham era el yerno de Jorge. Jorge y yo colaboramos, junto a un nutrido grupo de personas en la redacción del Periódico de Quirós. Yo prácticamente acabo de llegar y voy un poco a rebufo de los veteranos. Trabajar con esta gente que lleva casi treinta años en la lucha de sacar adelante un periódico local, muy local, sin apoyos de ningún tipo más que el aliento de la gente que nos apoya, el trabajo, la ilusión y muchas ganas, es muy gratificante, no sólo porque me permite escribir y verlo publicado, sino por el mismo hecho de trabajar junto a esta gente fantástica. Lo que quiero decir es que al que conozco es al suegro de Abraham, pero no tenía ni idea de que su yerno escribiera.
También quiero añadir otra cosa. Hace tiempo que decidí que lo que no me gusta no merece mi esfuerzo, ni mi tiempo. No voy a escribir sobre algo que no me haya gustado porque no soy crítica, nadie me paga por ello y no quiero interferir en la opinión de nadie. Lo que no me vale, se cae por su propio peso. Eso no quiere decir que no valga para otros, por lo que no seré yo quien me inmiscuya en su decisión de leerlo, verlo o visitarlo. Mi opinión sólo es eso, una opinión. Ahora bien si con ella puedo ayudar a promocionar algo o a alguien entonces si opinaré. Opinaré, escribiré y lo publicitaré por mis propios medios si es preciso, pero siempre en positivo. Si la novela de Abraham no me hubiera gustado, por muy yerno de Jorge que fuera, no estaría escribiendo esto.
Y esto de hoy es una ofrenda, una ofrenda de humilde lectora a aprendiz de contador de historias. Aprendiz que pronto será maestro porque cualidades y ganas no le faltan y las tablas irán poco a poco llegando.
"Las reliquias del silencio" es una novela consistente. Tiene peso y fuerza para ser la primera novela de un autor novel. Esto, que sea una primera obra, es un hecho innegable que no hay que olvidar a la hora de leerla y analizarla. La novela es emocionante y mantiene la tensión hasta el final. Toca muchos temas, no sólo los estrictamente de actualidad: la guerra civil y el entramado de contactos políticos y sociales que rodeaban al poder durante la misma y durante la posterior Dictadura, el nacionalismo vasco, la relación del franquismo con el nazismo, los niños robados, las mujeres maltratadas y su protección, los bajos fondos y los asesinos a sueldo, las mafias del Este, las drogas y la prostitución, la estrecha relación de los políticos con los malos, la corrupción y el espionaje militar. Se atreve con todos. No deja ninguno. Yo creo que en este sentido es ambiciosa, muy ambiciosa, diría yo. El autor recrea una parte extensa de la historia de este país pero resuelve. Puede con todo y resuelve bien.
La acción se sustenta sobre dos personajes que son los pilares de la misma: el detective Balagar Fartón cuyo nombre, con reminiscencias tan asturianas, es un guiño a nuestro campo y a las tareas del mismo y que ya en las primeras páginas nos muestra su cara más amable sacándonos, al menos a mi, una sonrisa y Balbina, su secretaria transexual a la que el autor, por exigencias de la trama convierte en una sombra que acompaña a Balagar durante toda la novela y que, sin tener apenas acción, se erige en la coprotagonista. Junto a ellos, la bella Penélope y un  montón de personajes secundarios, pero no por ello menos importantes. Yo me atrevería a decir que del bagaje de algunos de ellos se desprende que podrían originar novelas independientes, sin ir más lejos el sicario Malasangre.
