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jueves, 20 de agosto de 2015

Alma y Pablo

Se cuela la luz por las rendijas de la persiana y llena de claridad la habitación que hemos compartido. Las cortinas la suavizan permitiendo ver su cuerpo en mi cama. Ya huele a café. Mi madre me ha regalado una fantástica cafetera de esas que programas el día antes y te hace un café rico, rico justo para el momento en que suena el despertador. Hoy es sábado y los fines de semana la alarma es olfativa, me despierta el olor del café. Me deslizo entre las sábanas en silencio para no despertarle y voy en busca de mi dosis. La necesito. Sin café no soy persona, sobre todo, por las mañanas. Me preparo uno en taza grande. Un café largo con un poco de leche, sin azúcar, amargo y caliente como el momento mismo que estoy viviendo. Me gusta el café caliente, muy caliente, que queme en la garganta el primer sorbo, que haya que esperar para tomarlo, que vaya enfriando mientras el calor se va transmitiendo de la taza a mis manos y el líquido va atemperando. Odio el café frío, como odio la comida fría.
Vuelvo a la habitación, las luces del día son cada vez más claras. Sus rasgos se van perfilando: su postura para dormir con los brazos debajo de la almohada, su perfil de nariz grande, su boca con esos labios. Nunca me han gustado los hombres de labios gruesos, ni los hombres especialmente guapos y mírame aquí liada con uno con una boca que muchas matarían por besar. Me gusta mirarlo cuando duerme. Su respiración se oye acompasada. Su sueño tiene la serenidad que lo caracteriza. Me aporta paz y tranquilidad, ha traído calma a este momento de tempestad y dolor. Acababa de llegar para sacarme del letargo en que vivía y ya está siendo el bálsamo que calma la pena de este tiempo. El lunes hará una semana que enterramos a mi abuela. Tengo que aprender a vivir con su ausencia, será duro.
Pienso en lo nuestro. ¿Debería decirle que se venga a vivir conmigo? Quizás debería de ser él quien sacará el tema. No sé, igual es un poco pronto. Sólo hace tres meses que salimos o ¿debería decir tres meses que nos acostamos juntos? Lo conocí en la presentación de la novela de un amigo común. Fue muy evidente que nos habían invitado para que nos conociéramos. Una encerrona de esas que, a veces, funcionan. No se equivocaron la verdad, conectamos rápido y hasta hoy. Lo que me extraña es que yo no hubiera salido corriendo, no me gustan nada esos rollos preparados. Cuando le dije mi nombre “Alma, me llamo Alma” el me pregunto “¿Sabes que los violines tienen alma?” y yo pensé “No, un músico no, por favor” pero al mismo tiempo mi sonrisa le decía que sí, que los violines tienen alma también físicamente y en mi opinión todos los instrumentos la tienen. Pablo no es músico, es traductor de profesión y creo que muy bueno porque tiene mucho trabajo. Es traductor y músico aficionado. Cuenta a quién le quiera escuchar que la música le salvo la vida cuando era un adolescente. La música evito que su vida fuera por otros derroteros, unos que está claro no eran para él. Una madre ausente que lo único que fue capaz de hacer por sus hijos fue inculcarles su amor por la cultura, marcó su infancia. Fue su abuelo el que harto de que su nuera no hiciera caso a los niños y de que su hijo escurriera el bulto viajando constantemente por motivos de trabajo unas veces reales y otras imaginarios, matriculo a los chicos en el Conservatorio. Los hermanos lo echaron a suerte, les pareció más divertido tocar distintos instrumentos, a Pablo le toco el violín, a su hermano el chelo y a su hermana, que lo que quería era ser bailarina, el piano.
Toca el violín por azar, podía haber tocado cualquier otro instrumento. Esos años de Conservatorio le sacaron de la calle y del ambiente asfixiante de una casa donde cada uno hacia lo que le venía en gana. La música fue su salvavidas, como lo es tantas veces para otros tantos niños. No era especialmente bueno, pero trabajaba mucho y bien, se esforzaba y obtuvo sus frutos. Más tarde en la Facultad de Filología conoció a Marta, su ex-mujer y Marta le ofreció lo que nunca había tenido: un hogar cálido donde ser feliz junto a la mujer que entonces creía amar y en el que criar a sus hijos. “Marta es la mejor exmujer del mundo mundial”, dice demasiadas veces. Quiere que los conozca, a ella y a los niños, pero yo creo que es mejor esperar un poco. Es difícil empezar algo y dejar fuera de tu universo de pareja recién estrenado al resto del mundo. Es difícil no, es imposible. Pablo y Marta estarán unidos para siempre por los niños. Mírame ahora, de repente, tengo un novio de bandera con dos hijos y una exmujer. Mi mundo se ha vuelto del revés. “¿No querías aventura Almita?” me dice mi padre “ Pues ahí la tienes, no te vas a aburrir” El amor es lo que tiene, cuando engancha lo hace así, sin tener en cuenta más que a dos personas, sin tener en cuenta lo que les rodea, lo que traen puesto de su vida anterior, lo que no quieren volver a ponerse, lo que desearían no haberse puesto nunca. Bueno yo sigo con lo mío ¿Quién debería proponer lo de vivir juntos? Dios mío, qué complicadas son las relaciones hombre-mujer o mejor, cómo las complicamos, con lo fácil que es pedir las cosas o decirlas sin más.
