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viernes, 28 de febrero de 2020

Planta novena: Oportunidades.


Camina rápido hacia el ascensor. Consigue colarse mientras se cierran las puertas sobre ella. Es como cantar bingo en el último momento, piensa, encestar canasta sobre el pitido del final del partido, que suene la campana del recreo cuando ya no aguantaba más aquel profesor tan pesado que convertía la clase de Literatura en una pesadilla. Un triunfo en medio de la batalla que está librando. Sonríe. Sube. Gana. Marca. Se salva por los pelos. Podría esperar, pero unos segundos son vitales en medio de la vorágine en que vive instalada, en medio del caos sobre el que gira el mundo, su mundo. Marca la planta nueve y dice en voz alta lo primero que se le pasa por la cabeza, lo que quiere creer como la verdad absoluta que sabe que no es. Aquí a medida que subes el aire es mejor”. La contradice una mujer que también va a esa planta “Hija, aquí cuánto más arriba, peor”. Piensa en los pacientes de la novena planta, en sus pulmones, en la oportunidad de seguir llenando páginas de vida, aunque sea respirando entrecortadamente como cuando subes la rampa que te vomita a la puerta de hospitalización en el HUCA de Oviedo. Aunque sea viviendo sin resuello. Piensa también en la posibilidad que hay de ir acercándose al último capítulo, de escribir “the end. Es una posibilidadde un manotazo aparta la idea de la cabeza. Mira con dulzura a la mujer que ha hablado, quiere comprenderla, ponerse en su lugar, empatizar lo hace, piensa que probablemente sea su esposo el que juega las últimas manos de su partida de vida. “¿Tendrá buenas cartas?” se pregunta. Hay que esperaranimar, acompañar, qué cuesta arriba todo La novena es la planta de las oportunidades como en algunos grandes almacenes, las segundas, terceras y hasta cuartas oportunidades, pero no de saldos ni de chollos, sino de oportunidades de vida, de futuro o mejor, de presente porque “lo que necesitamos es presente” piensa todo el rato, un poco más, solo un poco para enmendar algún error y remendar algún rotoAlargar el tiempo, hacerlo crecer.
Ella si cree que en la planta novena el aire es más puro, incluso parece que estén situados por encima de la capa de contaminación que cubre la Corredoria en estas últimas semanas de calor y sol a destiempo. Parece verano este febrero de 29 días que por bisiesto les ha regalado un día más de un tiempo excepcional. Distintas perspectivas de la ciudad desde esta altura, pero igualmente bellas. Desde la sala de espera puede ver cómo ha crecido la ciudad en estos últimos añosMientras desde la habitación, la ventana se abre sobre la parte de la ciudad más conocida. Puede casi leer sobre el plano las intenciones de quienes la soñaron. Una ciudad que se ha ido ordenando a medida que crecía. Un espacio acogedor, para caminar, de barrios y de vecinos. Ventanielles, la Tenderina, San Lázaro, puede verlo todo y lo que no ve, tapado por los edificios que conoce, lo adivina tras de ellos. Distingue también algunos de los lugares más emblemáticos que sobresalen entre el resto, el Palacio de Deportes, la Catedral, el espanto del Calatrava… Conoce todo en esta ciudad, lo reconoce, pero cada vez la siente más ajena, menos suya, más lejana, Una ciudad que la vio nacer y crecer junto a la Fábrica de Armas, en casa de su abuela, donde pasó tanto tiempo, testigo de su tiempo de estudiante en el Caserón de San Francisco. No la siente suya. Se siente sola.


Mientras piensa en todo esto, el edifico al que ha visto surgir entre los restos del antiguo manicomio para convertirse en un hospital moderno y que los alberga estos días es un hervidero de movimiento, aunque aparentemente la tranquilidad reina por momentos, entre pasillos, despachos y habitaciones, enfermeros, auxiliares, médicos y personal no sanitario trabajan sin descanso velando por la salud de los enfermos. Restaurar la normalidad o al menos intentarlo, que puedan recuperar calidad de vida, dignidad para enfrentar las complicaciones de la enfermedad. Es una especie de hormiguero en el que cada miembro tiene una función, desempeña su trabajo con precisión sin olvidar que su objetivo son personas y sin abandonar nunca las herramientas y estrategias personales que manejan, vocación, cercanía y humanidad. El nuevo hospital de Oviedo es un edificio amable, silencioso, hermético con aspecto de nave espacial que ha venido a modificar para siempre la geografía urbana de la zona y de la ciudad, pero sobre todo es un hospital de personas. No conoce el nombre de ninguno de los trabajadores de la planta nueve, pero sabe que cuando se vaya de allí recordará cada gesto, cada palabra, cada sonrisa y estará orgullosa del sistema sanitario que tenemos con sus fallos, con sus lagunas, con las respuestas lentas y sus errores pero que intenta cubrir las necesidades de una población cada vez más envejecida en un ambiente cada vez más hostil. Un sistema por el que hay que luchar y al que no hay que renunciar bajo ningún concepto. Un equipo el de Neumología que ha restaurado muchas cosas en su vida y ha devuelto la esperanza porque la planta nueve del HUCA, la planta en la que los pacientes tienen las cosas más complicadas, en palabras de algunas, es la planta de las oportunidades. En ello está y así lo espera.  