Abraham siembra zonas oscuras en la vida de Balagar, nos vela algunos pasajes, nos oculta información, creo que esto junto al papel de Balbina, obedece a una estrategia que deja abierta la puerta a una posible secuela. Queremos saber más, queremos ver a Balbi en acción defendiendo a su querido jefe en plenitud de facultades, derrochando el desparpajo y la desvergüenza propios de este tipo de personas, mujeres y hombres encerrados en cuerpos equivocados, luchando por encontrar su propia identidad y queremos entender más del carácter de Balagar, de su relación con las mujeres, con el poder establecido y con su familia.  
Aunque hay otros escenarios, la acción principal se desarrolla en Oviedo, en los lugares comunes a todos nosotros, para que queremos más. Pasear por la calle Uría, pelearse con los municipales, ir a visitar a Balbi al HUCA, una huida por General Elorza desde las cuestas del Naranco o perseguir a los malhechores por Pumarín y el Milán. A partir de hoy, cada vez que vaya al parking del Mercadona situado en la antigua estación de autobuses pensaré en ellos, una de las escenas de más acción se desarrolla allí. Cuando aparque mi coche, me imaginaré en medio de un fuego cruzado.
A mi el Balagar que más me gusta, para que ocultarlo, es el poeta que habla de sus sentimientos frente a una copa en un pub, el que acaricia la frente de Balbina postrada en una cama del hospital, el enamorado que se entrega con pasión, este Balagar creo que es el que recibe la influencia más directa del autor, porque Abraham también escribe poesía y muy buena, me atrevería a decir. La historia de amor no falla nunca, tampoco en la novela negra. Sin embargo, hay alguna faceta de Balagar que cuando menos me sorprende, por eso creo que sicológicamente este personaje tiene muchos aspectos todavía por explorar.
Para escribir hay que querer, hay que saber, pero sobre todo, hay que creer. Hay que tener una historia y creer en ella. Hay que saber que lo que tienes entre manos o en tu cabeza dando vueltas, tiene categoría para ser contado y hay que ponerse a trabajar con constancia y valor, mucho valor.
Abraham tenía una historia y un personaje, Balagar Fartón y la puso en marcha. El resultado es esta novela que el autor pone a nuestra disposición en una cuidada edición, con un formato diferente y muy bonita de leer. La aventura es recomendable, muy recomendable, divertida y apasionante. Una historia coherente, llena de personajes que aportan su granito al engranaje de la misma. Creo que Abraham despierta en el lector la curiosidad y las ganas de seguir leyendo.
Para escribir hay que sentir el apoyo de los tuyos que te animan a seguir incluso cuando te asalten las dudas. Hay que dejar fluir la historia y que crezca, que junto a ella crezcan los personajes y adquieran entidad propia. Los sueños hay que perseguirlos, corriendo tras ellos si hace falta. Todo es cuestión de aptitud y de actitud y en Abraham Agüera van las dos de la mano.






