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jueves, 6 de noviembre de 2014

Guiones de cine y vidas sin guión.

"Si se pone en peligro la vida de un inocente, ésta será la indemnización: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida." (Éxodo, 21: 23-25)

He leído estos días El detective moribundo de Leif GW Persson, escandinavo y autor de la trilogía El declive del Estado de bienestar. En El detective moribundo y a lo largo de más de cuatrocientas páginas en las que la acción no decae en ningún momento, un jubilado y enfermo ex jefe de la policía judicial central, admirado y querido por sus antiguos colegas, amigos y familia persigue al autor de un asesinato prescrito en un intento de hacer justicia a pesar de que las condiciones para conseguirlo no son las propicias. La pequeña Yasmine Ermegan de nueve años fue violada y asfixiada. La asignación del caso a un policía incompetente que erró en la principal vía de investigación y el asesinato de Olof Palme pocos meses después que obligó a desviar todos los medios y recursos en su resolución, cerró el caso en falso e hizo que permaneciera durante veinticinco años en una caja de cartón en el sótano de la policía. La oportuna trombosis cerebral de Lars Martín Johansson, "el hombre que era capaz de ver a la vuelta de la esquina sin agacharse y mirar a escondidas", le pone en manos de la neuróloga Ulrika Stenholm y es ella la que le dará las pistas para desenredar la madeja y resolver el asesinato.
Brevemente este es el argumento del libro que me ha tenido enganchada y cobijada estos dos últimos días y que a la luz de los acontecimientos en mi ciudad, el descubrimiento del cuerpo de un niño de dos años tirado entre la maleza que crece al lado de las vías del tren junto a una maleta, me provoca una reflexión acerca de la venganza y del que es el peor de los crímenes, en mi opinión, aquel que tiene por objeto hacer daño, de la forma que sea y gratuitamente, a una criatura inocente e indefensa, a un niño. 
En la novela de Persson el policía jubilado, rodeado de secundarios de lujo, se debate entre el delito prescrito y la forma, legal o no, de hacer justicia a la pequeña Yasmine. Y aparece todo el tiempo la justificación moral del "tomarse la justicia por su mano". Pero ¿cuándo la justicia deja de serlo y se convierte en venganza? Y ahí está el debate, cuál es el límite, cuál la frontera entre una y otra. En las sociedades primitivas parece que la ley del talión era la válida (aún hoy se aplica en algunas culturas para escándalo de Occidente). Nosotros estamos dentro de un sistema jurídico imperfecto, muy imperfecto, pero que establece un orden en el que yo quiero creer. Un Estado de Derecho que garantiza (o pretende hacerlo) Sanidad y Educación, pero que es incapaz de garantizar la seguridad de sus miembros más débiles. Vamos a ver, ¿cómo saber si un niño está en peligro en el sitio dónde se supone que va a estar más amparado y protegido? Y si existe una mínima sospecha, ¿no había una intervención previa de los asuntos sociales? ¿Cómo se pueden prevenir estas situaciones? Por otro lado, este sistema imperfecto sí se preocupa de garantizar a los presuntos culpables un juicio justo, proporcionarles un abogado de oficio y respeta en todo momentos sus derechos y las garantías procesales. Esto es normal y deriva del fin último del Derecho Penal que no sólo es reparar y satisfacer el daño causado sino conseguir la recuperación y la reinserción del delincuente.
En la novela el viejo policía se pregunta y pregunta a los suyos cuántos hombres adultos pueden disfrutar teniendo relaciones con una niña: ¿uno de cada cien mil, uno de cada diez mil o uno de cada mil? Yo me pregunto ¿cuántos progenitores puede pegar hasta la muerte a un hijo suyo o de su pareja, a un niño que ni siquiera sabe lo que es la vida, y seguir respirando tan tranquilos? Así y todo, intentó mantener la cordura en estos supuestos tremendos. No sé si es por mi formación jurídica, por el hecho de no ser madre o porque estoy segura de que de ocurrirle a uno de los míos no sería capaz de maquinar venganza alguna, simplemente me moriría.
