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sábado, 24 de marzo de 2018

En el silencio oigo tu corazón y el mío acompasados.

En el silencio de la noche
oigo la nieve convertida en agua, 
agua que baja por el camino en busca de un regato que la acoja. 
Oigo también, 
si me esfuerzo un poco, 
el agua que corre, por fin, en la fuente con fuerza, 
con mucha fuerza después de tanta sed en el verano.
A veces oigo ladrar a un perro que está lejos, durmiendo afuera, a diferencia de Lola que duerme dentro, 
y que, seguro, ladra a un raposu que se ha aventurado por la aldea en busca de una presa que llevarse a la boca, 
o le ladra a una sombra que no reconoce como la suya propia. 
Rara vez oigo el coche de un vecino que vuelve a casa a deshora. 
Pero lo mejor es cuando no se oye nada, 
pero nada, 
nada.
Entonces en el silencio,
oigo crecer las flores que se abrirán por la mañana, 
oigo salir los brotes que serán frutos en unos meses, 
oigo pasear a una salamandra entre la hierba mojada del jardín, 
oigo eclosionar los huevos que serán ranas y serán sapos,
oigo a los caracoles echar carreras,
y oigo la nieve caer, 
pero eso sólo lo oigo en el mágico silencio de la noche,
idéntico el silencio de la nieve al que se instala entre nosotros dos cuando nos miramos y nos reconocemos.
A veces hasta escucho crecer tu barba que rascará por la mañana cuando te acerques a despertarme. 
Oigo tu voz sacarme de mi ausencia,
transformando en interés mi desapego.
Y siempre, siempre
oigo tu corazón con idéntico ritmo al mío.

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