martes, 18 de marzo de 2014

Sólo los muertos son inocentes.


Hoy es jueves, qué largas se hacen las semanas cuando en el aire ya está la promesa de la primavera. Qué ganas de quitarme las medias y dejar las botas en el armario hasta el año que viene, aunque aquí ya se sabe. Quiero ir a pasear sobre la arena mojada a la orilla del mar, ahora que todavía no hay gente, sólo nosotros los de la ciudad mendigando un rayo de sol y un poco de aire fresco. “Hay que tener cuidado con el sol de marzo que es muy malo” dice mi madre, como primero decía mi abuela. Me encanta este tiempo en el que puedes empezar a desvestirte sin desnudarte del todo. En un par de semanas cambiarán la hora y entonces si habrá primavera. Espero que este año venga pacífica porque anda que no está la gente loca con las alergias. Algo está cambiando en este mundo, antes las estaciones se sucedían sin complejos, plácidamente, sin que hubiera que pagar ningún tipo de tributos.
Hace unos días que Martín ya está en casa. Se empeño en nacer antes de tiempo y nos hemos tirado tres semanas en el hospital esperando que cogiera algo de peso. Qué ganas de tenerlo en brazos. Qué raro y qué cuesta arriba se hace estar en el servicio de Neonatología. Todos esos niños tan pequeños luchando por sobrevivir, peleando ya desde el primer momento por poner en marcha el motor de sus vidas. Algunas historias son auténticos dramas. Nos ha tocado visitarlo en esos horarios tan estrictos ¿cómo les dices a las familias que sólo pueden estar unos minutos con el chiquillo cuando lo que quieren es salir corriendo de allí a cobijarlo en sus casas?
Al final subimos a Dani a conocerlo. “¿Se va a morir mi hermano?” me preguntó con la normal preocupación de un niño de 5 años que en realidad no sabe lo que es la muerte. Bendita inocencia. “No, tonto, ¿cómo se va a morir si acaba de nacer?” le respondí. Yo creo que se quedó tranquilo porque siguió mirando por la ventanilla del coche al tiempo que jugaba con el avión que se había empeñado en llevar para jugar por primera vez con el enano que va a venir a transformar su universo de hijo único.
Me voy a por el coche que llego tarde.
Suena en la radio RNE, es la cadena que escucho habitualmente.  La radio me acompaña siempre y me mantiene informada, bastante informada, a veces, incluso demasiado informada diría. Hoy tengo que hacer balance del mes de febrero y subir a la asesoría. Suenan las horarias de las 8.00, he llegado a tiempo para escucharlas desde mi puesto de trabajo. Empiezan a dar noticias de un atentado en Atocha. Pienso en las monjas de mi colegio, tienen una residencia en la calle General Lacy desde la que ves el muro de esa estación. Hemos estado hace poco, siempre que voy a Madrid me paso por allí aunque sea a saludar. “Bueno, estarán bien” pienso. Nada, dicen que, una vez más, ha sido ETA. Me asomo a la ventana y se lo digo a mis compañeros “Ha habido un atentado en Madrid, dicen que ha sido ETA” A lo largo de la mañana, sobre todo en los primeros momentos, se va sucediendo la información, que como la sangre, unas veces mana a borbotones y otras a cuenta gotas. Ya son cuatro los trenes que han explotado, en distintas estaciones. Trenes que iban en dirección a Atocha, trenes de cercanías, llenos a rebosar de hombres y mujeres trabajadores, estudiantes, gente que iba al centro a hacer algún trámite, que iba a coger un transbordo en dirección a otro punto del país, que iba a una consulta médica, que iba a encontrarse con alguien… Dicen que pretendían que estallasen todos al llegar a la estación y que ésta se convirtiera en una ingente olla a presión en pleno centro de Madrid. Empiezo a tener la misma desazón del 11S. Estoy en el mismo sitio, sólo que aquella vez eran las 15.00 de la tarde. Nos llamaron primero de Pamplona “Qué se acaba de estrellar un avión contra las Torres Gemelas” dijo Graciela, luego llamo mi madre “Qué se ha estrellado otro avión, que lo estamos viendo por la tele” Qué sensación más extraña tengo en la boca del estómago. No tengo Internet, ni forma de ver ninguna imagen, sólo en mi cabeza se suceden como fotogramas de una película de horror las escenas que están describiendo. Hablan de andenes llenos de cadáveres, de gente destrozada, personas anónimas colapsando los hospitales para donar sangre, vecinos llevando mantas para intentar mantener en los cuerpos inertes restos del calor de la vida que se escapa, el personal de emergencias desbordado y de la ausencia de información. Nadie sabe nada. Sólo el terror instalado en las caras y la muerte campando a sus anchas entre el amasijo de hierros en que se han convertido los trenes. Empiezo a llamar por teléfono a Marimar. No hay forma humana de contactar con ella. Tampoco Rafa puede localizar a su hermana. “Dios Mio, cuánta gente de Asturias está trabajando allí” pienso. Hacemos recuento de los nuestros. Nada, hay que esperar. No se pueden usar los teléfonos. Paciencia.
Dan las 13.00. Voy a comer con mi madre. Me voy a la salita, no puedo dejar de mirar en la televisión las primeras imágenes de un recién estrenado campo de batalla. Esto no puede estar pasando aquí. Revivo una y otra vez el 11S. Aquello parecía una película americana, llena de efectos especiales, aviones que derriban edificios, edificios que se desploman llenos de personas, personas atrapadas en aquel infierno que saltan por las ventanas en una huída desesperada hacia la muerte. La cara de la muerte, de la desolación y el miedo mirándonos de frente, desafiándonos. “Bea, que no, que es aquí, es en Madrid, en el Madrid de Sabina, en el de los Austrias, al lado mismo del Congreso de los Diputados, en el nuestro, en el Madrid de todos y está pasando en estaciones de tren, sin efectos especiales, a pie de calle” me digo a mi misma al tiempo que me pellizco para intentar despertar de esta pesadilla.

