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domingo, 14 de diciembre de 2014

Una chaqueta roja con pompones.

Marilena (año 1943?)
La débil luz que anunciaba al invierno que se acercaba presuroso la despertó. La claridad se colaba por las rendijas del pequeño balcón de la habitación que compartía con su abuela María. El cristal se había empañado por la diferencia de temperatura entre el frío de la calle y el agradable calor que se había conservado en el interior de la casa. La cocina de carbón todavía mantenía algunas ascuas de la lumbre de la noche anterior. Su abuelo Luis se acostaba el último y se levantaba el primero para mantener vivo el fuego. No había casi nada de todo, pero no se escatimaba ni una sola piedra del poco carbón que tenían, ni una astilla, no fuera a ser que los niños pasaran frío. Pensó que a lo mejor había nevado y una sonrisa llenó su cara de niña enmarcada por rizos negros mientras sus ojos se decidían a abrirse definitivamente ante la promesa de la incierta nieve.
Podía ser. Era su tiempo, el de la nieve, quiero decir. Era 4 de diciembre, el día de Santa Bárbara, un día especial como todos los 4 de diciembre. ¿Qué hora sería? Pronto comenzarían a sonar los voladores que celebraban su cumpleaños. Ah, no. No era realmente su cumpleaños lo que celebraban aquellos ruidosos y numerosos voladores, los tiraban los obreros de la Fábrica de Armas para conmemorar a su patrona. De todas maneras, en su honor o no, se sentía afortunada. No conocía a nadie, por lo menos en su escuela, que celebrase su cumpleaños con voladores. Aquel sonido atronador que reflejaba la alegría de los trabajadores por su día libre era, sin duda, su mejor regalo. No había muchos excesos, estaban demasiado cerca de la Navidad. Si acaso unos calcetines nuevos que estrenaría para ir a Misa esa misma mañana a la Iglesia de Santa María la Real de la Corte. Después, su tía Carmina le preparaba un chocolate con churros para invitar a sus amigas, Loli y Ana Mari, a desayunar. Algunas veces Ana Mari traía para compartir las chocolatinas que su padre emigrante en Francia le enviaba.
¿Tendría alguna sorpresa especial este año? Unas zapatillas de suela gorda de goma de ésas que cuando saltas desde una banqueta parece que rebotas en el suelo serían también un buen regalo. No se quejaba de nada, ni por nada. Voladores y calcetines nuevos, chocolate con leche y churros formaban una fantástica combinación.
La Fábrica de Armas de Oviedo estaba situada fuera de la muralla medieval que delimitaba el embrión de la ciudad y lejos del moderno y creciente centro comercial, congregaba tras sus muros, ocupados en sus talleres, a un importante número de trabajadores entre militares, obreros y aprendices y extendía su influencia por toda la zona y sus alrededores. Aplaudían la llegada del 4 de diciembre, cómo para no hacerlo, cómo para no estar contentos: un día libre y una paguina extra, una Eucaristía y un desayuno de hermandad. Los aprendices formaban con disciplina casi militar en la plaza Feijoo para entrar en orden en la iglesia y asistir a Misa. Al desayuno posterior estaban invitados todos aquellos que eran alguien, o pretendían serlo, dentro del panorama local junto a las autoridades civiles y religiosas. Una vez hasta acudió el obispo y lo normal era ver al gobernador militar de la provincia compartiendo mesa y mantel junto al alcalde de la ciudad.
Los días anteriores, la pequeña talla policromada que representaba a la Santa abandonaba su lugar en el altar de la recogida capilla situada en los terrenos de la Fábrica y era solemnemente trasladada hasta al altar mayor de la Corte. Allí sobre un paño de terciopelo azul con los bordes rematados con hilos dorados descansaba al menos por una semana desplegando toda su belleza y luminosidad. Todo era muy teatral, con un fuerte barniz dramático. Las niñas más pequeñas que cada año leían en la escuela la historia de la Santa y su martirio, no dejaban de impresionarse y  subían por la calle de la Vega después de las clases para acercarse a admirar a aquella Santa tan guapa e irse luego a casa horrorizadas pensando que a aquella niña la había decapitado su propio padre para luego caer muerto fulminado por un rayo.
Marilena ponía todo su entusiasmo en celebrar aquel día, no sólo por su cumpleaños, sino porque además no había escuela. La maestra del Postigo que también estaba invitada al desayuno con los ingenieros, suspendía las clases y exhortaba a sus alumnas a asistir a la fiesta religiosa vestidas con sus humildes mejores galas. Al día siguiente comentarían lo que habían visto y vivido con todo el lujo de detalles que permiten observar los ojos de unas niñas pequeñas.
Las semanas previas eran un ir y venir de jovencitas preparando sus abrigos, las que los tenían, para poder acercarse a la iglesia y aparentar algo, lo que fuera. Las tías de Marilena, Carmina y Alicia, que eran pantaloneras se veían sujetas a un tremendo ajetreo. Arreglaban y planchaban los uniformes de casi todos los que iban a participar en tan gran acontecimiento y  pasaban las noches en vela dando la vuelta a los ajados abrigos, cambiando botones y composturas, remendando o reformando la ropa de muchas de aquellas jóvenes, casi niñas, que veían una oportunidad única para entablar amistad o quién sabe si algo más con alguno de aquellos apuestos militares destinados en la Fábrica o, si no, con alguno de aquellos jovencísimos aprendices con un futuro profesional especialmente prometedor aunque todavía lejano. Ellos, los aprendices, la mayoría hijos de campesinos de las aldeas cercanas a Oviedo, veían los grandes sacrificios que sus padres hacían para sacarles de la miseria del campo. Allí recibían formación académica y aprendían un oficio. Aquellos obreros y aprendices que llegaban a Oviedo cada día en tren con el almuerzo en una fiambrerina, le caían mal, muy mal, rompían el inmaculado manto blanco que formaba la nieve en el invierno con su caminar apresurado para llegar a sus puestos de trabajo en los distintos talleres antes que la sirena anunciará el inicio de la jornada laboral. A ella que lo que más le gustaba del invierno era la nieve y ver aquella plazoleta que separaba su casa de la de sus tíos llena a rebosar de nieve.
Se decidió por fin a abandonar el calor de la cama para asomarse a la ventana sin hacer ruido. Sí, había nevado. El manto blanco estaba sin tocar, no se veía ninguna pisada sobre él. Nadie lo había pisado, pero no tardarían en hacerlo. Le estropearían aquel paisaje limpio y puro que tanto le gustaba contemplar por mucho que la luz de la nieve la deslumbrará apenas un momento después de empezar a mirarla fijamente. Sin embargo, nadie podría estropearle su día de cumpleaños. Al final aquel 4 de diciembre sería distinto. Junto a unos calcetines nuevos su tía Alicia le había tejido una chaqueta de punto inglés con pompones, igualita que la de Conchita, la hija de la maestra.
Voladores y chocolate con churros, calcetines nuevos y una espectacular chaqueta roja con capucha y pompones para estrenar. ¿Se podía ser más feliz? Ella creía que no. De hecho, nunca fue tan feliz como en aquel su octavo cumpleaños.



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