Pues nada, agotando la órbita de estos 365 días cerramos la puerta de 2018 para no volver a abrirla. Se va con aquel inicio tan malo, tan triste, tan desalentador que supuso la pérdida de Chema el día de Reyes. Chema nos dejó huérfanos, seguimos aprendiendo a vivir sin él. Dejando huecos que será imposible llenar. Llegarán otras personas, otros amigos, otros amores, pero no será lo mismo. Será diferente, quizás mejor, pero no igual. Se va con todo bueno que vino después. Dejando momentos imborrables en nuestros corazones y en la memoria personal y colectiva del concejo que nos ve crecer. Se va el año de los sueños, de las metas alcanzadas, de la confianza en una misma, del crecimiento personal y colectivo. Se va uniendo estelas de personas que se cruzan en la vida como los aviones de hoy en el aire y encuentran espacios que compartir. Personas con nombre y apellidos que me trajeron un mar en calma. Has estado conmigo muchos momentos de este tiempo y he compartido mi intimidad emocional, tengo el reto de que en 2019 seas tú quien la comparta. Se va un tiempo de esperanza y de vida, de presente y de futuro, de tormentas y bonanzas. Un tiempo de remanso y de paz, de navegación tranquila y borrascosa. Sin duda, uno de los mejores años de mi vida. Se va un año más de redes sociales y de amigos virtuales que se desvirtualizaron. Gemma Torres, precioso el rato que pasamos conversando junto al Pantano una tarde gris de niebla de este verano. El año en el que Lola aprendió a compartir, ardua tarea esta y continuó con su periplo de famosa en la red. El año de Bruma que tendría que haberse llamado Tormenta. Un año más de Bea la de Lola que sigue creciendo en trabajo y amigos. Sumamos otro año recogiendo historias de otros y otras, aprendiendo lecciones de vida y contándolas con palabras en ese periódico que tantas alegrías me ha dado, La Voz del Trubia, crezco con vosotros Fernando y Lucía, sobre todo contigo Lucía que cuentas con tanta pasión y con tanto entusiasmo la vida que pasa a nuestro lado. El año del talento. El año de "La mirada de las palabras" de Monica Vega, gran fotografa y amiga. Un año más de la bendición que suponen Hugo y Nela, Nicanor y Marilena, mis sobrinos y mis padres respectivamente. Ahí vamos familia. Pero si tuviera que quedarme con dos momentos de 2018, me quedaría en primer lugar con el Salón de Té del Campoamor en enero al lado de Cristina Fernández de Cubas, en un salto de esos sin red que acepto con un punto de insensatez y otro de locura a propuesta de la mi Chelo y que supuso una experiencia inolvidable y el Encuentro de Clubes de Lectura en Quirós en junio también junto a Cristina y que significó trabajo en equipo, coordinación y confianza de otros en nuestro potencial humano y de medios. Aquella mañana en el Museo Etnográfico de Quiros después de toda el agua que había arrojado el cielo con saña en una especie de confabulación en nuestra contra, con sol, rodeada de cientos de amigos venidos de todas Asturias y poder compartir y tomar el pulso a Quirós será algo que quedará grabado en todos nosotros. Marga Prieto, Alva Rodríguez, Roberto F. Osorio, Eva Martínez y yo misma, junto a tantas manos amigas que creyeron que podíamos hacerlo, que nos empujaron a conseguirlo. Me quedo sin palabras. Si lo pienso medio año después no entiendo cómo no me dio un ataque de nervios, fue un día fantastico. Se va el año de los proyectos compartidos que se consolidaron, convertimos cada tercer viernes de mes la pequeña biblioteca de Barzana en un crisol de conocimiento en torno a la lectura, perdonarme si no siempre acierto con lo que os propongo (que no nos fallen las fuerzas, ni los lectores), os prometo que pase lo que pase con mi vida en 2019 mi compromiso primero es con vosotros. El año de mi permanente romance con Quirós. Y así como que no quiere la cosa, 2018 me devolvió a personas queridas, me devolvió a Fran y a mis compañeras de colegio, me devolvió a Anne, la sonrisa de América y me trajo a Marta, la sonrisa gallegos.... Se va 2018 para siempre. Bye 2018, has sido un gran año, te llevas una parte de mi, pero prometo recordarte con cariño.