viernes, 31 de enero de 2020

Los emigrantes invisibles



Durante mi último viaje a Madrid aproveché para visitar “Emigrantes invisibles” en el Centro Cultural Conde Duque, una cuidada y elegante muestra que recoge parte de la historia de quienes emigraron de España a EEUU, un periplo que, a diferencia de la historia de nuestra emigración a Sudamérica y a Europa, es prácticamente desconocido y que hay que conocer porque para saber quienes somos tenemos que saber de dónde venimos. Este trabajo ingente de recogida de testimonios y documentación, sobre todo fotografías que dormían en los desvanes, de un grupo de americanos, españoles de origen, que reivindica sus raíces, se puede ver en Madrid hasta el 12 de abril. Y así, a bote pronto, paseando entre el delicioso material que compone la muestra se me ocurren dos ideas sobre las que reflexionar. Por una parte, en el valor que aporta la inmigración a la construcción de un país, que sí, que ya sé que EEUU es un país de contrastes, de claros y oscuros, de republicanos y demócratas pero es un país que se ha construido a partir del trabajo de muchos europeos (y latinos) que escapando del hambre cruzaron el charco (unos hacia el Oeste y los otros hacia el Norte) y que sí, que ya se habían encargado los descubridores (o sea, nosotros) de casi exterminar a la población indígena, que esto es un hecho demostrado y demostrable como también lo es que italianos, irlandeses, polacos y, en menor medida, otras nacionalidades, como la nuestra, dan origen a un EEUU multicultural que siempre está situado entre las primeras potencias mundiales gracias a los pobres que huían de Europa cómo hoy huyen hacia el Norte, y que origino un crisol de culturas, una forma de vida, el sueño americano... Y por otro lado, retomando la idea que me transmite uno de los protagonistas de la exposición, Anthony Carreño, nieto de moscona y valdesano, pienso también en la necesidad de cada uno de conocer sus raíces, de no desarraigar de la tierra de los antepasados. Un desarraigo que se produjo cuando los hijos y nietos de estos asturianos olvidaron su lengua e incluso olvidaron que hubo un tiempo en el que sus abuelos y abuelas tenían como fronteras los praos y las montañas de su Asturias natal y como mar de referencia el bravo Cantábrico, y con la ayuda de una guerra civil, la posterior dictadura, se produjo la total inmersión en el país que había acogido y en el que ellos fueron nacidos y, así, abandonados sus recuerdos y anclaron su memoria al continente que fue madre, amorosa casi siempre y madrastra algunas veces, y sin más desterraron fotos y cartas venidas de ultramar, olores y sabores heredados a cajas de galletas arrinconadas en desvanes. Y llegado este punto, no puedo quitarme de la cabeza la situación de todos aquellos que llegan a nuestras costas huyendo del hambre y la miseria, de la guerra o de la persecución política y en cómo, quizás no tardando mucho también se les reconozca el valor que aportan a nuestra sociedad y a nuestra cultura y se les dé el lugar que tienen en este momento que nos ha tocado vivir. Quizás sea pronto o quizás también tenga que pasar siglo y medio, perder sus raíces y su lengua materna, renegar de su origen, para que sus descendientes, tras crecer sintiendo una tierra ajena como propia, quieran conocer la suya y les monten una exposición que recoja los frutos de las semillas que dejaron aquí sus antepasados, que suponga ese reconocimiento que deje atrás la velada (o no) xenofobia que habita entre nosotros. Algo, esto último, complicado. Se teme al diferente pero más pánico se tiene al pobre. Aún así no pierdo la esperanza.

Tony Carreño durante el acto inaugural de “Emigrantes invisibles”