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martes, 28 de febrero de 2017

Días de lluvia.


Los que hemos elegido como compañero de viaje a un perro, en mi caso una perra, tememos tremendamente los días como el de hoy, por lo que veo ahora por la ventana que no tiene nada que ver con lo que vi esta mañana cuando salía de casa hacia el trabajo. Los días en los que el cielo no deja de jarrear la necesaria lluvia, como si se hubieran abierto las compuertas de una presa y todo el agua embalsada entre las nubes tuviera de repente prisa por acabar la faena: limpiar la atmósfera, dar de beber a la tierra preparándola para que mullidina de agua reciba a la presumida primavera que, SÍ, ya está a la vuelta de la esquina, acercándose, presta a estrenar su colorido vestido de flores, "print", el floral, que está totalmente de moda en los madrugadores escaparates de los grandes almacenes y que realmente es el print de cada primavera.
Agua que cae como si los habitantes de un cielo, siniestro y tenebroso, se hubieran puesto de acuerdo para tirar todos a la vez de la cadena, después de una noche de viento casi huracanado que frenó por un momento la lluvia que estaba anunciada. Esta mañana ya prometía lo que iba a venir. "Nada  más que pare este vendaval" pensé mientras diminutas y congeladas gotas de lluvia se atrevían a posarse en mi cara y en mi pelo esquivando las ráfagas de viento.
A mí personalmente los días de lluvia me apasionan. Todas esas setas de colores transitando presurosas bajo mi ventana camino a no sé dónde sin un solo minuto para pararse, sin resuello en un ir y venir presuroso huyendo de la lluvia y huyendo también unos de otros porque qué mejor escondite que un paraguas para no saludar al vecino ese tan pesado que encima tiene halitosis. Mirar caer la lluvia y escucharla romper contra los cristales, retorcida, en contra de todo, en rebeldía desde la ventana de la habitación, con un buen libro y cobijada entre las mantas. Las catiuskas y los chubasqueros, meterse en los charcos y salpicar queriendo o sin querer, aunque yo por mucho tiempo que pase sigo echando de menos el orbayu, las tardes del colegio viendo aquella cortina de orbayu menudo que tupía lo que veíamos por la ventana del colegio. Era tan aburrido ver llover como lo era nuestra vida de escolares despertando a la adolescencia. Parecía que no pasaba nada mientras nuestros cuerpos estaban en absoluta revolución y realmente nunca pasaba nada en aquel colegio gris, sólo orbayaba sobre el gris del asfalto de la calle y bajo el cielo gris en la gris y húmeda ciudad que era Oviedo a principios de los ochenta.
Pues eso, que hoy Lola y yo tenemos que salir a la calle esquivando charcos en los que nos hundimos, buscando cornisas para atecharnos y al volver secarnos con fuerza. Por mi, si no fuera por ella a la que le gusta tanto la lluvia como a mi el sol, podría llover desde el 21 de setiembre hasta el 21 de marzo, pero que conste que si me dan a elegir, prefiero que orbaye.

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