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lunes, 28 de diciembre de 2015

Me acuerdo de...

- cuando compramos el R5 amarillo lo primero que hicimos fue bajar al PRYCA de Lugones que probablemente no se llamaba así;
- mi abuelo Ludivino, de su boina y su chaleco de pana, seguramente cosido por las manos de mi abuela Rosario, de su taller donde hacía madreñas y de la luz que entraba por un ventanuco que daba al pasillo, de un lápiz de carpintero casi consumido que siempre llevaba en el bolsillo, tajado con una navaja y de como mi madre le decía a mi hermano "eres igual que tu abuelo" porque siempre llevaba llenos los bolsillos de cosas pequeñas y aparentemente inservibles;
- del sonido de los pasos de mi madre subiendo las escaleras del portal;
- el primer día de Lola, me la entregaron en el hotel que hay al lado de la estación de autobuses de Oviedo, venía de Segovia y había vomitado durante el viaje. Me enamoré de ella nada más mirarla, a ella le costó un poco más. Fuimos a tomar un vino para que los antiguos papás me conocieran un poco más, cuando nos separamos no quería caminar. Tuve que bajarla en cuello hasta mi casa desde Manuel Pedregal, menos mal que pesaba poquito. Cuando llegamos al Palacio de Deportes nos estaban esperando para conocerla, desde el minuto cero supo que llegaba a una buena tierra. El primer día que fuimos a Quirós y se metió en el barro, se hizo la coja, menudo susto que llevamos pensando que se había hecho daño. Al final nos dimos cuenta de que era una cuentista;
- del sabor de las patatas fritas que hacía mi tía Alicia, la hermana pequeña de mi abuela Elena;
el día que medía las cortinas de mi casa. Hacía apenas unos meses que me habían entregado el piso. Recuerdo la emoción casi infantil del día que puse mi nombre en el buzón. Recuerdo como durante los meses que duró la construcción, que por cierto se adelantó, iba cada viernes a ver como avanzaban las obras y llamaba desde allí a mi madre "Hoy han puesto las paredes del cuarto" "Ya han colocado las ventanas"... Era como la construcción de un castillo, el mío. Recuerdo el día que fuimos a firmar la hipoteca en aquel despacho barroco cuya mesa presidía una foto del notario con un leopardo muerto a su lado cobrado durante una cacería en África. Pero lo que más recuerdo fue el día de las cortinas. Había quedado con el instalador a medio día para que pasará por casa, yo tenía 31 años y estaba a punto de dar el salto y mudarme. Medimos y ya. Hacía sol, era el día después del puente de San José (para los que lo habían tenido) No me acuerdo si comí, ni dónde lo hice. Cuando llegué al trabajo me llamó mi madre para decirme que el accidente que había ocurrido en Valladolid por la mañana se había llevado para siempre la vida de Rafa. Rafa con su diente mellado, sus vaqueros y su jersey Privata azul marino y verde con botones. Rafa que cruzaba la calle indolente con las manos en los bolsillos. Rafa que empezaba la vida. Pensé "Ya no cumplirá los 31" En Valladolid la niebla había borrado para siempre el futuro. Lo que vino después fue enfrentar la tragedia y aprender a vivir desde cero.
- del día que Javi empezó a andar entre las dos camas de la habitación;
- del día que murió mi abuelo Arturo. Íbamos cada jueves a tomar café. Se había convertido en una costumbre. Allí mis amigas y yo, algunas siempre, otras a veces, nos poníamos al día de la semana, de las historias amorosas reales o inventadas, de los planes inmediatos y futuros. Me acuerdo que un día llegó Conchi con los planos de su piso. Todo era una novedad porque lo nuevo era la vida adulta que estábamos comenzando. Después del café normalmente María José nos llevaba a casa en aquel Renault 5 negro tan cuco (hasta entonces habíamos triunfado con un Seat Ibiza rojo matricula de Coruña de Conchi) Aquel día, yo creo que bajando a Katia a casa, la luz del portal de mis abuelos estaba encendida a deshora. La casa de mis abuelos tenía un portal precioso, con una escalera que subía al piso, un pasamanos gastado del uso y una bola que enroscábamos y desenroscábamos para hacer de rabiar a mi abuela, los tres primeros peldaños eran de piedra y los siguientes de madera, un ventanal enorme. Al ver la luz supe que mi abuelo había muerto.
- de cómo mi abuela fregaba la cocina de carbón con arena y de sus manos que mudaron en manos de señorita cuando enfermó;
- de Adelah, la hija de Katja. Conocí a Katja en un Tandem de alemán un setiembre. Ella se quedó todo el año en Oviedo. Nos hicimos muy amigas. A lo largo de los años nos volvimos a ver allí o aquí. Cuando iba a nacer su segunda hija estuve con ellos un verano, quince días de agosto. Adelah, la niña mayor, tenía un año y pico, había nacido en marzo, diecisiete meses para ser exactos. Era una niña precioso de sonrisa permanente y rizos oscuros. Tenía una caja de arena en el patio donde jugaba con un cubo y aquel verano aprendió a deslizarse por el tobogán. El caso es que se cayó y se rompió el labio. La madre originó un auténtico drama y fuimos al pediatra que era un hombre guapísimo, altísimo y de piel oscurísima. Le dijo que no era nada y que no se preocupará que no necesitaba puntos. Como Katja insistía él le dijo "Bueno, a no ser que quiera que su hija sea modelo o algo, pero aún así esa herida no estropeará su carrera". Adelah no fue actriz, ni modelo. Adelah fue estrella en el cielo antes de cumplir los diez años. No he vuelto a saber de su madre, ni de sus hermanos.
Sin embargo, no me acuerdo nada de que hubo un tiempo en que estaba decidida a cambiarme el nombre, menos mal, que siempre hay alguien que se acuerda por ti.


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