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lunes, 30 de junio de 2014

La noche antes del viaje (II)

La noche antes de un viaje.

                 En "La Víspera" de  Rodrigo Olay, La víspera, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2014

La víspera del viaje a Zamora era viernes y juré en el Colegio de Abogados, más allá de lo emocionante y dulce del momento, rodeada de los míos, aquel juramento sólo supuso la creación de obligaciones para mi y ningún derecho. Si, para los que no lo sepáis, lo confieso, soy abogada no ejerciente, lo que me capacita para algunas cosas, pero no me permite la mayoría. Eso sí, tengo que contribuir al Colegio con una cuota que aunque ciertamente es muy pequeña me obliga mensualmente y con una aportación trimestral al Consejo General del poder Judicial. Así que en cierta media soy cómplice de los desmanes de ese poder judicial que presume y se predica de sí mismo independiente.
Nunca he tenido muy claro la razón por la que me colegié. Seguramente fue por dejar entreabierta una puerta. Creo que supe el primer momento que puse los pies en la Facultad que aquello no era lo mío. Hubo un tiempo en que pensaba que me movía la idea de ayudar a la gente. (Ja) Sin embargo, aprender, aprendí mucho, sobre todo de Derecho Público que es apasionante y me apasiona. Me he dado cuenta ahora, al repasarlo con el tema de la abdicación del rey, de la proclamación del nuevo y del controvertido aforamiento del saliente. No se puede negar que el Derecho Constitucional es muy interesante y podría ayudarnos a entender muchas de las cosas que ocurren en nuestro país. Hay muchos conceptos de los que la gente común no tiene ni idea y que sería bueno que conocieran. Sin embargo, aunque no sé porqué estudié Derecho, tengo clara una cosa y es que no cambio los años de Facultad por nada del mundo. El bagaje que te da a la hora de ver la vida y relacionarte, de crecer y formarte como persona no lo puedes encontrar en otro sitio. Podrás encontrar cosas semejantes en la universidad de la vida que produzcan en ti efectos parecidos. Iguales no, estoy convencida. ¡Ojo! Con esto no quiero decir que los universitarios seamos mejores o peores, pues menudas piezas decoran las aulas. Eso no lo haré nunca, es una máxima universal que nadie es más que nadie, al menos en la teoría y sobre el papel y en la práctica en mi escala personal de valores. Sólo quiero decir que si aprovechas tu tiempo, además de conocimientos te llenarás de experiencia y serás una persona diferente a la que serías si  no hubieras pasado por allí.
Volvamos al principio. Al día siguiente de la jura del Colegio, salíamos de viaje. Ibamos a hacer voluntariado en una Residencia de ancianos de Cáritas gestionada por las hermanas del Amor de Dios a un pueblo muy pequeño de la provincia de Zamora, Alcañices. La Residencia se llama “Virgen de la Salud” y está situada detrás Iglesia del pueblo o al menos así lo recuerdo. Aquel tiempo en las tierras de Aliste conviviendo con los ancianos provenientes en su mayoría del seco campo castellano puedo afirmar que fue la  mejor experiencia que he tenido en mi vida desde el punto de vista espiritual y personal. Aquellas casi dos semanas que compartimos Maite y yo no nos las puede quitar nadie. Son nuestras para siempre y quizás sean la razón de que nuestra amistad haya sobrevivido a ciertos avatares de la vida que no vienen a cuento, pero que hacen que nos llamemos y respondamos como si no hubiera transcurrido tiempo entre nosotras como auténticas hermanas (o al menos esa es  mi percepción).
La víspera del viaje, en la "fiesta post-colegiación" me acompañaron parte de mis amigas con sus chicos. Cenamos en Casa Santos en Moreo (Colloto) un lugar genial y acogedor. No puedo decir que lo pasáramos mal. La verdad es que lo pasamos muy bien, tanto que todavía no alcanzo a comprender como fui capaz de salir de las tinieblas de la monumental resaca de sidra para  meterme en el Alsa al día siguiente. Lo que si sé, es que Maite bastante más prudente y con mejor criterio que el mío no había ido ni al acto, ni a la cena. Y como recompensa a su sentido común lo que le tocó fue aguantarme en el viaje más perro que le he dado jamás a nadie y mira que he viajado, eso sí nunca tan perjudicada como aquella vez.
No quiero contar ahora de aquellos días en Alcañices que fueron fantásticos, con mucho trabajo y haciéndonos un hueco entre aquellas paredes que fuimos a revolucionar, superando recelos de la gente del lugar y quedando enganchadas de aquellas monjas. Quizás lo haga en otra entrada, fue muy divertido. Nunca lloré tanto con una despedida. Lo que quiero contar es lo que pasó el último día antes de volvernos a Oviedo.
La víspera de regresar habíamos quedado con las chicas que trabajaban en la residencia para tomar café y despedirnos. Este café remataba la relación que habíamos establecido durante aquellos días y que no había empezado especialmente bien. Miraron con cierta reticencia a aquellas dos universitarias que habían decidido irse a pasar calor y acompañar a ancianos, echar una mano en el comedor y dónde hiciera falta, en lugar de irse a la playa a tomar el sol. Sin embargo, pronto descubrieron que en lugar de estorbar teníamos cuatro manos y mucha voluntad, que no se nos caían los anillos y que respondíamos con rapidez a lo que se nos pedía. Esa disposición nuestra derribó las murallas que habían levantado y nos hicimos casi amigas. Así que nuestra última tarde nos tomamos algo juntas y estando allí, en palabras de Maite conocí al hombre de mi vida.
Llegó un chico alto con la frente despejada, rizoso y moreno de trabajar al aire libre. Puede que vistiera unas bermudas y un polo verde o unos vaqueros con un polo marrón, sé que venía de sport y transmitía buen rollo. El caso es que el chico se sentó con nosotras y en pocos minutos de conversación establecimos conexión. Puede que yo le preguntara por su trabajo, era guarda forestal, o que el se interesara por lo que estábamos haciendo en aquel pueblo castellano. Puede que yo defendiera la vida en el pueblo frente a la vida en la ciudad o la defendiera él. Puede que yo dijera algo políticamente incorrecto o quizás lo hiciera él. Puede que simplemente mirara mis ojos o yo los suyos y viéramos un poco más de lo que veían los demás. Sólo sé que tuve la impresión de que una vez más llegaba tarde a la salida. Era nuestro último día y él se casaba ese verano. Siempre me quedará la duda de si como dijo Maite era o no mi destino y de qué hubiera pasado de conocerle el primer día y no el último.
No he vuelto a Alcañices. Miento, estuve una vez de paso. Ya dice Sabina que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver" No reconocería a los ancianos, ni a las hermanas. Seguramente ni unos ni otras estarán ya allí. Unos habrán partido a arar otras tierras y otras, dada su vocación de servicio y su voto de obediencia, habrán sido destinadas a otras comunidades. En cuanto a mi me queda la duda de saber si reconocería "al hombre de mi vida" y de qué habría pasado si en lugar de un café nos hubiéramos tomado una copa, probablemente nada o quizás todo.

1 comentario:

  1. ¡Qué relato tan sugerente! ¿Y qué habrá sido de él?, quizás se quedó pensando lo mismo y decidió no casarse y todavía te está buscando por ahí, o quizás se casó y guarda tu mirada para cuando necesita un poco de calor en el alma... ¡qué intriga!

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