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martes, 10 de junio de 2014

Pretéritos Martes de Campo ¿imperfectos?

La víspera del examen de Filosofía del Derecho de 5º curso fue Martes de Campo. Ese día es fiesta local en Oviedo. Lo tradicional es salir a pasar el día al Campo San Francisco, comer un “bollo preñao” que no es otra cosa que un humilde bollo de pan relleno de chorizo y beberse una botella de vino (unas sidras en nuestro caso). Di tú que la tradición está para saltársela y así han ido variando con el tiempo los escenarios donde celebrar la fiesta. La gente de Oviedo de toda la vida, sigue pasándose y paseándose por el Campo y el resto de ovetenses, sobre todo, los más jóvenes han ido cambiando de sitios, innovando, moviendo la fiesta del centro a los barrios, cosa que por otro lado puede entenderse como una forma de democratizarla: Purificación Tomás, San Julián de los Prados, San Pedro de los Arcos, el Parque de Invierno, las diferentes áreas recreativas cercanas a la ciudad. La fiesta ha ido mutando también en otros aspectos: hay otras pieles y otros acentos, otros colores y otras banderas. Signos de los tiempos que estamos viviendo y que la han transformado de particular en universal. Originariamente la fiesta que conmemora la festividad de Pentecostés se ceñía más o menos a la superficie del Campo. Nosotros, sin embargo, ya de pequeños huíamos del Campo e íbamos a Colloto a sitios como el CorzoGutiérrez. Comíamos bollos y tortilla de patatas, filetes empanados y huevos cocidos. Nunca entenderé porque a la gente le gusta tanto comer huevos cocidos. En Asturias no hay espicha que se precie que no tenga huevos cocidos. Yo los odio. Mis padres y un matrimonio amigo suyo, Julita y Oscar, bebían sidra mientras nosotros compartíamos refresco. Mi hermano y yo siempre compartíamos una Coca-Cola y una bolsa de patatas. Era así y así lo aceptábamos sin rechistar.
Aquel Martes de Campo, el del examen, salimos como todos los años. Seguramente fue el año que se casó Carmen. Sí, fue ese año fijo. Yo estaba finiquitando mi carrera y entonces no me perdía una fiesta. Pasamos el día fuera, bebimos más sidra de lo conveniente y al día siguiente pasé mi examen. Nunca entenderé como pude aprobar con aquel profesor. Él debería de haberme echado de clase la primera vez que desde la tercera fila, parapetada tras un compañero, empecé a tomarme a pitorreo las chorradas tan grandes que contaba. ¡Qué pena de asignatura! Pero ¡Cuánto nos reímos! Sólo la persona que como yo ha tenido la suerte de tener profesores excepcionales sabe cuando un profesor es un fiasco. Sí, también soy capaz de reconocerlos aunque se trate de docentes universitarios y en la Facultad he tenido alguno de estos últimos, pero afortunadamente muchos de los primeros. Desde luego, es una pena que aprobar según que cosas dependa de pasar tantas horas con el incompetente de turno. Lo único que se consigue es aprender a odiar la asignatura, aunque al final, por suerte o por desgracia, lo que cuente es que en tu expediente ese trámite, el del examen, aparezca como superado. A lo largo de mi vida he ido aprobando casi todos los exámenes que he hecho. Tengo, como todos, alguna asignatura pendiente, pero a ésas no suelo presentarme. No sé si por comodidad o por cobardía. No me he parado a pensarlo nunca. Las voy acumulando entre el desván y el sótano de mi casa con el resto de los trastos viejos, de vez en cuando las cambio de sitio para no olvidar que siguen ahí pendientes.
