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sábado, 7 de marzo de 2015

8 mujeres, 8 historias, 8 de marzo

Hace hoy una semana en Bárzana, más de sesenta mujeres vinculadas de una u otra forma al concejo, nos reunimos para "celebrar la vida". La convocatoria era otra, pero como está tan cerca la celebración del día Internacional de la Mujer, prefiero creer que lo que nos convoco, como lo hace tantas veces, fue la vida. Conmemorar nuestro sexo. Compartir mesa y mantel con iguales y diferentes. Sólo unidas por la cualidad y la calidad de ser mujeres. Darnos un homenaje todas juntas sin que exista un único motivo o con todos los motivos del mundo. Así quirosanas de nacimiento y por matrimonio, por filiación y por adopción tuvimos nuestra fiesta, seguramente no la que nos merecemos, pero sí la que queríamos, la que nos apetecía. Y hubo lo que tiene que haber en todas las fiestas grandes: buena gente, buena comida y buena música. Yo que últimamente no puedo dejar de lado está manía de observación y análisis casi compulsivo, pensé muchas cosas viendo a aquellas mujeres, mis hermanas, cuán derviches girando sobre sí mismas con sus compañeras de baile al son de los clásicos más castizos de nuestro querido y llorado Manolo Escobar (Ayyyy, qué sería de una fiesta de prao sin Don Manolo)
Así que, de un vistazo, aprecié las diferencias entre hombres y mujeres a la hora de pasarlo bien, se quitaron las mesas y en un periquete se montó un señor baile. ¿Qué hacen los hombres después de una cena de hermandad en la que no hay mujeres? Pensé en nuestra capacidad para divertirnos, en nuestra facilidad para reír aún cuando la fatalidad nos hace sombra, en nuestra habilidad para reinventarnos. Si caemos, nos levantamos, creyendo siempre que las cosas se pueden cambiar para mejor y que son nuestras manos las que pueden hacerlo. Pensé muchas cosas aquella noche mirando a aquellas mujeres: ancianas y jóvenes, madres e hijas, hermanas y cuñadas, suegras y nueras, casadas y solteras, profesionales y trabajadoras no cualificadas (si es que hay una sola mujer en este mundo que no este cualificada), mujeres de campo y universitarias (que a día de hoy no es incompatible), mujeres orgullosas de su procedencia y que la reivindican, mujeres que saben quién son, donde están y adonde se dirigen. Pensé en las mujeres que tienen miedo y lo superan, en las que sufren, en las que lloran y en las que ya no tienen más lágrimas, mujeres que plantan cara a la enfermedad para ganar una y mil veces batallas que otros darían por perdidas. 
Y pensé que todavía queda mucho por hacer, por cambiar en este mundo puñetero donde ser madre discrimina en cuestiones salariales según la OIT. Donde te quieren para trabajar exigiéndote como condición que tengas "muy buena presencia y que llames la atención, mucho pecho imprescindible" y pensar que esa oferta de trabajo probablemente la revisó una funcionaria (a mi me la iban a colar). Pensé en nuestro Premio Nobel de La Paz, una niña que debería estar jugando con muñecas y que está dando conferencias por el mundo, después de haber sido acribillada yendo al colegio, reivindicando el derecho de la mujer a recibir una educación. ¿Cómo puede haber niñas que se juegan la vida cada vez que van al colegio? Y en todas las niñas víctimas de la ablación, en las esclavas sexuales, en aquellas que viven condenadas al ostracismo por razón de su sexo, en las mujeres maltratadas, en todas las que sufren acoso del tipo que sea.
Reflexioné sobre nuestras posibilidades reales de construir un mundo mejor, más justo, más humano. Creo que sólo de la mano de las mujeres (51% de la población) se puede conseguir. Creo que podemos hacerlo y que hemos de luchar por ello, planeando como mantener nuestros derechos, fijándolos, sin dar un sólo paso atrás, mirando siempre hacia adelante.
Vi a Nati la de Graciano recoger su abrigo para irse a casa, sus casi noventa años, sus ganas de vivir y de compartir, su esperanza de que a María, su nieta, le toquen batallas más fáciles de ganar. En su sonrisa están tantas mujeres, tantos sueños, tanta vida.
Y decidí que el día 8 publicaría esta entrada porque 8+1 éramos las mujeres que bajamos de Salcedo: Maruja y Delfina, Bea y Claudia, Almudena y Azu, Esther y Juli. Maruja que ha aprendido que la vida se enfrenta mejor con una sonrisa, aunque sea duro el día a día. Esther que es el ejemplo de que al amor verdadero no se le vence por muchas dificultades que se le pongan. Azu que lucha cada día por conciliar vida laboral y vida familiar. Almudena que no acaba de entender la idiosincracia propia de los quirosanos (si te soy sincera, yo tampoco). Claudia que quiere ser moderna y, a veces, choca con su propia intransigencia (poco a poco, Clau) Bea que pasa tanta pena por el tiempo que no puede pasar con su hijo y Delfina que sufre por el poco tiempo que el trabajo le deja a su hija para estar con su nieto. Delfina y Bea son madre e hija y, en definitiva lo pasan mal por lo mismo. Y Juli, ¿qué podría decir de Juli? Sin duda la vida podía haber sido un poco mejor con ella y es que, algunas veces, la corriente tira tanto de ti hacia adentro que lo fácil sería dejarse arrastrar y abandonarse, pero ahí está ella resistiendo.
¿Y yo? Yo sólo pido, mañana y cada día de los próximos trescientos sesenta y cuatro restantes, seguir reconociéndome en el espejo, intentando mantener la compostura, ser coherente con mis ideas y tener capacidad para calzarme los zapatos del otro y comprenderlo.

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