Me acercó a la ventana y miro hacia afuera ¿qué tiempo hará? El día del entierro el tiempo era tremendo. Unas horas antes tuvimos que subir a ver como sacaban al abuelo para hacerle sitio a ella. Llovía a cántaros. El enterrador recogiendo los restos en una caja de zinc y, bajo los paraguas, mi tía Maite, mi tía Mar y yo, testigos de la finitud de la vida. No somos nada. Me parece increíble que aquel hombre tan alto cupiera en una caja tan pequeña. Yo no acerté a mirar, así que en lugar de a mi abuelo igual metieron los restos de un bicho, de cualquier bicho que pasará por allí se cayese a la fosa y se muriera de inanición al no poder salir. Total qué más da.
Es tremendamente tierna la idea de que descansen en el mismo lugar para siempre. Cuando murió el abuelo, hace ya más de diez años, llevaban juntos más de sesenta. La abuela quererlo lo quería mucho, pero no se dio prisa para irse a acompañarle. Tampoco me extraña. Ella era mucho más terrenal y además le tenía un miedo horroroso a la muerte. Eso de no saber que había después no la convencía nada.
Atisbo entre las cortinas ¿Qué hace hoy mi vecino de enfrente? Yo que siempre he querido ver tejados desde una terraza, sólo veo aburridas ventanas iguales de un edificio idéntico al mío. Y en el mismo piso, a mi misma altura, hay un chico que vive solo y cada día sigue la misma rutina. Se levanta cuando yo. Abre la cama. Echa la ropa hacia atrás. Se va a duchar. Vuelve vestido. Hace la cama y sale a la calle. Camina siempre muy rápido. Cuando me cruzo con él, las pocas veces que lo he hecho, lleva unas extrañas e imposibles combinaciones de colores. Bueno no sé, es una apreciación personal, creo que tiene una extraña relación con la paleta de colores. Nunca lo he visto hablar con nadie, ni comprar en los comercios del barrio. Sale del portal, siempre se dirige hacia el mismo lado de la calle y cruza el puente. Qué raro se me hace verle cada mañana desde el otro lado de la calle y no saber nada en absoluto de él. Es una persona ajena a mi
¡Qué pocas ganas tengo de salir! Me quedaría toda la mañana en la cama. Leyendo o jugando con Pablo a lo que se nos ocurra, pero no, mi madre ha tenido la brillante idea de ir a limpiar el desván de la casa de los abuelos. “Ahora que la abuela ya no está, hay que hacer mudanza”. Mudanza de objetos y de sentimientos “No vaya a ser que la pena se quede mucho tiempo”, dice mi madre, que es muy práctica y conocedora de que el tiempo a cierta edad carece de un valor relativo, deja de darlo Dios de balde para convertirse en un bien escaso. No tiene muchas ganas de hacer un duelo largo. Yo creo que era mejor esperar un poco e ir dejando reposar las cosas. Estoy convencida que nada más apoyar la escalera en la trampilla de acceso al desván, en cuanto asomemos la cabeza, mejor dicho asomé la cabeza, porque seré yo quién suba, entre las telas de araña y el polvo acumulado, todo volverá a brotar en nuestros corazones tan lastimados, saltarán en mil pedazos los ánimos y estallarán las emociones.
Ni mi madre, ni yo estamos preparadas. Mira que es necia y pesada la tía. Diez años la abuela con nosotros, viviendo en mi antigua habitación de niña y en todo este tiempo nadie se acordo de la vieja casa, que no la han abierto ni para ventilarla. Una casa con sótano y desván por lo menos tendrá una colonia de ratones campando a sus anchas. Creo que sólo han ido a buscar algún papel cuando se necesitaba y no lo encontraban entre las toneladas de cosas que se trajo cuando se fue a vivir con mis padres. Toneladas y digo bien que hubo que habilitarle la sala de estar para que colocará todos los recuerdos sin los que según ella no podía vivir, si hasta se trajo las portales que conservaba de cuando el bisabuelo trabajó en la construcción del Canal de Pánama. Mi abuela era una mujer de carácter, muy extrovertida y divertida, a veces incluso demasiado atrevida teniendo en cuenta la edad y la época que le toco vivir. Atesoraba recuerdos y le encantaba contar historias de otras vidas. Era una fantástica contadora de historias, nunca sabías si lo que contaba era cierto o no. La voy a echar mucho de menos.

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