Páginas vistas en total

domingo, 5 de octubre de 2014

Estados de ánimo.


Cada mañana igual. Se levanta. Levanta la persiana. Se asoma para ver que tiempo hace. A veces tiene suerte y alcanza a ver la luz de la luna como una promesa de caricia, si esto no ocurre siente la primera decepción del día, como una bofetada. Amanece y, sin embargo, la oscuridad empieza a rodearla. No hay nada que la ayude a sobrellevar lo que supone empezar un nuevo día. Mira a su alrededor y se pregunta si tiene el escenario que quería. Quería un balcón y tiene una ventana. Soñaba con un jardín y tiene una plantina en la cocina, suerte qué sobrevive. Es un regalo, ella nunca se hubiera atrevido a encargarse de algo vivo. Hay días que no puede ni cargar consigo misma. Deseaba una terraza desde la que ver infinitos tejados y sólo ve idénticas ventanas a la suya, ventanas de ladrillo, detrás de cada una, idénticas vidas a la suya. Algunas sin cortinas desnudan sin complejos ni pudor las vidas de los otros.
Prepara café y, mientras tanto, repasa mentalmente las tareas del trabajo programadas de antemano: reuniones con clientes y planificar los pagos atrasados, llamadas por hacer y correo que archivar. Asuntos que enfrentar con buena cara. Prepara la careta que sonríe, será mejor el día. Cada día idéntica rutina, idéntica agonía.
Está cansada. Nunca pensó que estaría cansada nada más levantarse. Un lunes con toda la semana por delante, nada más llegar de vacaciones y lo está. Le queda tanto para que sea de nuevo viernes. Algunos días querría que el techo de su habitación cayera y la aplastara. Un techo convertido en losa de un sepulcro eterno y definitivo. No volver a tener que pensar en reinventarse. No preocuparse más por respirar. Decirle al corazón que deje de latir. Ir apagando uno a uno los servicios centrales de su cuerpo. Abandonarse y dejarse arrastrar por la marea de un mar embravecido, pero eso, por suerte o por desgracia, nunca ocurre.
Hay momentos en los que huiría de esta realidad que le ha tocado. Dejarlo todo. Echaría a correr detrás de aquello en lo que cree, que tanto anhela, pero que no estaba reservado para ella. Es una simple cuestión de propiedad. No le tocó el premio de la tómbola. Nunca le toca nada. "Hay que jugar" le dice su madre con acierto. Pierde el turno y el tiempo, el rumbo y la ocasión. Siempre le tocan malas cartas. No alcanza a comprenderlo. Desconoce ella misma dónde está. Se ha perdido. Hay barro alrededor y la lluvia ha borrado las huellas del camino. Tanto tiempo intentando encontrarse. No reconoce lo que es, ni en lo que se ha convertido. Tan lejos de la meta, cada día más alejada de sus sueños que se van por el desagüe del lavabo. El sumidero se traga lentamente un poco más. No alcanza a mirarse en un espejo y verse. No saben dónde están ni ella ni lo que busca. Acaba de llegar y quiere irse. Se sienta a descansar y se levanta. No sabe si es hambre lo que tiene o será sed. El cansancio que la vence la desvela. Apenas duerme.
Su pelo brillante y abundante se ha vuelto de ceniza. Su útero y su piel resecos para siempre. Muertos. Su vientre hueco, helado como acero, ya no acogerá futuro ni esperanza. Está vacía. Se han apagado las ganas para siempre. Hay manchas prematuras en su rostro, algunas en sus manos, anuncian que ya no habrá más primaveras, ni cálidos veranos. Ha llegado el otoño y se ha instalado en medio del salón para quedarse. Presagio de que está cerca el invierno. Está llegando y trae el frío. Los cálidos y tenues rayos del sol que hablaban de crecer y disfrutar, se han perdido para siempre en su memoria. No habrá más largas y benignas estaciones, habrá que guarecerse en los establos y, al lado de las bestias, esperar que llegue pronto el fin o un nuevo día.
Y ¿cómo ha sido esto? ¿dónde dejó su vida? ¿A quién vendió su juventud? o acaso ¿la gastó sin darse cuenta? "Se te cayó en el parque bajando el tobogán con otros niños, en los recreos del cole, las veces que reímos en el Cuentu bailando el ritmo endiablado del garage. Se consumió en tardes cogidos de la mano contando la lluvia de hojas de los árboles, en sueños incumplidos y en planes fracasados, entre las hojas de los libros que leímos y en algunas traiciones recibidas" ¿Quien decidió su vida?  Nadie le advirtió de la caducidad del juego, de cómo se le echaba el tiempo encima sin haber hecho nada. Es despreocupada la juventud. "Nadie creía lo que decía la abuela y mira ahora. Se nos acaba el tiempo"
Y, sin embargo, algunos días en los que se atreve a enfrentarse al reflejo que de ella le devuelve el  espejo, sigue viendo la niña que quería comerse el mundo, la joven para la que no existían fronteras, la mujer que amaba abriéndose en canal y se entregaba lanzándose a rodar a tumba abierta, la adulta responsable y sin problemas, sin dudas ni mentiras, sin miedos ni complejos, que iba a tener la tierra prometida e iba a disfrutarla poniéndose el mundo por montera. No existía la tierra prometida sólo encontró paraísos falsos que se desvanecían sólo con mirarlos. Sentirse nada, ser nadie.