UNA SEMANA MÁS TARDE

Mientras se formula la teoría llamada de la conspiración y en las tertulias algunos periodistas la defienden con tanta pasión como los que se esfuerzan en desmontarla, el pueblo en las urnas ha castigado la estrategia equivocada y torticera del partido en el poder. “¿Cómo puede alguien creer que nadie ha diseñado esto como un plan para poner fin al gobierno del PP? ¿quién puede escribir un guión cargado de tanta maldad?” Al final han sido casi 200 muertos. Las mentiras y la información sesgada y manipulada han dado la vuelta a las encuestas. El partido socialista ha ganado las elecciones. Han pasado tantas cosas y tan intensas en estos últimos días que tengo la sensación de que ha pasado mucho tiempo.
Nunca nadie pensó que la foto en las Azores llevará aparejada este peaje de víctimas, al menos en esta parte del planeta. Nadie se acuerda ahora de los civiles que se cuentan como daños colaterales en los países cercanos metidos en guerras apoyadas por los nuestros. Esos también suman. ¿Ha sido una foto de unos líderes de pacotilla o ha sido la ambición desmedida de unos líderes de pacotilla sin escrúpulos? Una mezcla de todo aderezado por la locura de unos pocos terroristas.
IFEMA se ha convertido en un inmenso tanatorio y en los andenes de las estaciones, junto a los que se acercan a rendir homenaje a los muertos, junto a las almas de éstos que vagan sin saber muy bien aún que ha ocurrido, junto a los trenes destripados, vagabundean también las almas de los vivos, buscando una respuesta a una pregunta para la que no hay contestación posible: “¿Dónde está dios? ¿dónde está el dios que ha permitido esta matanza? ¿dónde está el dios que para algunos justifica esta masacre?”
Poco a poco los cuerpos se entregan a los vivos que han perdido también su esencia de personas. Ya no serán nunca más los mismos, medirán sus vidas por un antes y un después del 11M. “¿Aprenderán a vivir con la desgracia?” Malvivirán por siempre. Se entierran los cadáveres y junto a ellos, se entierran también los corazones de los suyos.
Se empiezan a conocer las pequeñas y grandes historias individuales y familiares de los fallecidos, historias de pasado, presente y sin futuro. Se van recomponiendo los puzzles de sueños destrozados, los cuerpos desmembrados. Se instala el dolor en la conciencia colectiva y junto a él el miedo. Nadie es capaz de explicar por qué siempre es el pueblo el que padece, por qué se rompe la cadena por el eslabón más débil, por qué los poderosos nunca mueren, “No viajan en tren” apunta alguien, por qué la serpiente mata siempre cuando muerde.
Los hierros han guillotinado nuestras vidas. Han cercenado proyectos e ilusiones, futuro y esperanza. Las bombas han dinamitado nuestra cotidianeidad. El odio ha arrasado con la posibilidad de vivir en paz. Han destruido nuestra sensación de estar a salvo. Han violado nuestra paz y robado a mano armada nuestra libertad. Nuestras defensas están rotas y nuestro corazón desprotegido para siempre.
Se hizo la oscuridad y con ella trajo el caos a reinar en nuestras vidas.