Transparente y primaria, necia y coherente. Con mal café si me llevan la contraria. Amiga de mis amigos e incondicional si la causa, aunque sea perdida, merece la pena, pero también divertida, independiente e inconstante en mis afectos. Y desde ya "a palabras necias, oídos sordos" Recordádmelo porfa. El resto ponerlo vosotros, pero leédme, porque en cada palabra, en cada pensamiento en cada entrada de este blog está mi corazón y mi esencia de persona. Besos para todos. (la gente lee esto)
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domingo, 30 de diciembre de 2018
Pan blanco, negro carbón.
Crecí junto a un abuelo al que el ferrocarril trajo a Oviedo. Un abuelo panadero que abandonó la profesión por un problema en la piel. La harina hería sus manos hasta el punto de hacerle sangrar, impidiéndole trabajar. Un abuelo de ojos azules que heredaron todos sus nietos menos yo, la mayor de ellos, la más querida por esperada, la bien hallada. Un abuelo cuyo trabajo ahuyentó la fame en unos años donde crecer con fame era lo normal y ayudó a salir adelante a una familia humilde, la suya, la nuestra. Un abuelo que se reinventó todas las veces que hizo falta, que me enseñó el significado de la palabra dignidad al bautizar su enfermedad con ese nombre. Un abuelo que fue un ejemplo de saber vivir y de encarar las cosas malas con la misma simpatía que las buenas, de trabajo y de respeto a los demás aunque a veces, no se merecieran ese trato. Un abuelo, vasco por los cuatro costados, recio y serio, noble y fuerte, con la presencia de un roble y la sencillez de un manzano y con el que repasaba las reglas de Ortografía que aprendía en el colegio y leía el periódico que no faltaba nunca en casa, a comportarme en la mesa y a apreciar el sabor de las cosas sencillas que también son potentes: el ajo, la cebolla y los pimientos asados, qué cosas. Un abuelo al que aún hoy echo de menos. Tanto.
Crecí con una pena negra inserta en otros ojos azules, nublados para siempre por la muerte de un minero. Los ojos de mi tía Domitila, la que ama su casa, velados por la tristeza de una mujer a la que la mina le ha robado al hombre. Sola con un hijo pequeño y otro en camino, en los años 50. Ojos llenos de mar, la mar tan lejos del verde y la caliza de estas montañas. Ojos privados para siempre de la luz del día que navegaban en la oscuridad de la tierra que le arrancó al hombre. Una mujer a la que nunca le fallaron los suyos: sus padres y hermanos y que aprendió pronto el valor de la solidaridad, la de sus vecinos, las manos cálidas y prestas que la ayudaron a salir adelante, unas manos a las que correspondió siempre, hasta el final, con tanto amor que hoy todo el mundo la recuerda con cariño. No he conocido a nadie que tenga una mala palabra acerca de ella. Sueño con verla viniendo del Cantu, hoy tan lleno de vida, con el fardelín verde y una foicina "por si hay que cortar algo". Una mujer que me enseñó el valor de serlo, elegida para amar y castigada a hacerlo hasta el final de sus días a un hombre ausente. La muerte temprana e injusta que siega brotes malos y buenos sin distinguir unos de otros. La vida no sólo es corta sino que está salpicada de notas de tragicomedia. A mí tía nos la robó el pan, el pan oscuro y sabroso que hacía en el horno de leña de su cocina, La humilde cocina de la casa más acogedora en la que pase tantas horas junto a ella. Me arrepiento de no haber pasado más, de no haber escuchado más y, sobre todo, de no haber preguntado más. Una tía a la que aún hoy echo de menos. Tanto.
