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martes, 22 de abril de 2014

Onicofagia

Onicofagia: (Del gr. ὄνυξ, -υχος, uña, y -fagia).
                    1. f. Costumbre de comerse las uñas.

"La onicofagia surge por problemas internos de la persona -siguió hablando el policía - como puede ser la necesidad de autoflagelarse, por ejemplo, o un autocastigo por no sentirse a gusto uno consigo mismo."
"- Bueno... -concluyó Andrés Hernández, viendo que la joven policía no le hacia ningún caso -, morderse o comerse las uñas no es un mal ocasionado por la ansiedad y el estrés de la vida diaria, como algunas personas pueden pensar, el problema de la onicofagia radica en lo más profundo de la persona, donde se encuentran grabados los patrones de comportamiento que hacen que la víctima de este mal no pueda evitar llevarse los dedos, de forma impulsiva, a la boca y desguazarlos con los dientes."
Esteban Navarro en "La noche de los peones"

Cuando era pequeña se mordía las uñas. Era una manía como otra cualquiera. Una forma de enmascarar su timidez, sus miedos. Timidez que suplía con otras virtudes: era responsable con sus cosas, trabajadora en el colegio y buena estudiante, educada y cariñosa con sus mayores. María era una niña modelo, pero era tímida, tremendamente tímida. ¿Qué podía hacer si cada vez que alguien se dirigía a ella se le ponía colorado hasta el cuero cabelludo? Todavía le pasa ahora que ya es adulta. Pero de pequeña aquello le superaba, no podía evitarlo.
De aquel impulso suyo por comerse las uñas, en aquella especie de matriarcado que era su familia materna, culparon a su tía Alicia. Alicina como la llamaban en casa que no era ni la más lista, ni la más agraciada y que también se comía las uñas. Aquella tía suya, que no tuvo mucha suerte en la vida, era sobre todas las cosas buena persona, tan buena que se pasó meses durmiendo en una silla de playa al lado de su hermano enfermo terminal de cáncer. Así que la pobre ¿cómo no iba a morderse las uñas?
María no es consciente de haberse mordido las uñas nunca por imitación de su tía, de hecho no recuerda ni que su tía las mordiera.  Sin embargo, si recuerda que ella y su mejor amiga de aquellos días tenían esa manía. Tenían esa como podrían haber tenido cualquier otra. Duda mucho de que ninguna de las dos, con fuerte personalidad y carácter propio a pesar de ser tan pequeñas, lo hicieran por imitar a nadie. María cree que nunca ha imitado a nadie, ni en eso, ni en ninguna otra cosa.
El caso es que ella, cuando llegó al instituto, dejó de morderse las uñas. Con 14 años se le soltó la lengua, incorporó a su lenguaje algunas palabras mal sonantes que nunca antes había dicho, pues en su casa a sus padres nunca los escucho blasfemar y con las monjas nunca se habría atrevido y, como por arte de magia, abandonó la fea costumbre de martirizar y estropear sus manos. De aquel tiempo conserva su hábito de llevarlas siempre cortas, muy cortas. Se las corta tanto que a veces le duelen, sobre todo, los primeros días, al contacto con las teclas de su ordenador, hasta que empiezan a crecer.
María tiene uñas débiles, pequeñas y cuadradas, son el fruto de tantos años machacándolas haciendo lo mismo. No tiene las manos feas, pero podría tenerlas más bonitas si se las cuidase un poco porque entre el trabajo que tiene y lo poco que le gusta fregar, lo que menos sufre en su vida son sus manos... Pero esa es otra historia.
Acabada su etapa de Instituto, empezó en la Facultad. Ese fantástico tiempo donde dejas definitivamente la inocencia para empezar a tomar decisiones. Comenzó a salir con chicos. La vida tranquila y sin problemas de la que había disfrutado hasta el momento empezó a cambiar. No era muy diestra en sus relaciones con el otro sexo, más bien era bastante torpe. Su timidez casi enfermiza que había disfrazado de una cierta autosuficiencia y una importante capacidad resolutiva quedo a la luz y mostró todas las grietas de aquella armadura. Tuvo que salir de la biblioteca donde había permanecido escondida, parapetada detrás de los diccionarios de Latín y Griego y enfrentarse a su primera relación adulta. Aquella relación, abocada al fracaso casi desde el principio porque muchas veces quererse no es bastante, supuso su primera derrota y sus manos empezaron a sufrir otra vez. Esta vez de manera distinta, como un castigo físico que ella misma se imponía. Necesitaba sentir que el dolor que estaba pasando por aquella deriva sentimental fuera real y no sólo del alma. Se avergüenza hoy tantos años después. Se avergüenza pensando en su madre que ya no sabía que hacer para que su niña adulta, atenazada por el miedo, dejara de destrozar sus manos. Sus pobres manos y sus dedos indefensos, que no tenían ninguna culpa, sufrieron aquel primer fracaso que fue amoroso, pero que de haber naufragado en otra cosa su inconsciente habría actuado igual. Se avergüenza de haber tapado sus heridas con tiritas, rojas de mercromina para no perderlas de vista y recordarle lo que no debía hacer, de haber tenido que esconder sus manos tantas veces, de tener que curarse los muñones infectados. Sus amigas miraban para otro lado para evitar ponerla en evidencia si le preguntaban. Se avergüenza, pero aprendió la lección o eso cree. Por aquellos días, una vez pasado lo peor y en aguas más tranquilas, leyó por primera vez "Cien años de soledad" y decidió que aquel iba a ser para siempre el título de su vida instalada en su Macondo particular.
La mujer que es ahora ha tenido suerte. La suerte justa, ni más, ni menos. La que se merece. Tiene un buen trabajo y un piso bonito, sus montañas y a su amiga más fiel,  además está rodeada de gente que la quiere. No arriesgó mucho más en el juego del amor, lo reconoce. Y aún hay días que recuerda lo que decía su abuela "Mari, la vida es riesgo. Atrévete" pero es relativamente feliz como casi todos los que presumen de serlo. La felicidad completa no existe, se compone de trocitos más o menos grandes, más o menos duraderos. Desde hace años, muchos años no ha vuelto a castigarse, al menos, no físicamente.






                  
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