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domingo, 22 de marzo de 2020

Soy una chica de barrio.


Soy una chica de barrio. Viví treinta años en Pumarín y ahora llevo casi veinte en Ventanielles. Sin embargo, después de tanto tiempo, aún hoy, cuando pienso en mi barrio siempre me voy al primero. Mi casa (que es y será la casa de mis padres por tantas cosas), mi colegio y la parroquia, mis recuerdos y mi infancia, mis compañeras y mis amigos, casi todos mis afectos tienen origen allí, hasta mi actual trabajo se lo debo al barrio. En Pumarín crecimos muchas generaciones de ovetenses, frutos del baby boom que aconteció entre los sesenta y los setenta. Un barrio cuyos límites eran el Milán, cuando éste era cuartel y no albergaba las Humanidades de nuestra Universidad, el Hospital Militar y puentes ferroviarios y vías del tren. Había tren en Pumarín, de hecho, algunos nos dormíamos acunados por el ruido cadencioso del tren que cruzaba el barrio. Un tren que no tenía paradas y que dividía en dos a la ciudad, pero tren al fin y al cabo. También teníamos cuartel, el de la guardia civil, que se levantaba en el centro mismo de la avenida que da nombre a la zona, una finca sobre la que se construyó el barrio y en la que antes que nada había crecido una pomarada. Las calles de mi infancia acogían una sucesión de pequeñas tiendas y negocios familiares… La tienda de Cholo y la de Manolita, el quiosco de Adela, la librería de Chema o la de Alfonso, la mercería de Alfonsina o la de Mari Faedo, la carnicería de Tomás y Visi, la zapatería de Pepe y la de Taín. Personas que hacían comunidad. Todos nos conocíamos.
Pumarín era una aldea humilde dentro del mi Oviedín donde cada uno sabía de su vecino, de sus alegrías y sus penas, de sus andanzas laborales y de los estudios de sus hijos, de proyectos que triunfaban y de los que fracasaban. Formaba parte de una ciudad que olía a vida, a comida recién hecha, a ropa limpia hondeando en los tendales, a pan de obrador. En un tiempo en el que la radio era la banda sonora en los patios de luces, en donde las madres y los padres soñaban con que los suyos tuvieran más y mejores oportunidades. Una época que transcurría apacible y tranquila, tan tranquila como lo puede ser la vida de una niña que despierta al mundo.
Así pasaba en una España que nacía a una nueva era. Una sociedad vulnerable a los cambios que se fue haciendo fuerte y creciendo a medida que transcurrían los años y que en estos días, y en forma de bofetada, ha recuperado toda su fragilidad. Un virus desconocido, aunque mediáticamente anunciado por activa y por pasiva (un “que viene el lobo” al que no dimos el crédito necesario), ha venido a instalarse entre nosotros y a golpe de decreto ha roto nuestras rutinas, imponiéndonos hábitos y ritos impensables hasta ahora, limitando nuestras vidas y diseñando nuevas costumbres. Quién nos iba a decir que una sociedad como la nuestra iba a tener que revisar sus normas acerca del contacto físico, aunque bueno, nunca es tarde para aprender a respetar el espacio vital del otro.
Este panorama de estos últimos días me ha devuelto a casa, junto a mis padres. Me he trasladado allí, a mi Pumarín, a mi barrio de toda la vida; con ellos, que siguen viviendo en el mismo lugar en el que hace ya cincuenta y un años, recién casados, iniciaron su periplo juntos. Una familia, una promesa de futuro y así hasta hoy, sumando siempre. Me ha tocado regresar al nido, colaborar con la intendencia y protegerlos en la medida de mis escasas posibilidades, devolverles un poco de lo que me han dado, vivir la cuarentena en un cautiverio compartido a tres bandas en el que solo yo tengo salvoconducto, de momento. Al regresar, desde la ventana de la que fue mi habitación, he visto un barrio que, tras el proceso de transformación que ha sufrido en los últimos años, no tiene nada que ver con el que yo miraba a través de esos mismos cristales hace dos o tres décadas. Mientras los jóvenes fuimos abandonando el hogar de nuestros padres para formar los nuestros, Pumarín fue cambiando al ritmo que lo hacía el resto de la ciudad. Poco a poco, se fueron desmantelando aquellos cuarteles y las vías del tren, sacando cosas y metiendo otras en un nuevo concepto de ordenamiento urbano, reinventándonos, pero intentando conservar una atmósfera de familiar acogida, la esencia misma del “ser de barrio”. Hoy el lugar en donde crecí y alimenté mis sueños está habitado por personas procedentes de otras tierras que conviven con los lugareños que llevan toda la vida parapetados en esta fortaleza, los negocios de antaño han ido dando paso a nuevas fórmulas de negocio.
En este confinamiento impuesto, días extraños y complicados, días de soledad, en las calles se ha instalado el silencio. Un silencio propio y ajeno que puede escucharse, casi palparse. Si bien no tiene nada que ver con nosotros, ansiosos de gritar a todo el que quiera escucharlo que “¡ESTO TAMBIÉN PASARÁ!”, dicho silencio nos invade y preocupa. Los vecinos se evitan, pero no pueden dejar de saludarse desde lejos, sin acercarse, ni tocarse, enviando con miradas y palabras sus mejores deseos y el firme convencimiento de que pronto volveremos a estar juntos. Lo virtual ha venido para quedarse y esta vez no es en sentido figurado. Hablar de acera a acera y de ventana a ventana, interesándonos unos por otros, nos ha devuelto ese sentimiento de vecindad que habíamos perdido en algún momento. Aprovechamos el aplauso a nuestros sanitarios, cita puntual a las 20:00h, para preguntar por el otro y desear que pase un día más, que es uno menos de encierro.
Hoy Pumarín, como una pieza más de ese puzzle llamado mundo, refleja el tiempo que nos ha tocado vivir. Un tiempo para reflexionar sobre tantas cosas. Ojalá sirva para conocer a qué no estamos dispuestos a renunciar y qué peajes estamos dispuestos a pagar por vivir como vivimos. Ojalá aprendamos mucho en estos días de empatía y de resiliencia, de compartir y no de competir, de por qué algunos tienen que echarse a la calle sí o sí para llenar una soledad que les pesa como una losa. Ojalá este virus nos haga crecer como personas y como sociedad. Quiero creer que va a ser así y yo, que como Bevilacqua, soy una optimista contumaz, estoy segura de que ganaremos entre todos. Ayudándonos, como antiguamente lo hacíamos en aquellos patios de luces.

