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martes, 27 de mayo de 2014

Lo que te contaría de "Ida" de Pawel Pawlikowsi

Fuí a Gijón a ver Ida de Pawel Pawlikowsi. Y me ha encantado. Salí del cine en shock a pesar de la tarde que hacía (me quedé con ganas de caminar por el muro pensando en la historia tan dura que me habían contado y en la manera tan guapa en que lo habían hecho), porque el desenlace para una de las protagonistas me resulto un poco fuerte. Hay una escena en concreto delante de una fosa, un gesto de Wanda y una pregunta de Ida (las protagonistas), de ésas que te ponen un vacío en la boca del estómago y que te hacen entender que la vida de uno depende de un instante, de una decisión propia o ajena, acertada o no. No dejéis de verla.  Es una de esas joyas, metraje breve, apenas 80 minutos, en blanco y negro, que pasan desapercibidas para la mayoría de los espectadores por culpa de una deficiente distribución y, para que negarlo, debido también a que se salen de lo puramente comercial, pero estas pelis también hay que ofrecerlas porque satisfacen la curiosidad y la necesidad de personas a las que como yo les gustan las cosas diferentes. Ya sabéis que soy un poco rara, qué le voy a hacer. Más rara que sería si no fuera por el mundo encorsetado en el que vivo. A mi me gusta andar descalza por la yerba y cuando lo cuento o me ven así, descalza, la gente cuanto menos se sorprenden. Soy, apasionada y arrebatada en todo, o en casi todo. Hace poco me dijeron que yo era siempre yo misma, en todo lo que hago y digo, menudo piropo, ¡qué poco me conocen! Lo que si es verdad es que intento poner lo mejor de mí en cada cosa, en cada abrazo, en cada beso, incluso en las cosas que hago mal y en las que estoy equivocada, en los abrazos que no doy y en los besos que se quedan en el camino.
Volviendo a Ida. Había visto el tráiler y me había parecido interesante, pero si no es por un cinéfilo amigo que me provocó y me llevó de la mano hasta los Cines Centro (decididamente "Gijón es más") reconozco que se me habría escapado a salvo de un posterior rescate en dvd, si llegado el caso, Ovidio Parades le dedicase una entrada en su blog. Y allí estaba yo sentada, viajando al pasado, en una butacas de los cines de antes, incómoda, con una decoración ochentera y escuchando a Bruce en el hilo musical. De repente, me vi en una de las antiguas salas de Valentín Masip, donde también vi películas fuera del circuito comercial, donde también fui un bicho raro en busca de tesoros. El mismo olor, la misma decoración, los mismos asientos, incluso la misma publicidad y la salida al finalizar la sesión por debajo de la pantalla (Modo nostalgia on)
Fuera de que Ida es la "película de la monja" porque es lo primero que vemos: una novicia limpiando una imagen en un convento gris durante un frío invierno, el director nos regala dos personajes de mujer espléndidos. Ida es una joven novicia a punto de hacer los votos a la que su superiora envía a conocer a su tía que es el único miembro vivo de su familia. Durante el encuentro con ella descubrirá cuál es su pasado. Juntas inician un viaje en coche en busca de enfrentarse a ese pasado y a ellas mismas. Ida deberá de conocer lo que el mundo le ofrece fuera de los muros del convento y Wanda deberá de enfrentarse a si misma y a su tremendo dolor que le conduce de cabeza al abismo. 
Con un casting fantástico: una madura, Wanda, interpretada por Agata Kulesza y una joven Ida, interpretada por Agata Trezebuchowska, que están soberbias de guapas. Una Ida contenida, una Wanda desbordante. Los primeros planos de ellas sostienen la película, de hecho, no harían falta escenarios. Ellas dos y los diálogos tejiendo la historia personal y familiar de ambas. Las dos Agatas, en mi opinión, bordan dos papeles de mujer de ésos por los que muchas actices matarían. 
Tres temas principales: uno inagotable, la 2ª guerra mundial y sus consecuencias, Polonia durante la posguerra, lo vivido por el pueblo judío, también por los judíos que se salvaron de los campos de exterminio, el miedo y el destino en manos de otros con más miedo incluso que nosotros. El semillero de vocaciones religiosas, reales o no, que en la década de los 50 y los 60 ofrecieron la miseria y la orfandad. Uno universal, la culpa. No se sabe muy bien cuál es el motivo que esconde la tía detrás de esa vida de excesos e imprudencia, de alcohol y de sexo de una noche, qué intenta ocultar, cuál es la razón de su soledad y su brutal complejo de culpa. Una mujer del partido, dura y cruel, impartiendo justicia con mano firme y sin compasión. Brusca hasta para comer un panecillo. Sin embargo, es el nexo de Ida con el mundo exterior, la llave a lo desconocido, a lo que se le ofrece para cogerlo, a lo que está dispuesta a renunciar. Un pasado desconocido que se revela, un presente que las conmueve y las perturba de distinta manera y un futuro ¿en paz?, un futuro diferente para cada una de ellas; y un tema intemporal, el despertar a la vida.
Y es que Ida se enfrenta a la vida. La vida en forma de belleza, de carnalidad, de música, de su melena pelirroja, que se ve aun sin color en contraste con su piel tan blanca, inmaculada, virginal, de zapatos de tacón. Se enfrenta a todo aquello a lo que va a renunciar una vez que dé el paso para el que se prepara.
La música y la fotografía, el invierno y el frío, los árboles del bosque y los baches de la carretera, las manos escarbando en la tierra y los pies de puntillas aprendiendo a bailar. Todo está cuidado y orquestado para que esta película no nos deje indiferentes. Lo dicho, no dejéis de verla.
 

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