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jueves, 21 de mayo de 2015

Juan y Marta. El jardín.

Marta siempre quiso dejar la ciudad, alejarse del asfalto y cambiar de vida. Respirar era su objetivo vital. Siempre había sabido que su lugar no era aquel. Estaba harta de su trabajo, bueno no, estaba harta de la falta de él. El estudio de arquitectos que había montado con su hermano y en el que habían puesto toda su ilusión, hacia años que no recibía ni un cliente. De hecho ella, que se había reinventado, pasaba muchas tardes y últimamente también muchas mañanas, haciendo galletas y tartas, bizcochos y magdalenas que había conseguido colocar en muchas de las confiterías y panaderías de la pequeña ciudad donde vivía y trabajaba. Y es que la crisis estaba siendo atroz en todas partes. Atroz y devastadora también para las relaciones personales. En los últimos cinco o seis años había ido viendo cómo los matrimonios de sus amigos se desmoronaban, cómo los más fuertes se rendían víctimas de la desesperanza y de la angustia de no saber por donde tirar. Sin embargo, si algo la mantenía con los pies en el suelo eran su marido Juan y su hijo Lucas, los cimientos de aquel frágil universo en el que vivía instalada. Juan reconstruía, día a día, su historia de amor. Deshacía los terrones de silencio que de vez en cuando aparecían, arrancaba las malas hierbas, podaba las ramas enfermas y rotas, sembraba y regaba la tierra. Era el jardinero de aquella vida en común, también era su oficio. Eran relativamente felices, si tenemos en cuenta que llevaban juntos casi veinticinco años. Ambos se esforzaban por avivar de vez en cuando el fuego e iban tirando, cansados, pero juntos. Lucas era un chaval inteligente y estudioso. Iba a la Facultad y al Conservatorio. Dividía su tiempo libre entre jugar al fútbol y tocar el piano. Si alguien los observará desde fuera, formaban una familia normal inmersa en su rutina con algunos breves momentos de luz. Si alguien conviviera con ellos vería las dificultades que tenían para mantener su equilibrio individual y como equipo. Si uno de nosotros pudiera colocarse en sus zapatos vería el esfuerzo enorme que todos hacían para poder seguir juntos en aquella época de turbulencias que les había tocado vivir.
Cuando recibieron la comunicación del Juzgado no podían adivinar como aquella carta iba a cambiar sus vidas. Juan descendía de una familia con origen en el Oriente asturiano que había estado mucho tiempo en la Argentina. Su tío abuelo Luis, que hizo un largo periplo hasta llegar a aquel destino, se casó con una asturiana de Luarca. No tuvieron hijos y, al volver, convenció a su esposa de construir la casa con la que tanto habían soñado en Ribadedeva. La casa estaba construida en una colina, como en una atalaya natural, desde donde se asomaba al mar Cantábrico ese mar con carácter, salvaje y fuerte, vivo y bravío, con sus olas de espuma blanca y azules aguas. Aquel hombre que había estado tanto tiempo fuera había añorado tanto su mar y su tierrina que había sabido elegir el sitio. Nadie podía dudarlo. El azar hizo que fuera Juan el heredero de aquella joya y Marta vio el cielo abierto y adivinó en el horizonte el cambio que tanto deseaba.
Han ido hoy a firmar los papeles en la Notaría de Llanes y a concretar los últimos flecos con el contratista. Fueron varias veces a visitar el sitio antes de proceder a la aceptación de la herencia. La finca no tenía ninguna carga y se conservaba en muy buen estado. Estaba construida con los mejores materiales y Marta tardó apenas unos segundos en dibujar en su cabeza los planos imaginarios de la reforma que necesitaba aquel sitio para convertirlo en un exquisito hotelito de lujo. Tenía muy claro lo que quería ofrecer a sus potenciales clientes, un sitio único, con encanto, un lugar para enamorarse y volver una y otra vez. Les sobraba sitio, harían entre ocho y diez habitaciones dobles con baños amplios, dos en la planta baja adaptados para personas con movilidad reducida, cuatro en la primera planta y otras cuatro en la segunda y una suite en el desván, un par de comedores uno de ellos con una terraza desde la que poder escuchar el sonido del mar. No necesitaban abrir huecos, tenía ventanas suficientes. La casa parecía hecha con el único fin de que Marta llevará a cabo su sueño. Ellos podrían vivir allí, la casa de los guardeses era más grande que su piso de Oviedo. Era igual que haber encontrado un oasis en el desierto.
Juan estaba en el jardín estudiando las posibilidades de aquel espacio, habría que decidir qué plantas conservar y qué plantas nuevas incorporar. Allí podría poner en práctica todo lo que había estudiado en los noventa en Inglaterra. En realidad era paisajista, pero en Oviedo tenía pocas oportunidades. Ahora todo sería distinto, en cuanto pusieran el hotel a funcionar él podría dedicarse a lo que verdaderamente amaba, podría entregarse totalmente a cuidar de Marta y del jardín, por fin tenía tiempo y espacio para ambas pasiones, Lucas se hacía mayor y pronto querría independizarse. Se dio cuenta de que nadie le había llamado en todo el día y se puso a buscar cobertura. Eso había que mirarlo, no era normal que en pleno siglo XXI tuviese que perder tiempo buscando señal. Se colocó al lado de la palmera que indicaba que allí había o había habido un indiano. Tenían que decidirse por un nombre, no acababan de ponerse de acuerdo.
“Coño, tengo más de diez llamadas perdidas de un número desconocido y de mi madre, qué raro” Dijo cuando miró el móvil. Marcó a su madre a casa, siempre lo hacía, no se acostumbraba a que ella también vivía en la era de la tecnología. Llamó de nuevo, esta vez al móvil, le extraño que lo cogiera su hermana, le notó la voz entrecortada, no podía hablar.
- Juan, ¿estás con Marta? 
- Sí, está aquí, creo que en el comedor de abajo midiendo las cortinas.
- Juan, tenéis que venir rápido. Llevamos horas intentando hablar con vosotros.
- ¿Qué pasa? Ya sabes que aquí hay muy mala cobertura y se nos ha ido el tiempo.
- Juan, tenéis que venir.
- Joder, Clara, me estás asustando ¿qué pasa? ¿es mamá?
- No, es Lucas. Ha tenido un accidente.
- ¿Cómo que Lucas ha tenido un accidente? 
- Sí, viniendo del concierto de la Pola. Por favor, tenéis que venir.
- Que sí, coño, que vamos ahora mismo, voy a buscar a Marta y salimos, ¿es grave?
- Juan, por favor, tened cuidado con la carretera. Estamos en el HUCA, os esperamos.


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