domingo, 15 de marzo de 2020

La mujer que vivía sola consigo misma


Estoy pensando en que nadie jamás imaginó un panorama tan ideal para escribir una distopía, pero estoy pensando también que la soledad de estos días impuesta y obligada no es una distopía, es una realidad  en los pueblos y cada vez mas, en las ciudades.
Y estoy pensando en mí tía Domitila que vivió tantos años sola, allá en una aldea perdida en las montañas del concejo de Quirós (y como ella tantas otras: Visita, Belarmina, Zulima,...)  Estoy pensando en una mujer que durante su cuarentena, a ella le duró más de cincuenta años, el tiempo que pasó viuda con unos hijos que crecieron y volaron, avanzando en sus vidas, cómo debe de ser, se levantaba al alba para atender el ganado y realizar las labores del huerto y volvía a casa con las manos cansadas y el alma resignada. Una mujer a la que cuando más triste vi fue cuando murió su hermana pequeña. Una mujer que vivía resignada a un destino que no se merecía y contra el que no pudo hacer nada porque su sitio estaba en su casa y su casa junto a sus mayores y cerca del su José, el buen hombre que le robó la mina. Sin embargo, una mujer feliz, a pesar de todo, porque Dios (o quien sea que esté ahí afuera) le regalaba generoso un día más cada mañana y la bendecía con un nuevo amanecer, con el agua fresca de la fuente del Reguerón y con los frutos de la Madre Tierra, que disfrutaba con cada hechura de vestido que hacía a una niña para que estrenara en Ramos o a una de la muchas mozas del pueblo para que luciera por Alba o por el Rosario. Mujeres todas ellas que hoy, muchas abuelas, hablan con cariño y respeto de esta tía mía. Y es que hubo un tiempo en que los pueblos estaban llenos de casas abiertas y de chiquillos, de modistas que creaban trajes parecidos pero únicos, de bailes y chigres, de prados de pación y tierras de cultivo y hoy “todo matu”, pero esa es otra historia.
Una mujer que pasó mucho tiempo sola consigo misma viendo cómo se vaciaba su pueblo, huyendo algunos de la esclavitud del campo, escapando otros en dirección a la promesa de un futuro mejor que no siempre lo fue y mientras ella resistió al pie del cañón sin plantearse si quiera salir de su cárcel sin barrotes que realmente nunca fue prisión ni para ella ni para tantos otros que permanecieron en sus lugares de origen. Estoy pensando en su día a día, en una rutina marcada por las estaciones y las lunas, en cosechas y partos que marcan el ritmo de la vida del campo. En una mujer dura que sonreía con aquellos ojos azules que brillaban de una forma única.
Mi tía pasaba las tardes-noches recogida en casa, al calor de la cocina de leña, repasando una y otra vez “Holas” atrasados que le llevaba mi madre, recetas de cocina con ingredientes que nunca conseguiría “tarta de queso con nueces de Macadania, Taboulé con pasas y piñones, ceviche de pescado, ensalada de algas, Tzatziki griego, Ginger Cheesecake” cuando el jengibre y el curry solo salían en los cuentos infantiles o en las leyendas orientales. Trajes de alta costura imposibles, puestas de largo, Bailes De la Rosa, viajes de ensueño, princesas que llevaban vidas de ensueño pero en cuyos ojos habitaba la tristeza. Sabía soñar aunque sus sueños fueran solo sueños. Nunca la oí decir “que hubiera sido de mi vida si...” a su manera y desde su soledad fue dichosa, en la medida que nos es posible a los humanos serlo.
Mi tía pasó mucho tiempo sola, infinitamente más tiempo de lo que yo pasaré nunca y mira que a mí me encanta pasar tiempo sola y estoy pensando también en todas esas personas que se ven incapaces de sobrellevar una situación momentánea de ausencia de vida social. No me entra en la cabeza, la verdad. Pasar tiempo solos es aprender a quererse, a conocerse, a no tener miedo a uno mismo. Pasar tiempo solo encerrado en casa es aprender a aceptarnos, descubrir cosas en nosotros que desconocíamos y quién sabe si después de este encierro relativo que tiene más de destierro social que de encierro valorarnos más como los únicos que siempre estamos para acompañarnos y es que yo sin mí no soy nadie.