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viernes, 5 de febrero de 2016

365 días de no cumpleaños

Y ahora seguir caminando hacia adelante voy.
Para amanecer
Una mañana de noviembre en mi Madrid
Que pase un año y ver si seguimos aquí
Si aun queremos mas
Que hay mil cosas que se ponen por delante hoy.
                                               París Dani Martín


Creo que todos los años que acaban en seis han sido buenos. Con seis años aprendía a leer y a escribir y en el resto: he cosechado libertad a los dieciséis, horizontes y amigos a los veintiséis y al bicho de cuatro patas que es el amor de mi vida a los treinta y seis. Y creo, de verdad que estos últimos diez años con Lola iluminando mi existencia tantos días, tantas veces, han sido los mejores. Es verdad que la vida me ha quitado cosas, pero me ha dado otras infinitamente más importantes. Estoy convencida de que todo pasa por algo y de que los cambios siempre son positivos aunque muchas veces sean dolorosos. En esta decena de años han llegado a mi vida personas que hoy son imprescindibles al tiempo que otras se han bajado definitivamente del vagón que compartíamos. No me importa mucho, la verdad. El tiempo y la distancia dan perspectiva y bueno, es lo que hay, aceptarlo es crecer.

En 1986 descubrí uno de los sitios donde más tiempo he pasado bebiendo y riendo, cantando y bailando. El bar que nos vio crecer llenando nuestra adolescencia y nos enseñó cuando lo cerraron cuán duro es el camino de hacerse mayor y que las etapas hay que cerrarlas. En el Cuentu, en el Rosal, vivíamos al ritmo del garaje, navegábamos por el mar Mediterráneo mientras nos preguntábamos por el destino de cien gaviotas y en un viejo Cadillac escribíamos nuestra historia. Sobre todo soñábamos con ser felices, con trabajar y con cambiar las cosas. Allí brindábamos con mistela (que nosotras éramos muy dulces) y bebíamos Martini blanco, suspirábamos por los camareros más guapos de Oviedo y fuimos chicas locas ochenteras (por favor, no colguéis nunca fotos con aquellos pelos), por lo menos, los viernes y los sábados por la tarde, eso sí muy comedidas en los excesos. Ahora me arrepiento de no haber disfrutado más de aquel sitio en soledad, tomando cafés en la parte de atrás, leyendo mientras fumábamos cigarrillos rubios que comprábamos sueltos en cualquiera de los quioscos que había en la misma calle o sentada detrás de aquel escaparte que en un círculo encerraba todos los misterios que queríamos descubrir "El Cuentu la buena pipa" viendo la calle del Rosal entonces abarrotada de vida. Sé que Katia dirá que El Cuentu se merece más, lo sé, prometo convertirlo algún día en escenario de una novela (tengo los dedos cruzados) pero todavía me duele cuando a la vuelta de unas vacaciones en Galicia que ponían fin a otras muchas cosas lo encontramos cerrado para siempre. Fuimos huérfanas, yo así lo sentí, todavía lo siento. No he encontrado nunca otro lugar como aquel, nunca me sentí en ningún otro sitio como en aquella nuestra casa, nunca fui tan inocente ni tan joven como entonces.
1996 en Alemania, es una de mis fotos favoritas por muchas cosas.
En 1996 empecé un romance con Alemania y los alemanes. Después de acabar la carrera no deje de prepararme hasta que empecé a trabajar. Los años en la EOI muy divertidos, reencontrarme con Isabel que es amiga desde párvulos, pero lo mejor fue mi primer viaje a Alemania. Con aquella experiencia, un poco a destiempo, descubrí lo importante que es salir fuera y viajar, conocer otras culturas, otros puntos de vista, distintas formas de mirar y ver. El 96 me trajo a Katja con la que, paradojas de la vida, me he vuelto a encontrar estos días. Katja te pido perdón por no haber estado a la altura en esta travesía tan dura que has hecho. Prometo compensarte, si es posible. 1996 me trajo más cosas, más personas y más compromisos, me ayudó a reconciliarme con algunos aspectos de mi vida. Ahora que esta primavera se cumplen veinte años de todo aquello, lo que me parece realmente increíble, puedo decir que aquel año fue un año diez.
Lola vigila al gato desde la ventana de casa.

Pero si hay un antes y un después es en el 2006.  Pasaba por un momento de tanta, tanta niebla y, de repente, Lola, que fue presentada en sociedad en la fiesta de mi 36 cumpleños que fue tal cual como el camarote de los Hermanos Marx. Ella llegó en el momento preciso. Es curioso yo no recuerdo haber estado tan perdida, pero estos días he llegado a la conclusión de que era así. Llevaba tiempo viviendo fuera de casa y después de aquel año fabuloso con Maycu, Iván y Macu volvía a estar sola con mis fantasmas y los fantasmas amenazaban cada instante del día y de la noche. Alguno me dirá que no fue así exactamente porque antes de Lola estuvo Hulla, pero Hulla, que era fantástica, fue la solución a otro episodio (algún día lo contaré). Y llegó Lola con sus ojos de azabache, su potente ladrido para pedir cosas (que parece que riñe como su dueña cuando habla), su permanente y contagioso estado de nervios, sus orejas largas igual que las coletas de una niña y su capacidad infinita para meterme en líos. Ay Lola, enroscada en un ovillo esperando pacientemente que la lleve a la calle, que la lleve conmigo adonde sea. Ay Lola, cuánto tiempo te robo y que poco te quejas. Lola que vigila mi sueño y cuida mis desvelos, que me ha hecho ser menos egoísta, que me lo ha dado todo sin pedir nunca nada. Lola que no entiende cuántas horas se puede pasar en silencio leyendo un libro. Lola que es testigo de  mi soledad. Y con Lola, Quirós cada fin de semana para darle monte y cancha, espacio y aire libre, que no está hecha la ciudad  para estos bichinos. Ay Quirós, qué deciros que no os haya dicho ya.
Y, de repente, han pasado treinta, veinte o diez años de todo y estoy aquí esperando consumir ya los trescientos sesenta y cinco días de no cumpleaños (que este año febrero lleva 29) deseando seguir soñando, viviendo y queriendo aunque nunca sea el momento adecuado. Esperando junto a mi sobrino que llegué la pequeña en primavera, que se cruce en mi destino el argumento de una novela deseando ser escrita y que efectivamente nunca nos falte un libro y un sueño para compartir.

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