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domingo, 10 de abril de 2022

La primavera que nos robaron


La lectura de “Primavera extremeña” de Julio Llamazares despierta en mí recuerdos de aquellos tres meses de 2020 y alguna reflexión. Si hablamos de recuerdos podría contar mis sensaciones y mis acciones en aquellos primeros días de la segunda quincena de marzo en la que todos nos volvimos un poco locos, experimentando sentimientos encontrados “bueno no voy a poder salir de casa, pero voy a poner al día este desastre de hogar en el que vivo instalada” (porque desastre y todo es mi hogar- son mis dos hogares y no estoy a disgusto en ellos, o sea, que por elección vivo instalada en el caos y estoy conforme). Y así lo hice y así da prueba fehaciente de ello los vídeos que de aquellos días fui colgando en las redes “operación tupper”, “operación armarios”, “operación moldes de repostería”, poco a poco, fui llenando los días y las horas de aquella Semana Santa que tuve entera de vacaciones y que fue la más triste de todas porque no pude moverme. Lola y Bruma, las Chicas Gilmore, las sesiones vermú de los domingos, la lista de la compra de mi madre, las videollamadas con las amigas, el programa Desmantelados… iban haciendo que las hojas del calendario fueran cayendo, pero la cadencia de los días era tan lenta… Sin poder leer, sin poder escribir, un desierto en mi. Hubo algo y alguien que me ayudo a mantener la cordura, un oasis, una promesa… Al principio del todo encontré en Instagram un vídeo de una psicóloga que sigo: “visualiza lo que quieres encontrar al final del túnel” Y eso hice, visualizar cada noche, cada mañana, cada hora a la persona con la que quería volver a encontrarme, alguien a quien quiero y que es un ancla de vida. Ese saber que iba a volver a verle me mantuvo asida a la cordura (huy! que transcendente me pongo). Todo esto que cuento es totalmente cierto porque está en redes. Si normalmente voy dejando miguitas, aquellos días en los que se sumaban contagios y muertos, las redes fueron un asidero para muchos. En fin. Los que iban a ser quince días pasaron por la paralización casi total de la actividad económica del país y por la soledad gris de las ciudades. Descubrimos que era esencial y que no y descubrimos también muchas más cosas, sobre todo, de nosotros mismos. Pero llegó mayo más lentamente de lo que jamas hubiéramos podido imaginar y lo primero que hice con mayo fui venir a Quirós a traer un material de mi empresa para una obra y me encontré, aquel día que llovía a cántaros, el despertar en verde más rabioso que había visto nunca y me sentí plena por todo lo que recuperaba y me sentí vacía por lo que nos habían robado. Y viví aquella tarde uno de los momentos más surrealistas de mi vida pero más bonitos, aunque eso es otra historia. Por eso creo que Julio Llamazares ha descrito perfectamente (bueno como él hace) la primavera que el sí pudo vivir en su huida de Madrid, en Extremadura y cómo lo que supuso un parón en su cotidianidad, supuso un crecimiento en sensaciones y en sensibilidad (aunque de esto Julio vaya sobrado como lo demuestra con su prosa sencilla y evocadora que tanto nos gusta). Quiero decir lo que fue un horror para todos fue una bendición para los lectores de Llamazares que estamos locos por viajar a conocer y recorrer los paisajes extremeños que dibuja y tan bien plasman las acuarelas de Konrad Laudenbacher que ilustran el libro. Qué habría pasado si yo hubiera podido estar en Quirós esos casi tres meses, sin duda, y a pesar de las restricciones que hubo, la sensación de pena hubiera sido menor. El despertar de la tierra, el ruido de los pájaros que tantas veces es música para nuestros oídos, la línea que trazan los caracoles que vuelven a la vida, el canto del gallo, la crianza de los animales, el vestirse los árboles tras la desnudez del invierno … tantas cosas guapas que no pudimos disfrutar aquella primavera. La Naturaleza que discurre con independencia de lo que pasa en el mundo. Creo que es un acierto esta publicación, es un texto breve que se lee de un tirón, que además de una fiel fotografía de la sorprendente primavera que vivieron, reclusos de aquellos días, lejos de sus casa y lejos del asfalto madrileño que dibujaba el horror más absoluto de la pandemia en España. También creo y esto es sólo una opinión que “Primavera extremeña” se convertirá con el tiempo en la fotografía fiel a la que volvamos cuando queramos mirar atrás. Quizás hoy todos tengamos aquellos días muy cercanos y muchos aún no quieran recordarlos. Aquel tiempo dará para muchos libros, habrá poesía como en este libro, habrá historias que parezcan distópicas, habrá thrillers y habrá literatura de todo lo que robaron aquellos que se lucraron con el dolor y la muerte ajenos (sabiendo lo que sabemos hoy, qué más sabremos). Cuenta mi amiga y maestra Laura Castañon en un artículo que publica esta semana que parece que el guion de los años veinte (qué se prometían felices, divertidos y llenos de esperanza) lo ha escrito “un guionista loco o con mala baba”. Así que vivamos el momento, “carpe diem” que cualquier tiempo futuro, seguro, será peor. 

