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lunes, 5 de diciembre de 2016

Lidiar con la vida.


El río que nos lleva.
Elena se preguntaba el otro día en su muro de FB cómo era posible que casi todas las mujeres que conoce, refiriéndose a una cifra bastante elevada, tomaran diazepam, lexatin o cualquier otro nombre comercial de lo que antaño se conocía como "la pastilla de los nervios" para disfrazar sus vidas. Esta reflexión en la que no se entraba si se medicaban ellas por su cuenta o las medicaban originó un interesante debate. Casualmente un par de días antes, el 27 de noviembre en la prensa asturiana se publicaba una entrevista con la primera y única catedrática de Psiquiatría de España que estrena cátedra en la Universidad de Oviedo. Paz García-Portilla González, de 54 años, abre con la siguiente afirmación "La sociedad se ha planteado que no puede sufrir, pero la vida es tener problemas y resolverlos".
De la realidad que conoce Elena (que comparto) y de la afirmación de Paz surge mi reflexión, como siempre personalísima y con la que estaréis o no de acuerdo.
Vaya por delante que yo nunca he tomado ni una sola pastilla para los nervios, ni para exámenes decisivos, ni en momentos de pérdidas importantes en mi vida, ni en momentos de diagnósticos de salud, nunca (bueno, miento, quizás el día que me sacaron un colmillo incluido. Era una pequeña cirugía en el paladar. Creo recordar que junto a la anestesia me dieron algo para que estuviera más relajada, claro que no sé porqué pensaron que iba a ponerme nerviosa). Pues eso, que nunca he recurrido a drogas legales para anestesiar mis emociones, quizás no he tenido problemas lo suficientemente graves o los he gestionado con la cabeza fría, porque complicaciones siempre hay, no vamos a negarlo. De hecho lo normal es que las dificultades te acechen en cada esquina y nunca conoces cuando pueden salirte al encuentro. La falta o la pérdida del trabajo, las relaciones de pareja o la ausencia de ellas, las relaciones familiares siempre o casi siempre delicadas, la realidad política y social, un mínimo de sensibilidad ante los problemas ajenos. Y preguntas del tipo ¿cómo se puede ser feliz ante tanta infelicidad?, pero ¿qué es la felicidad? ¿existe siquiera? ¿hay felicidad completa o porciones de felicidad? ¿existen fórmulas para ser felices? ¿son fórmulas universales o cada persona tiene su propia fórmula? Mil y una preguntas y tantas respuestas como hombres y mujeres hay en el mundo. Si te aventuras a vivir tu vida, la senda que recorras coqueteará en ocasiones con sentimientos como el dolor ante las pérdidas y el miedo a tomar decisiones, la inseguridad ante los cambios y la soledad, el aburrimiento ante la monotonía y el hastío... por decir algo. Si te arriesgas a vivir, la vida no te va a ofrecer una alfombra roja y no será un camino de rosas, nadie te hará la ola.
No hablo, en ningún momento, de enfermedades ni transtornos mentales reales y con diagnóstico, el problema que enfrentamos casi nunca es mental sino de gestión de emociones. Esto no quiere decir que no haya momentos en nuestra vida que no tengamos una descompensación que necesite de la química para ayudarnos a seguir, pero en palabras de García-Portilla muchas veces "Se trata de problemas de la vida cotidiana de las personas, la psiquiatría no tiene respuesta para ello. Hay que adaptarse a las crisis que cada uno tiene en su vida". Y en estos casos, Paz recomienda, antes que "la pastilla de los nervios" "ejercicio y vida sana, un poco de aguante y resilencia" y ¿cómo se aprende a ser resilente? pues con educación e inteligencia emocional, canalización de emociones, aceptación del sentido de la vida,... En "Más Platón y menos Prozac" de Lou Marinoff, por poner un ejemplo, la chica que no encontraba novio no se planteaba que hacia mal, sino que se enfangaba en su fracaso por no tener pareja y la respuesta era cambiar de hábitos para ver si por otro camino podía alcanzar lo que quería. Pero claro, vivimos en la sociedad de la inmediatez, de la ausencia de frustración, de la ley del mínimo esfuerzo, de que nadie aplaude al que con trabajo y tesón consigue sus metas, del "vamos a darles todo a los niños no sea que sufran". La vida de los adultos es frustración. ¿Cuántas veces conseguimos realmente cumplir nuestros sueños? ¿Quién se sienta con un niño a explicarle porqué se muere su mascota? ¿Quién acepta serenamente perder a quién quiere aunque la muerte es lo único cierto de la vida? ¿Por qué coño nadie le dice a Conor O'Malley en "Un monstruo viene a verme" qué va a pasar con su madre (mientras piensas qué horror de realidad la de este niño)?



Todos tenemos algo que nos atormenta, enfrentarlo es la solución. Aprender a estar solos y a aceptarse, comprender al otro intentando ponerse en sus zapatos, quererse más e intentar ver que la luna es imposible de alcanzar, pero que está ahí para iluminar nuestros insomnios, aprender de nuestros errores, crecer en la quietud y el silencio. Yo soy una persona muy llorona, creo que eso me ayuda a canalizar muchas cosas, lloro hasta vaciarme, quedarme sin lágrimas. Las lágrimas son sanadoras y liberadoras. La crisis que vivimos ha especulado con nuestras vidas hasta la extenuación, no digo yo que llorar nos ayude mucho, pero empastillarnos nos ayuda menos. Ojalá la felicidad viniera en pastillas. Todo sería más fácil, mucho más.

1 comentario:

  1. Pienso que hay situaciones en la vida que cuesta mucho sobrellevar y que no se pueden evitar, hay casos en los que un paseo, una tarde con amigas, hacer deporte o cualquier otra recomendación bienintencionada no valen para mitigar el infortunio. A veces hay que convivir con situaciones estresantes cada día, por ejemplo, si tienes un hijo con una enfermedad mental. Hay casos en los que una pastilla te va a ayudar a sufrir menos, sin que eso suponga que estés atontada o que te vaya a crear una adicción. ¿Por qué culpabilizar a los, sobre todo a las (sobre las que cae el peso del cuidado de los que tiene alrededor) que la necesitan?
    Yo no me atrevería a ser tan tajante, probablemente porque soy mucho más mayor que tú, Bea.
    Un abrazo.

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