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domingo, 18 de mayo de 2014

Regalo de cumpleaños.

Tiene un sueño recurrente. Dos niñas, próximas a la edad de dejar de serlo, se acercan a un lago. Hace mucho calor. Una propone bañarse y lo hace, la otra dice que no se mete. Tiene miedo, se queda en la orilla guardando la ropa. La que se ha bañado sale y se sienta a descansar junto a la que no se ha metido en el agua y le dice: “Oye, tienes que atreverte, prométeme que la próxima vez lo harás” Ella la mira y le dice: “Sí, tranquila.” Y sigue mirando al infinito, más allá de donde se acaba el lago. Una es fuerte y decidida, la otra simplemente lo parece. De repente, el sueño se acaba y vuelve la realidad.
Llevan juntas muchos años, por fortuna demasiados. Años que delatan que se están haciendo mayores. Un día el destino quiso que estuvieran juntas en el mismo punto del camino, en el instituto, en uno cualquiera. Eran unas niñas. No sabían nada de la vida. Allí empezaron a vivirla.
Pronto el mundo creció para ellas, extendiéndose a su alrededor y moviendo las fronteras. Se acabaron los juegos, empezó la experiencia. Se abrió su horizonte y junto a los nuevos límites, crecieron sus sueños. Llegaron los hombres a sus vidas, los malos y los buenos. Aterrizaron en su planeta al mismo tiempo: primeros besos, primeros abrazos, primeros desengaños. Vivieron amores imposibles, amores sin principio, ni final, amores terrenales y celestiales. Historias sin pies ni cabeza, historias con final feliz. Ambas en lo mismo, transitando por sendas semejantes, los mismos argumentos, distintos desenlaces. Y entre la Escuela de Magisterio y la Facultad de Derecho abandonaron definitivamente el nido y aprendieron a volar solas. Nuevos caminos y nuevas amigas que en lugar de empequeñecer su amistad la fortalecieron. Fue época de cafés en el Dólar, en el Rialto, en Logos, la calle San Francisco y la Plaza del Riego, lugares comunes. Fue un tiempo de encuentros y desencuentros, pero entre ellas nunca nada perturbó su hermandad. Tantas horas juntas a la salida de la biblioteca, esperándose en el patio del Edificio Histórico de la Universidad donde una de ellas tenía una beca, mientras la otra decidía qué clases podía fumarse. Una era serenidad, la otra energía. Una fue consuelo, la otra fue alma en pena. Una se empeñó en que no era justo dejar cosas en el aire, la otra quería esconderse y desaparecer. Había que dejar que las heridas cerrarán y ambas lo sabían. Y vinieron mil tardes de mistela y Secretos en el Cuentu cuando el tiempo transcurría cadencioso y ellas lo que querían era velocidad. Nada hacía presagiar que pronto añorarían aquel espacio, aquella música y aquella forma lenta de pasar las horas. Aquellas cuatro paredes donde vivían al ritmo del garaje. Todavía lo echan de menos, como echan de menos los días sin problemas, sin hipotecas, sin responsabilidades, sin enfermedades dejándose llevar y haciendo planes
En setiembre hará 30 años de aquel encuentro y todo este tiempo han estado ahí, una al lado de la otra, creciendo y madurando, esquivando los avatares de la vida y metiéndose en los charcos, cumpliendo años y envejeciendo. La vida se ha portado bien con ellas, relativamente bien como se porta siempre.
Hay mujeres que son guapas por dentro y por fuera. Hay mujeres que bajo una apariencia de fragilidad esconden grandeza y fortaleza. La fortaleza suficiente para seguir luchando cuando lo fácil es tirar la toalla y rendirse y lo difícil es afrontar lo incierto del futuro. Una grandeza que se plasma en decisiones arriesgadas como tener una hija sabiendo lo que esto suponía para su lastimada salud, sabiendo que merecía la pena. Hay apuestas que se ganan porque lo más importante no es apostar sino creer que vas a ser ganadora. Hay mujeres que asumen retos cuando el reto más grande es vivir. Hay mujeres que toman las riendas de su vida porque saben que son las auténticas protagonistas de la misma, que conducen con mano firme aunque la carretera sea sinuosa y esté llena de curvas. Mujeres que se caen y se levantan, una y otra vez, todas las que haga falta, porque la vida es caerse y levantarse. Todas ellas y alguna más son Katia, la dulce Katia. Cada año recibo emocionada el regalo de su amistad, su presencia callada y silenciosa, su elegancia, su forma de estar y de ser, su mirada limpia que ve siempre más allá de lo que yo quiero que vea, más allá incluso de lo que yo misma veo, porque lo que no sabe, lo adivina o lo intuye, aunque a veces su cuerpo no le dé tregua para adivinanzas. Mi regalo es ella.
Hoy quiero darle yo mi amistad incondicional. Quiero darme, llena de defectos y virtudes que ella conoce y ¿acepta? bueno, mejor que entiende. Qué suerte que hemos tenido. Qué suerte estar rodeada de gente con esta calidad. Qué suerte habernos encontrado en el camino. Qué suerte formar parte la una de la tela de araña de la otra.
Lo que quiero escribir hoy 19 de mayo de 2014 y compartir con todos, es que cada una de mis amigas es especial. En mi colección particular y exclusiva las tengo a todas: la inocente y la coqueta, la lunática y la terrenal, la luchadora y la vencida, la que se quedó y las que se fueron,  a las que no desdibuja el tiempo a pesar de los años y siguen en mi aunque no junto a mi. En realidad cada una es todas a la vez. Hoy es el cumpleaños de una sola (y su aniversario de boda, siete años ya de aquel día precioso, familiar e íntimo, en el que celebrábamos también la futura venida del bendito fruto de su vientre, Daniela) y quiero decirle que estoy muy feliz de haber estado, de estar y de seguir estando presentes la una en la vida de la otra, compartiendo viaje. Este, el viaje que es nuestra vida y que es la aventura más emocionante que tenemos. Quiero que sigas aquí en mi balsa de náufraga, tendiendo puentes que yo me encargo de echar abajo, intentando arreglar lo que yo desarreglo, poniendo luz u oscuridad, según vayamos necesitando. Hace treinta años coincidimos en una clase despertando a la vida y hoy espero que continuemos juntas durante el resto del camino que nos queda. Si me caigo necesitaré tu mano para seguir. Y que no olvides que como dijo Benedetti tú también sepas que puedes contar conmigo. Apostaría a que esto nuestro será para siempre.

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