Recoge rápido sus cosas, no llega a trabajar. Cierra la puerta tras de sí y deja en casa toda la oscuridad que lleva dentro. Afronta un nuevo reto. Se promete intentarlo. Una vez más, quizás la última o quizás hoy encuentre una razón para seguir viviendo que le devuelva la esperanza.

3 comentarios:

  1. Raúl Guerra Garrido tiene un libro que se titula "El otoño siempre hiere", se me ha ocurrido que bien podría ser el título de esta entrada.
    Sobrecogida me has dejado el alma.

    ResponderEliminar
  2. La oscuridad es necesaria para darnos cuenta de la luz que nos rodea. Las ficciones se alimentan de realidades, y las realidades a veces las transformamos para moldearlas y hacerlas "habitables". A veces es necesario arrojar bien lejos la tentación de dejarse llevar. Supongo que estás soltando lastre, y te aplaudo. Es uno de los ejercicios más liberadores que conozco. Entrada oscura, pero cargada de realidad, la que todos (en mayor o menor medida) hemos llegado a sentir en algún momento de nuestra vida. Yo te mando un abrazo!!

    ResponderEliminar
  3. Esta semana estupenda en la que sólo puedo decir que me he propuesto un objetivo que voy a conseguir, hable con una amiga a mitad de semana y le dije que iba a escribir algo sobre la angustia (era un ejercicio que no llegamos a hacer en el taller de escritura en el que participe durante el curso) y le dije que quería escribir algo incluso más heavy pero, ¡mi madre!, si la prota hubiera decidido no despertarse más... Me parece genial haberos transmitido desasosiego, pero mi vida ahora mismo está en un momento de travesía dulce. Es cierto que, por fin, por mi parte hay aceptación de que no voy a ser madre (pero hay muchas formas de serlo, ya encontraré la mía, no os preocupéis) esto que en su momento llego a preocuparme ahora no lo hace lo más mínimo. Desearía a todo el mundo que viviera un momento como el que yo estoy viviendo: sabiendo lo que quiero y lo que es más importante lo que no quiero. Quiero crear emociones y no quiero tener cadenas ¿os parece buen plan para este tiempo? Por favor, no confundáis mis entradas con mi vida, muchas cosas son sacadas de la experiencia, pero yo nunca he tenido afortunadamente una pena negra cogida en el pecho. Quiero escribir del miedo, del dolor, de la enfermedad, del fuego... Y no todo lo voy a vivir, espero... por cierto, el otoño es mi estación favorita. Mañana voy a escribir sobre lo de Grao del sábado, pero tenía esto entre manos y no quería cambiar el orden. Bibliotecas, bibliotecari@s, autores y escritores, libros y árboles, políticos... Va a quedar chulo. Por cierto, Gemma me leeré el libro.

    ResponderEliminar