sábado, 2 de abril de 2022

Una maleta llena de cosas.



Una maleta llena de cosas que he traído de casa de mi madre. Abrir la caja de Pandora, qué era lo que quedaba dentro o no quedaba nada? Abrir el tarro de los recuerdos, despertar la memoria,… mi vida en una pequeña maleta de cabina rosa. Las cosas nos hablan, nos interpelan, dejan de ser cosas para formar parte de nuestro yo pasado, presente o futuro. Son parte de nosotros, construyen nuestra memoria o los ayudan a recuperarla cuando cansada de todo quiere descansar sin más. La maleta está llena de todas esas cosas que dejas cuando te mudas, anclas de una vida en la que fuiste feliz y que ya lo volverá, en mi caso, deje la casa de mis padres en 2002 y ya no he vuelto. Vuelven ahora mis cosas y con ellos mis recuerdos. Muchos buenos, buenísimos, algunos no tanto. El joyero que me regalaron por mi Primera Comunión. Los pendientes de niña y la medalla. Una foto mía disfrazada, una de las tres veces que me he disfrazado en la vida. Yo iba de azul y mi mejor amiga de amarillo, nos alquilaron los trajes, teníamos toda la vida por delante. La primera agenda que tuve. Una sortija de Reyes que me regaló Ramón y otra que me trajeron de París una alumna muy querida (cada vez que recuerdo cuántas clases particulares he dado). Fichas de apuntes de Civil, de Penal, de Constitucional,… El reloj que me regaló mi madre cuando acabe la carrera (me lo regalaron mis padres pero lo compró mi madre). Un menú de boda en el que la novia me decía que no abandonara por el camino mi sinceridad (firmaba ella por los dos, presagio de lo que iba a ser aquel matrimonio). Los pendientes que otra amiga me trajo de Praga. Un taco de notas en el que otra amiga garabateaba sentimientos y deseos en varias hojas seguidas. De aquella yo andaba loquita por Miguel. Un delfín azul que me regaló Katja. Un montón de detalles de boda (qué espanto). Un montón de pañuelos de cuello porque siempre he sido una adicta. Disquetes, negativos de fotos, ligas de novias que por alguna extraña razón tengo en mi casa (ni idea, una azul y blanca y otra roja). La banda sonora de la Edad de la Inocencia. Las nóminas del primer año de trabajo. Y dos fotos en especial. Una que tengo que devolver porque entiendo que la secuestré indebidamente y seguro que a su madre le gustaría tenerla y una mía. Una de las mejores, de estudio, jovencísima, delgada, serena pero con el corazón roto de pena. Me la hizo Dolsé. Fue la foto que use mientras estuve buscando trabajo. Acababa de morir mi abuelo, me había salido la primera cana y no sonreía. Con el tiempo quiero creer que al envejecer he aprendido a sonreír, entonces no sabía o no podía hacerlo. En fin. Yo mi sonrisa no la cambio por kilos de menos, ni por menos años,  el camino para aprender a hacerlo (sonreír quiero decir) ha sido tan largo… He abierto la Caja de Pandora y dentro he encontrado la esperanza en haber crecido bien.