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sábado, 3 de septiembre de 2016

Quica

Quica con Eloy el pasado junio (foto de Charles Ragsdale)
Se ha muerto Quica. Francisca García García fallecía la pasada tarde del 31 de agosto a la edad de 106 años. No habrá celebración del 107 cumpleaños el próximo noviembre en la residencia del ERA donde vivía desde hacía mucho tiempo. Una fiesta, la de su cumpleaños, que se había convertido en la celebración de todos desde que superará el centenario. Quica había conseguido ser la niña mimada del centro y no sólo por su edad, sino por su forma de ser. Todos la querían.
Con ella se va no sólo una parte de la memoria viva del concejo, sino también una mujer animosa capaz de convertirse en actriz en el año 2012 para la realización del video “Celtas Cortos en mi pueblo” con el que el concejo se ganó un concierto del mencionado grupo y ella se convirtió en abuela de todos nosotros sin serlo realmente de ninguno. Ella que en el último mes de junio, pudo participar, con el consenso y la ayuda de su familia en el proyecto “Generaciones” y hacer una sesión de fotos junto a su descendiente más joven que de la mano del fotógrafo estadounidense, Charles Ragsdale. Un trabajo que tomará forma de exposición en un futuro cercano. "Está muy apagadina" me decía su sobrina Aurora cuando contactamos para ver si Quica estaba en condiciones de participar en este guapo proyecto fotográfico. "Oye muy mal y eso es un inconveniente muy grande", pero Quica participó y le sacaron unas fotos tan bonitas como la que ilustra esta entrada de blog. Pasado vivo, el de la anciana Quica y futuro el del pequeño que la acompaña. Cansancio frente ilusión. Vidas que acaban frente a las que empiezan.
Quica se hizo famosa en el tramo final de su vida, pero hasta ese momento había llevado una vida dura y trabajosa, con claroscuros, como la de la mayoría de las mujeres en su época.  Una vida fruto de la sociedad patriarcal en la que la parieron y contra la que la mujer, el eslabón más débil, poco o nada podía hacer. La vida no regala nada a las mujeres, pero a algunas aún menos de nada. Hija de tía Apolonia y tío Pepe Félix, miembro de una familia de siete hermanos, cinco mujeres y dos hombres, y natural del pueblo de Salcedo, donde se casó ya mayor con un viudo que aportó al matrimonio una familia también numerosa. Cuando es ella la que enviuda, vuelve a la casa familiar. Trabajó como modista y en el tanatorio Luisa recordaba con cariño como Quica contaba que iba de Salcedo a Muriellos por el camino con la máquina de coser en la cabeza. Una máquina que ella había conseguido hacer portátil en un tiempo donde los caminos eran caminos de piedras y barro y había que ir a trabajar, en este caso, a coser a donde lo demandasen. Quica era sastra. Confeccionaba chaquetas de pana, chalecos como los que llevaba mi abuelo y los tíos de mi padre, los recuerdo como si fuera hoy mismo, pantalones. Aprendió con Lesmes un sastre, también de Salcedo que luego vivió en Oviedo. Mi abuela también aprendió con un sastre, probablemente el mismo. Mi tía Domitila, sin embargo, aprendió con Zulima la de Rano, pero ellas eran modistas. Eran tiempos duros en los que te llenabas de hijos, propios o ajenos como en este caso, y además tenías que ayudar como podías a la economía familiar. Un tiempo donde saber coser tenía un valor añadido y no sólo para remendar calcetos y ropa de trabajo. Coser te daba en muchos casos la llave para salir de la miseria. Una miseria que no era tal como la conocemos ahora, pero que suponía muchas estrecheces y necesidades. Familias grandes y recursos escasos una combinación del tiempo aquel que se repetía muchas veces.
Muchas son las anécdotas de una vida larga, seguramente cada uno de sus vecinos tiene una. Yo voy a contar la mía. Conocí de casualidad a Quica, aunque toda la vida había conocido a sus hermanos Belisario y Elsita, de la que por cierto mi tía Domitila decía que aprendía muy bien en la escuela. Elsita y Silvestre vivían en una casa en la Pandiella, camino de la Villa y había que pasar por delante para ir a visitar a dos de las hermanas de mi padre. Elsita era una mujer agradable, habladora, con unos ojos muy vivos (parece que la estoy viendo). Pero vayamos a Quica. Aquel día de verano puede ser del fin de milenio (yo tenía un Ford Fiesta Rojo que fue mi primer coche) estábamos en el consultorio de Barzana para ir a visitar a Dña Julia como llamaba mi tía Maruja a su médica de familia. Julia que siempre fue muy atenta llevaba tiempo proponiéndole a mi tía que fuera a un centro de día para que le controlarán la alimentación pues era diabética y había tenido un accidente cerebral. Julia creía que yo podría convencerla (craso error porque mi tía Maruja era más necia que un gochu, como dicen por aquí) Estabámos pues esperando en la sala de espera cuando llegó una mujer menuda y pequeña muy acelerada, como un ciscandín, a buscar la cartilla de la seguridad social, que según ella había olvidado allí. Era Quica. Me llamo la atención lo espabilada que andaba a sus, por aquel entonces, noventa o noventa y un años. En aquel momento me pareció una mujer entrañable. Los años y el cambio de mi vinculación con el concejo hizo que Quica pasara a formar parte de los personajes inolvidables de una historia, la mía con mi tierra. Cada año desde su centenario todos cumplíamos un año más junto a ella y su trayectoria vital nos llenaba de admiración y energía.
Quirós se despide de Quica una mujer que consiguió el éxito mayor: el respeto y el cariño de todo un concejo, el respeto que se gana por haber sido buena gente. Sus numerosos sobrinos, los trabajadores de la residencia del ERA donde vivía desde hace mucho tiempo y todos sus vecinos la echarán de menos. Descanse en paz.
El entierro se celebró el pasado día 2, a las 13.00 en la Iglesia de San Julián de Bárzana, a continuación recibió sepultura en el cementerio parroquial de Salcedo, la aldea que la vio nacer.

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