DIEZ AÑOS DESPUES
 
En un suspiro han pasado diez años de aquella mañana gris y lluviosa en Madrid que se torno sombría y negra para todos nosotros. No hay tiempo que pase que cure estas heridas. La memoria del dolor es perdurable y lo hará para siempre. Es bueno perdonar, pero no olvidar si mantener vivo el recuerdo nos ayuda a no cometer idénticos errores.
Hoy el PP vuelve a ser el partido que gobierna. El PSOE le dio el relevo en el falso juego democrático que tenemos, semejante al de todas las Naciones de nuestro entorno. Dos Gobiernos de izquierdas y la peor crisis que se recuerda. España es un erial donde los malos campan a sus anchas protegidos, casi siempre, por su condición de aforados.
Recuerdo aquellos días como el devenir de imágenes dantescas que vimos una y otra vez en televisión. Una fuerza extraña a mí me empujaba a ver una y otra vez aquellos hierros retorcidos, aquellos cuerpos cubiertos de mala manera en los andenes, aquellas caras ensangrentadas de los supervivientes, el llanto y la impotencia. Recuerdo una necesidad urgente de saber, cuando no había nada que decir porque todo era incertidumbre y estábamos rodeados de niebla. Hay muchas cosas de aquellos días que nunca se sabrán con certeza.
No hay justicia para los muertos, como no la hay para los vivos.
También recuerdo que el pueblo hizo gala de madurez y serenidad frente a la inmundicia, frente al terrorismo asesino y frente al terrorismo político que mentía una y otra vez echando balones fuera, negando lo evidente. Si, es cierto, se cargaron la jornada de reflexión, nos la cargamos, pero si no hubiera sido así, hoy estaríamos hablando de la apatía de aquellos días, de la parálisis del miedo.
Y el miedo, recuerdo el miedo. Miedo en las estaciones de tren, en los aviones, en los lugares cerrados, miedo a la gente de rasgos árabes, miedo a las mochilas, fieles compañeras tantas veces.
Y hoy estoy aquí, un marzo más o un marzo menos. Bajo el mismo cielo y en la misma tierra, esperando que llegué la primavera, quitarme las medias y caminar sobre la arena mojada o sobre la hierba empapada en rocío. Sigo creyendo en la bondad del hombre a pesar de todo. Necesito creerlo para poder seguir viviendo. Hemos aprendido a seguir, sobre la marcha, improvisando remedios para las heridas aún abiertas. No me conformo. Un mundo mejor es posible sólo hay que quererlo.
Y ¿los que quedaron para llorar a los suyos, los que sobrevivieron, los que enterraron a sus muertos? Viven cada día aquella mañana, aquellos instantes, aquella incertidumbre, aquel silencio, una y otra vez. No quiero ponerme en su lugar, no puedo.
 

lunes, 10 de marzo de 2014

Maestro y aprendiz: Lorenzo Silva versus Abraham Agüera.

"-¿Y en qué consistía, esa estrategia?- preguntó Chamorro
- En ser como Sunzi dice que es el agua. En no tener forma, para que no puedan darte los golpes. En buscar los resquicios, para hacer inútiles las murallas... de los enemigos. En evitar las alturas, donde el adversario que dispone de mejores arqueros te acribillará a placer. En resumen, en rehuir el enfrentamiento infructuoso y buscar un terreno de batalla donde tus tropas sea mejores que las del general contrario."

Lorenzo Silva ,"La estrategia del agua" Aplíquese (esto lo digo yo) a cualquier aspecto de la vida de un@



