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sábado, 19 de abril de 2014

"La noche de los peones" de Esteban Navarro.

Cuando elijo la obra de un autor sigo fundamentalmente dos pistas: la primera, que se trate de una recomendación de alguien o que haya tenido alguna referencia de esta o aquella obra por medio de un conocido, la segunda es la intuición. La intuición me la da un título, una portada o, en este caso, una cara y un titular en un encuentro con lectores en Azuqueca de Henares “Uno ha de escribir sobre lo que sabe” dice Esteban Navarro. Normalmente ni las recomendaciones (estoy rodeada de grandes lectores con muy buen criterio), ni la intuición me fallan. Será que, de tanto escuchar a los que saben y leen más que yo o recomiendan mejor, ya tengo un sexto sentido propio cada vez más agudizado que me ayuda en mis decisiones de compra. No compro todo lo que quiero, pero si compro más de la media, creo que mucho más, la verdad.
A Esteban Navarro lo encontré en el muro de Lorenzo Silva. Ese es otro factor a tener en cuenta, las redes sociales y la inmediatez de las mismas. Reconozco que si no fuera por ellas yo nunca me hubiera atrevido a dirigirme a ninguno de estos autores. El anonimato que te dan te ayuda a lanzarte, aunque yo anónima cero pues tengo en mi perfil mi nombre completo y mis dos apellidos. La posibilidad de conectar en un mismo momento a personas que están a miles de kilómetros de distancia, que no se conocen y que, de repente, se hablan desde el respeto es algo fantástico (por lo menos, por lo que a mi respecta, siempre desde el respeto y así he recibido sólo la misma moneda: respeto y educación) El caso es que encontré a este hombre que me resulto particularmente atractivo y que afirmaba que el escritor sólo debe de escribir acerca de lo que sabe. Totalmente de acuerdo con la sentencia, aunque eso signifique que yo no podré escribir nunca sobre la mayoría de los temas que me apetecen y me gustan porque no sé de ninguno, bueno sí, podré escribir sobre sentimientos que en el fondo son lo que mejor se me da. Y aquí estoy yo escribiendo sobre la novela “La noche de los peones” y las sensaciones que me ha suscitado.
“La noche de los peones” es una novela policiaca sin serlo realmente. No es una novela negra al uso. Hay un cadáver, bueno más bien hay un muerto, pero su muerte no obedece a un hecho violento, ni a un crimen. Los protagonistas son policías y hay un misterio que sobrevuela todo el rato las salas de la Comisaría dónde se desarrolla la acción. Dos personajes antagónicos que no lo son tanto, cuya profesión es ésta pero que podría haber sido otra cualquiera, siempre que se dieran las condiciones de coincidir en tiempo y espacio, uno como veterano y otro como aprendiz o en prácticas. Andrés es un policía con más de veinte años de servicio, Diana es una joven recién salida de la Academia que coinciden una noche haciendo servicio en la Comisaría de Huesca. Esa misma noche Andrés se entera que Miguel, un antiguo amigo suyo, ha venido a morir a esta ciudad provinciana, no a otra, y que lo estaba buscando. Ese es el punto de partida.
Tengo que reconocer que la novela me engancho desde el primer momento, aunque al principio el tal Andrés le da una charla a Diana acerca de las personas que se muerden las uñas en la que me vi totalmente reflejada, lo que me fastidia especialmente y pensé “vaya éste es el típico tío que es un brasas y va a agobiarme a la chiquilla”, pero para nada.
El autor dibuja dos personajes y con ellos refleja de forma magistral el conflicto generacional, dos formas de ver la vida y de enfrentarla, dos formas de trabajar, dos diferentes mochilas con las que cargan. Uno será el salvavidas del otro y viceversa. El de 45 años ha vivido prácticamente la mitad de su vida navegando entre dos aguas, la legalidad y la delincuencia para al final decantarse por ser bueno antes que malo. Soy consciente de que retrata a una parte importante de la juventud postconstitucional, muchos de los cuales acabaron delinquiendo tras haber caído en las garras de la droga. Yo que afortunadamente soy un pelín más joven, fui testigo de ello, sobre todo, en mis tiempos de instituto. Todos están muertos. La droga se llevo lo mejor de los ochenta que no era ni la música ni la movida, sino a muchos de nuestros jóvenes.
Ella que tiene 20 pasa unos años luchando entre el poder que da la belleza presente, pero con fecha de caducidad y la opción de tener un poder perenne avalado por la autoridad y toma una sabia decisión. Una mujer bella tiene un poder importante y peligroso si quiere ejercerlo, pero la belleza se marchita, se agota. Diana decide con inteligencia que una placa y un arma le dan un poder duradero al menos mientras lo haga el servicio activo y opta por el camino legal. Ambos tienen un pasado que les pesa y ambos guardan un secreto, él lo confesará, ella no y al final será el azar el que cruce sus caminos.
Tengo que reconocer que no fue hasta la página 230, cuando apenas me quedaban un puñado de ellas para acabar que descubrí cuál iba a ser el giro que conduce al desenlace, lo que va a suponer el detonante para que ambos cojan el toro por los cuernos, se reconcilien con su historia y puedan hacer frente a lo que venga. Me sorprendió gratamente. Encajan las piezas del puzle, se cierra el círculo.
El autor sitúa el grueso de la trama principal en las dependencias de una Comisaría a lo largo de una única noche de servicio que va a cambiar sus vidas. Casi cumple con la regla de las tres unidades aristotélicas: acción, tiempo y lugar. Es por ello que la veo representada en un escenario, los personajes secundarios tienen su peso justo, ni más ni menos, lo mismo que los otros escenarios a los que se asoman apenas un instante: el hospital y un albergue de transeúntes. No creo que sean prescindibles en el conjunto, pero podrían serlo en una representación teatral.
Hace también Esteban Navarro, entre otras muchas, una llamada a la reflexión cuando todos tratan anónimamente al muerto. Muerto al que llaman de mil formas diferentes menos por su nombre. Me gusta esto. Todas las personas con las que nos cruzamos en la vida tienen nombre, sean sin techo o no, tienen nombre y una historia a sus espaldas. No está mal recordar que el hombre que duerme en el cajero, en los soportales de la plaza, debajo de un puente son personas como tú y como yo a los que la fortuna les ha deparado ese sitio pero ¿por qué no otro?
De momento, voy a seguir leyendo la obra de Esteban Navarro. Os recomiendo su novela. Y por mi parte me he decidido a participar en un taller de lectura acerca del género negro. Es lo que más me apetece ahora mismo. Sé que yo no escribiré ficción de este tipo, pero ¿quién sabe? igual sigo descubriendo pequeñas (y grandes) joyas literarias y con ellas a sus autores.

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