Clama esta semana la opinión pública en Oviedo contra los autores de este brutal asesinato, un niñín de entre dos y tres años, apaleado con saña hasta matarlo y que encontró la paz cuando, por fin, le dejaron abandonado y muerto. Era tarde para él. El guionista de su vida se cansó de escribir demasiado pronto o quizás nació ya sin guión alguno. Nadie puede creer que no iban a encontrar su cuerpo, pero quizás los autores materiales de semejante crueldad pensaron que pasaría más tiempo antes de que lo hicieran. Estos días recordaba como en los ochenta, desde la ventana de la que era mi habitación en casa de mis padres, veíamos entre la vegetación que crecía salvaje entorno a las vías del tren, bolsos y otros objetos robados, carentes de valor o no y arrojados allí por los amigos de lo ajeno, junto a basura y porquería. Una vez había una bicicleta de reluciente color rojo. Cuántas veces los policías vestidos todavía de marrón corrieron por allí tras un delincuente común o un yonqui que había robado un radiocasete en un coche. Pienso en qué hubiera pasado si lo que hubiéramos visto fuera el cuerpo sin vida de un bebé. Pienso en el pobre hombre que sí vio un diminuto pie cuando silbaba mientras desbrozaba, pensando en el tiempo tan desagradable que hacía y que había empezado sin avisar, sin poder imaginar que aquel iba a ser el peor día de su vida.
Y de qué era culpable este bebé. Qué pecados ajenos vino a purgar. Quizás fuera culpable de haber nacido, o de haberlo hecho en el seno de esa familia y no en otra. Quizás fuera culpable de haber pasado la noche llorando por un dolor de oídos o por una muelina que estaba empezando a salir. Quizás despertó a su madre porque se había hecho pis mojando el colchón del piso de alquiler al que acababan de mudarse.  O quizás a su madre le estorbaba en la futura vida que su nuevo novio le prometía. O simplemente no hizo nada y su asesino sólo necesitaba descargar su frustración por una situación de la que nadie y menos el niño era responsable. Sólo espero que el sistema caiga sobre los culpables con toda su extensión porque ésta es la peor de las violencias domésticas, la infligida en el seno familiar por progenitores al eslabón más débil de la misma, los hijos pequeños, que paguen por ello y que los ojos suplicantes de la víctima les persigan para siempre convirtiendo en un infierno su existencia. Esa será la mayor venganza.
Durante muchos años Estelita, la abuela de una alumna muy querida, siempre nos contaba que la realidad siempre superaba a la ficción. Mi madre, cuando éramos pequeños y había alguna escena fuerte en la película que estabamos viendo, siempre nos decía que era mentira. Sí, la historia imaginada por Persson se aproxima tanto a la realidad que podría ser cierta, de hecho hay historias verídicas muchísimo peores. Sí, la realidad supera a la ficción. Y es que la maldad está intrínsecamente unida a la persona humana, aunque en mi opinión y afortunadamente no en la misma medida que lo está la bondad.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, tú que me lees con buenos ojos. Pero por ti y por los que son como tú me esfuerzo cada día para hacerlo bien. Un saludo y feliz finde. Por cierto, las fotos de estos individuos presuntos culpables salen hoy en El Comercio de Gijón, menudo "secreto de sumario" En fin...

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  2. Un debate interesante el que nos traes. Cierto que la justicia no siempre cumple su cometido, pero será cuestión de cambiar el sistema, no de tomarse la justicia por su mano. La novela que citas también me parece interesante, me gustan los libros que no sólo exponen una trama, sino que invitan también a la reflexión. Y por supuesto me sumo a tu denuncia de la barbarie cometida con el pequeño encontrado muerto en las vías del tren en Oviedo.

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  3. Gracias por tu opinión, es un debate en la calle. La novela está chula, de hecho yo el miércoles no fui a casa a medio día por temor a llegar tarde a trabajar si me volvía a liar con ella. Me la leí en dos tardes... no me creen los compañeros de la Tertulia Negra a la que asisto, pero como me enganche no puedo parar. Pero sí, es tremendo el suceso. Gracias de nuevo.

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