Tropecé con Lorenzo Silva sin querer, el azar siempre cómplice fiel en esto de unir autores con lectores y viceversa. Trasteando en Internet, indagando entre las novedades de alguna editorial o revolviendo entre los estantes de una librería grande o pequeña, casi siempre grande (para que negarlo) me topé con “La estrategia del agua” y me hipnotizo. No tenía ni idea que quién era el autor, ni de qué se escondía bajo aquel título. Creo que no había leído nada ni policíaco, ni del género negro. Conocía de lejos a Agatha Christie y a Sherlock Holmes, quizás autora y personaje con más renombre en esta materia por lo menos para los lectores inexpertos. Me lo compré por impulso, como casi siempre, junto a otros títulos más o menos comerciales, recomendados por alguien o no, guiada por lo sugerente de un título o de una portada. Sé que leí que el autor no era muy mayor o no era muy joven (yo nací en el 70) y eso también me parecía acercarme a él. Y también leí que se trataba de una serie y que el primer libro de la misma tenía el Premio Ojo Crítico, un premio “menor” pero muy reconocido y de prestigio que sigo año tras año cuando los va concediendo el programa del mismo nombre de RNE aunque yo en el 98 anduviera en otras cosas.
Leí el libro de un tirón y aparte de los hechos que se narran lo que más me llamo la atención fue que los protagonistas eran una pareja de la guardia civil, Bevilacqua y Chamorro, Rubén y Virginia, un tanto atípica, sobre todo, por el nivel de profundidad con el que reflexionaba el tal Bevilacqua. Estos guardias civiles presentaban algunos rasgos bastante particulares: trabajadores, resolutivos, inteligentes, incansables y además, entre ellos, había una química personal considerable. La pareja se alejaba bastante del prototipo de guardias civiles que la mayoría de los mortales tenemos en mente. Silva dibujaba a una pareja de la guardia civil como nunca se había presentado hasta entonces, sin olvidarse de otros elementos tópicos y típicos del Cuerpo: el guardia bonachón, el novato, el que sigue la tradición familiar, el corrupto, el que sólo piensa en la estricta disciplina. Buf, la guardia civil tan denostada por unos y querida por otros. Silva otorgaba y otorga excelencia a una de los elementos más prosaicos de los caminos y carreteras españolas, junto al Toro de Osborne, la pareja de la guardia civil.
Empecé por aquí y según la acabé me compré todas los anteriores para leerlas de un tirón. El párrafo que abre esta entrada y justifica el título de esa primera lectura fue una de las cosas que me condujo a querer saber más del autor y de esta pareja. He leído también otros textos fuera de la serie: “La flaqueza del bolchevique”, “Noviembre sin violetas” y “Niños feroces” Todos los tengo en papel, ni en formato electrónico, ni descargados ilegalmente. Son míos, comprados unas veces por Internet y otras presencialmente en el mágico mundo que suponen las librerías. Yo soy de las antiguas. Me faltan algunos títulos, pero iré poco a poco haciéndome con ellos.
Gracias a Dios, mi humilde posición, conservo mi puesto de trabajo y cierto poder adquisitivo, me permite destinar parte de mi sueldo a la compra de libros, no tantos como quisiera, pero si bastantes más que la media. Reconozco que a mi lo que me gusta es tener mis libros físicos en papel, mis títulos favoritos, mi pequeña biblioteca. Si alguien me pregunta me defino como lectora sobre todas las cosas. Para mi la lectura es la posibilidad de vivir otras vidas, más emocionantes, más divertidas, más tristes, otras vidas distintas a la mía a fin de cuentas. Cuando el escritor pare un libro lo regala al mundo y digo bien, lo regala porque independientemente de su precio lo pone a disposición de los lectores para que sean ellos los que le den vida. Sin nosotros, los lectores, el trabajo ingente del autor estaría vacío de significado.
Una vez finalizado el libro me produce un placer especial presentarlo a mi padre y a mis amigos. Así Bevilacqua y Chamorro pronto se convirtieron en protagonistas de algunas de nuestras conversaciones. Lorenzo Silva se introdujo en nuestras vidas y a mi me metió en la novela negra y lo hizo con arte y clase, apenas me di cuenta de que me estaba enganchando a un género que en principio no me interesaba para nada.