Aquel año, como veníamos haciendo, subimos a comer al Cristo, no recuerdo el nombre del bar, la verdad. Quizás alguna de mis amigas lo recuerde. Sé que un par de años antes en aquel mismo bar sentí que alguien me miraba y me veía por primera vez. La persona que entonces ocupaba mi pensamiento, me hizo sentir única. Aquello duró apenas un instante, en un par de semanas me cambió por otra más espabilada. Pero aquel primer acercamiento dio lugar a una historia que comenzó un par de meses después, exactamente lo que le duró la espabilada que resultó tenía la cabeza hueca e iba justita de materia gris. Hay una foto de ese día. La voy a buscar y aportarla como documento gráfico. De aquel grupo, al que desgraciadamente ya le faltan miembros, quedan apenas cenizas. En estos años nuestros caminos se han ido separando y con algunos ni siquiera mantenemos un mínimo contacto de cortesía. Sin embargo, otros hemos crecido juntos y seguimos estando ahí, algunas incluso estamos siempre en todas las fotos de las otras. En aquel tiempo si había una foto, había un hecho importante. Si estabas en la foto, estabas en la historia. Si estabas en la historia es que la compartías o la habías compartido, o sea, que directa o indirectamente tú también habías sido protagonista o testigo de ese momento.
En la zona del Cristo había un montón de merenderos y sidrerías. En el Benidorm celebré mi dieciocho cumpleaños. Recuerdo que había otra chica con su pandilla cumpliendo el mismo ritual. Nunca la olvidé. Algunas veces todavía me la encuentro por la calle de este Oviedo nuestro. Parece ridículo que recuerdes según qué cosas. La memoria es caprichosa y muchas veces se comporta de forma absurda o mejor, la memoria que es caprichosa, de repente, te recuerda lo que de verdad fue importante para ti una vez, aunque te parezca una auténtica nimiedad. Lo importante de mi dieciocho cumpleaños no fue el sitio donde lo celebré, ni la pandilla que estaba en la mesa de al lado, ni la sidra que tomamos, lo verdaderamente importante eran los años que cumplía y lo que suponían aquellos años, quienes estaban conmigo aquel día y por eso en mi recuerdo se han fijado tan bien el resto de las cosas. En el Javier, que tenía bolera, tomamos cien mil cajas de sidra y nos besamos tantas veces. Los años me hicieron conocer a la familia que lo regentaba, gente entrañable y amiga. En Casa Miguel, más conocido como “cara perro” entre nosotros o como "el loco de la colina" pasamos muchas mañanas de primavera el tiempo que la Facultad de Historia estuvo en el Campus del Cristo.
Seguir la ruta de aquellas sidrerías te llevaba hasta lo que es la Iglesia del Cristo de las Cadenas, cuya popular romería se celebra el domingo siguiente a San Mateo y remata, por decirlo de alguna manera, la estación estival. Hoy hay otro templo que ejerce de parroquia, un templo acorde a las necesidades de un barrio en expansión, aunque viendo el devenir de esta sociedad probablemente la pequeña iglesia fuera más que suficiente.
Ya no existe ninguno de esos bares. Todos tenían patio y mesas en la calle para robarle al sol pequeños rayos de luz cuando los días empezaban a crecer. A aquellos merenderos, que forman parte de nuestro tiempo pretérito imperfecto, los borró la especulación y la pretensión de convertir aquel barrio que había crecido a la sombra del Hospital Central en un barrio residencial. No queda claro cuál será el futuro de la zona ahora que el HUCA se traslada definitivamente a sus nuevas instalaciones. Mudanza que está aconteciendo estos días y que abre un nuevo capítulo de la geografía urbana de esta vetusta ciudad, pero ésa es otra historia.

P.D. Ya sé como se llamaba el bar sin nombre: el Montaña. Nosotros íbamos al prao de atrás que siempre tenía la yerba alta. Nunca entenderé como nos dejaban pisar aquella yerba. Resulta que me ha dicho Ana, una amiga que sabía yo que lo sabía que los que regentaban ese bar eran los padres de Toni. Toni y Maribel tuvieron mucho tiempo una casa alquilada en Salcedo. No si va a resultar que de verdad el mundo es un pañuelo.


2 comentarios:

  1. Un encanto. . . prometo leerte despacio, siempre puede aportar al conocimiento . http://conmilamoresyseda.blogspot.com.es/

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