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lunes, 8 de mayo de 2017

En el regreso a casa.

El sábado viniendo de Libroviedo, Claudia y yo subimos a un autoestopista. Realmente no era un autoestopista es sentido estricto. Estaba en la parada de autobús esperando, cargaba un saco blanco pero en aquel momento lo tenía posado en el suelo, a su lado. Esperaba que alguien pasará para arriba. Nos dijo a quien esperaba, pero no tengo muy claro de si esperaba por esperar, si se había parado allí al lado del indicador de la parada de casualidad o si realmente esperaba a ver si pasaba la persona que mencionó. Di la vuelta, mientras en mi cabeza me decía si estaba haciendo lo correcto al tiempo que se lo preguntaba en voz alta a Clau, que bromeó con la situación y me dijo que sí, que lo cogiera. Lo recogimos con la sensación de quién recoge un gatín o un perrín perdido o herido o "muertu fame" o todas estas cosas juntos a la vez. Subió al coche más feliz que una perdiz y manifestando su agradecimiento. Y entonces, el viaje que hasta entonces había sido una conversación de dos amigas hablando de la presentación a la que habíamos ido esa tarde en Oviedo, se transformó en un viaje nuevo. Comenzamos un viaje diferente. En los treinta minutos que duró el trayecto diseccionó para nosotras lo que había sido su vida. Fue como poner un casete a andar. Habló sin parar. Nosotras apenas podíamos asentir a lo que iba contando en un discurso muy bien hilado, correcto y muy educado. Mientras yo pensaba en lo de "escribo como lectora" que había dicho Laura y en un "escucho como lectora" que me surgió a mi sobre la marcha. Cuando llegué a casa no lo escribí porque no era el momento. Tenía un tremendo dolor de cabeza, probablemente del café a media tarde que desde un tiempo a esta parte me cae de mala manera en el estómago, pero quizás también por la emoción compartida y el pensamiento cada vez más lejano de "cuándo seré yo" (no voy a serlo nunca porque me falta capacidad de trabajo y constancia, pero bueno). Amaneció un domingo espectacular, día de la madre, y me decidí a compartir esta reflexión: la gente está (estamos) miserablemente sola. Tener las mismas oportunidades o incluso mejores oportunidades no siempre significa tener la posibilidad cuerda de aprovecharlas. La casilla de salida puede ser la misma, pero la llegada es distinta casi siempre. Efectivamente todos y cada uno de nosotros tenemos una novela, se podría escribir una ayer en apenas un trayecto de treinta minutos en coche. Tres personajes (Claudia, nuestro pasajero y yo misma), un escenario (el interior del coche) y un destino. Un narrador que desde fuera observara a las tres personas que viajan juntas. Las voces internas en primera persona de cada uno de nosotros, lo que nos callamos, lo que no contamos, lo que no quisieramos que supiese nadie ni siquiera nosotros mismos. Y, bueno, podríamos aderezarlo con algo más, aunque quizás no hiciera falta.
Las personas al decidirse por un camino u otro arrastran a muchos y no solo se trata de "un batir de alas de mariposas" aunque tambien y, de repente, me acordé de Babel de Iñarritu, una historia que recordé con eso de que cuando decidimos nuestra decisión siempre afecta a alguien que quizás está a miles de kilómetros de nosotros. A algunas madres les toca bregar con cada toro que ¡valgame Dios! Cuando llegamos a la aldea perdida en el valle encantado le dije a Claudia: "fíjate, este hombre iba a ser personaje de un ejercicio del taller de escritura de Laura y al final me dio pereza". Prometo que voy a retomar ese ejercicio del que solo escribí tres líneas porque todo el mundo se merece ser protagonista al menos una vez en la vida (aunque este hombre tiene historias para dar y tomar). Ahhhhh, ¡Feliz Día de la Madre!, ayer y el resto de días del año, en especial a la mía, a la de Claudia y a la de nuestro anónimo pasajero que bastante "tien pa ella".

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