Cuando por casualidad, gracias a  mi profesor Pedro Fernández, tuve la fortuna de conocer a Chelo Veiga en un Café literario en Tudela Veguín y ella anuncio que efectivamente había confirmado la presencia del padre de la pareja más famosa de guardias civiles de España, no pude menos que ahogar un grito por no ponerme a llorar como una niña en medio de aquellas mujeres lectoras adultas tan serias y responsables. La cita era el 6 de marzo en el Auditorio en forma de Diálogos en Compañía: la novela negra.
Por fin llegó el 6 de marzo y no pude por menos que sentirme entusiasmada y feliz. Feliz porque un maestro como Lorenzo Silva iba a regalarnos su presencia y de paso dar la alternativa a un chaval, novato e inexperto, pero rodeado del cariño y del apoyo de los suyos y además en su ciudad (aunque sea de adopción) Por eso no me extraño nada que en algunos momentos Abraham Agüera (cuya novela “Las reliquias del silencio” ya está en mis manos) se mostrará abrumado y un poco tímido. No me extraño nada la verdad. Así y todo, creo que salió del paso con mucha dignidad y un aplomo que aplaudo. Estar compartiendo mesa con un autor de ese calibre, Premio Planeta (que para mi este premio le sobraba) hace cobarde al más valiente.
Y este encuentro realizado dentro de las actividades de los clubs de lectura de la Biblioteca Sara Suárez Solís (Pumarín, Oviedo) en mi opinión fue un éxito y no sólo de público, atento y participativo, sino también por la clase magistral que nos dio Silva que alternando el ceño fruncido de quién escucha con atención y la sonrisa franca de quien se siente sinceramente querido por el público no dejo ni un solo tema sin tocar, ni una respuesta que dar: el precio de los libros, el IVA de la cultura, los e-book, la lucha de los autores por bajar los precios y poder llegar a más lectores, las descargas ilegales, los derechos de autor. Aprovecho para hacer un retrato de la sociedad y del país, del momento y de la época que nos han tocado vivir. Hablo de los editores dándoles el papel que les corresponde: “Lo puedes hacer solo, pero estás solo” Afirmo que el editor es el principal valedor de la obra un pasito por detrás del autor, interesado por el resultado final del proyecto. Tenemos un producto, un buen producto, pero hagamos que sea el mejor producto. Ahora bien, yo sigo sin entender porque los escritores jóvenes o noveles tienen que autoeditarse si tenemos en cuenta la auténtica bazofia que publican algunas editoriales. Me viene a bote pronto a la memoria una primera novela que acabo de leer de una autora francesa (y no digo más) publicada por una reconocida editorial y amparada por una campaña publicitaria muy importante que, en mi opinión parece que ha sido escrita por una niña de 12 años y mira que hay niñas que escriben bien.
Silva dijo también el jueves que lo importante era la relación íntima y personal que se establece entre autor y lector, que (esto lo añado yo) probablemente nunca van a conocerse  más allá de las páginas que van a compartir. La historia se construye entre dos y es el lector el que la concluye cuando la hace suya.
Y remato porque me lanzó y no acabamos. Cuando empecé a escribir este blog que tantas satisfacciones me está dando hace ya año y pico, en mi primera entrada dije que “como mi buen amigo Bevilacqua me declaraba una optimista contumaz” y hoy quiero reiterarlo y afirmar que no creo que seamos una especie en extinción ni autores, ni lectores, es más cada vez hay más gente dispuesta a compartir y a transmitir lo que escribe, como y de la forma que sea, en las redes sociales, en blogs llenos de poesía y de literatura aunque sea con minúsculas, en estado puro, sin artificios, ni intermediarios. Habrá una revolución en la cultura, España será un erial, pero seguirá existiendo un montón de gente que como yo esté expectante ante cualquier novedad editorial, hambrienta de calidad que no necesariamente cantidad, deseosa de personajes de envergadura como Bevilacqua y Chamorro y de otros nuevos, como Balagar Fartón, llamados a ser grandes y cuya influencia en mi vida está por venir.
Mientras espero que la llegada del verano me traiga un nuevo regalo de la mano de Lorenzo Silva, quiero dar las gracias a los creadores por hacernos partícipes de sus sueños que son los nuestros y gracias a Chelo Veiga y a los que son como ella por mantener viva la ilusión de gente como yo.


"Todos nacemos de un golpe de luz, y todos acabamos engullidos por la niebla que poco a poco nos va helando el corazón."
Lorenzo Silva, "La niebla y la doncella"