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sábado, 11 de junio de 2016

Palabras y caricias.

A ella le gusta leer en la cama y para él lo hace en voz  alta. Lee romances antiguos y cartas de amor, poemas escritos con la torpeza de una niña y pasajes de artículos de prensa, necrológicas y efemérides. Todo lo que le llama la atención o tiene entre manos. Le gusta leer después de amarle al alba, al atardecer o en la noche. Cualquier momento es bueno para acariciar con palabras a este hombre que ha despertado su capacidad de amar y le ha devuelto la vida. Amar y leer.
Amar a un hombre como ha amado a las palabras desde pequeña. Amar con la misma devoción que de niña le inculcaron el amor a la Virgen. Claro que lo que siente es distinto. Esto no es fascinación por las manos delicadas y la mirada limpia de una talla de madera que en la penumbra de la capilla del colegio parecía que sonreía. Ahora es un amor real y adulto, ávido de sensaciones y con la urgencia de recuperar tiempo. Lo que estaba esperando y al fin tiene. Y ha esperado tanto... Tiempo de desengaños y decepciones, de intentos fallidos y trenes perdidos por ser cobarde. Porque ella es cobarde. Cobarde  y tímida y su actitud es parapetarse tras una roca de fingida seguridad, no dando pie, ni pábulo, ni dejando acercarse más allá de la línea roja que ella misma dibuja. "Te permito llegar hasta aquí, más adentro no quiero a nadie". Sin embargo, cuando alguien consigue tocarle el corazón cae desarmada, se rinde muy rápido, demasiado rápido para su gusto. Y el enamoramiento, pocas veces real y muchas imaginario, le dura mucho. Y en eso está. El hombre que sonríe con la mirada, de manos grandes y  aspecto cansado, decepcionado con el mundo, le ha tocado el corazón y ella se ha rendido.
A él le gusta escucharla. Ella lee, modula su voz adaptándola al texto que tiene entre manos. Su voz aguda se vuelve solemne y grave, o melodiosa y cantarina dependiendo de lo que sea necesario. Él siente la caricia de las palabras, unas veces brisa y otras tempestad, otras susurro y algunas gemido. Esta mujer que ha aparecido para hacer temblar los cimientos de su vida le vuelve loco. No es bruja, ni hechicera, ni siquiera usa armas de mujer, es simplemente mujer, sencilla y complicada, madre y tierra, fuerte y débil. Es a quien estaba esperando sin saberlo. Una mujer normal que hace promesas que cumple, que tiene sueños y trabaja por construirlos y que cree en él, en su capacidad e integridad, en su poder para cambiar el mundo. Ella le ha devuelto la confianza cuando las fuerzas empezaban a fallarle y todo en su mundo se transformaba en hostilidad.
Y se aman y tras amarse, mientras ella lee, el escribe utilizando la piel blanca que ella ofrece como pergamino virgen e infinito. Sus manos recorren una y otra vez los montes y montañas, los valles y llanuras, los muslos y el vientre que ella ofrece. Sus dedos dibujan pentagramas sobre los que escribir composiciones inéditas, pintan los paisajes que nunca han visitado pero que ella le ha descrito, trazan constelaciones estelares uniendo los lunares de su espalda, hacen garabatos infantiles. Acarician ansiosas e insaciables. El, acunado  por el sonido amable de las palabras de ella, escribe incansable y su caligrafía es fuente de emociones que tatúa en su cuerpo con la tinta invisible del deseo y la pasión  traducida a caricias con la que graba a fuego este tiempo compartido que les une para siempre.
Mudan de oficio. Ella se consagra a la lectura y él se dedica a escribir. Ella desde su soledad y el desde su compromiso ajeno a ambos convierten el lecho que comparten para quererse como si no hubiera mañana, leer como si el tiempo fuera de ellos y escribir uno en la piel del otro finales felices a su historia de amor en el espacio único que necesitan porque juntos son completos.

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