Crecí sabiendo que mis tíos paternos, los cuñados de mi padre y mi tío Amador, tenían negros los pulmones sin haber fumado nunca y que había una enfermedad que se media en grados y que la contagiaba el polvo negro del carbón robándote la vida en cada respiración. Aquella enfermedad que silbaba al pronunciarse como lo hacen las serpientes al deslizarse por el suelo, te obligaba a bajar a Oviedo, de vez en cuando, nunca muy de vez en cuando, a revisión a Silicosis.
Crecí al lado de la vía del tren en Oviedo, una vía por la que circulaban mercancías que llevaban vagones de carbón de un lado a otro, buscando desde el origen en la Cuenca el destino final de los mismos. Yo también soy una "niña de humo", marcada por el sonido del traqueteo del tren que ponía fin a mis días y los iniciaba. Una vía que dividía en dos la heroica ciudad y que fue escenario de muchas otras cosas, pero esa es otra historia.
Crecíamos los veranos en una aldea donde los tiempos los marcaba en gran medida la bocina impertinente que anunciaba la llegada impaciente y presurosa, nunca a la hora que pensábamos, del panadero. Pienso, en estos días de tanto remover recuerdos de otros y generar memoria propia y comunitaria, si la mina castiga así, arrancando vidas o matando poco a poco a quienes hurgan sus entrañas, la tierra responde en defensa propia, llevándose la juventud de aquellos que menos culpa tienen explotados por un patrón sin escrúpulos que busca únicamente el beneficio propio.
No entendí muy bien porque se organizó un homenaje a los panaderos de Quirós el mismo día que a los mineros muertos, pero pensándolo en frío y sin que obedezca a razones de economía u oportunidad, si le encontré ese sentido. El sentido que une el pan blanco con el negro carbón, sustento ambos de tantas familias no sólo en el pasado de esta tierra quirosana, la del mejor carbón, sino en tantos hogares asturianos. El pan sin que dejan hoy a tantas familias, sin entrar en más valoraciones, en esta Asturias verde de futuro tan negro como la más profunda galería excavada en las entrañas de la tierra. Iremos viendo y echaremos de menos haber pensado antes en todo esto y haber puesto remedio. Lo pensaremos mucho. Tanto.
Crecí al lado de la vía del tren en Oviedo, una vía por la que circulaban mercancías que llevaban vagones de carbón de un lado a otro, buscando desde el origen en la Cuenca el destino final de los mismos. Yo también soy una "niña de humo", marcada por el sonido del traqueteo del tren que ponía fin a mis días y los iniciaba. Una vía que dividía en dos la heroica ciudad y que fue escenario de muchas otras cosas, pero esa es otra historia.
Crecíamos los veranos en una aldea donde los tiempos los marcaba en gran medida la bocina impertinente que anunciaba la llegada impaciente y presurosa, nunca a la hora que pensábamos, del panadero. Pienso, en estos días de tanto remover recuerdos de otros y generar memoria propia y comunitaria, si la mina castiga así, arrancando vidas o matando poco a poco a quienes hurgan sus entrañas, la tierra responde en defensa propia, llevándose la juventud de aquellos que menos culpa tienen explotados por un patrón sin escrúpulos que busca únicamente el beneficio propio.
No entendí muy bien porque se organizó un homenaje a los panaderos de Quirós el mismo día que a los mineros muertos, pero pensándolo en frío y sin que obedezca a razones de economía u oportunidad, si le encontré ese sentido. El sentido que une el pan blanco con el negro carbón, sustento ambos de tantas familias no sólo en el pasado de esta tierra quirosana, la del mejor carbón, sino en tantos hogares asturianos. El pan sin que dejan hoy a tantas familias, sin entrar en más valoraciones, en esta Asturias verde de futuro tan negro como la más profunda galería excavada en las entrañas de la tierra. Iremos viendo y echaremos de menos haber pensado antes en todo esto y haber puesto remedio. Lo pensaremos mucho. Tanto.
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