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viernes, 24 de enero de 2014

Lienzo y pincel


Érase una vez un hombre que tenía alma de pintor. Tenía alma de pintor y manos de artista, pero no lo sabía. Vivía en un mundo de certezas, las suyas y de metas, las propias. Era un poeta romántico absorto en medio de lo que parecía ser la realidad. Vivía rodeado de mapas, globos terráqueos y cartas de navegación. Las cartas de navegación eran sus favoritas. Programaba su tiempo y su trabajo, establecía reuniones, modificaba planes que creía perfectos. Odiaba improvisar. Todo en su vida obedecía a un plan. El amaba viajar, lo hacía por trabajo. Era un hombre contento con su vida. Llevaba con mano firme el timón de la misma. Estaba bastante satisfecho con la búsqueda que había iniciado. Y además tenía la montaña. Los sonidos de la nieve le traían paz. Vivía instalado en el orden, sólo comprometido con si  mismo. Coleccionaba fotos, palabras y emociones. Navegaba por aguas en calma. Sin embargo, su esencia como persona era un misterio por descubrir.
Había una vez una mujer que, sobre todas las cosas, creía que era libre porque eso era lo que quería y a lo que aspiraba: "ser libre". Vivía en medio de una realidad de incertidumbre, con un trabajo estresante, anclada a un pasado sin futuro, sin ser capaz de ver nada más que el día de hoy. Construyendo cada día un universo nuevo que, como Penélope, tejía en un telar. Reescribiendo cada día el guión de su vida. Su vida era improvisar. Ella amaba viajar, lo hacía por placer. Soñaba con engancharse a su vida, una vida que algunas veces le hacía cuestionarse si era la que quería vivir. Vivía instalada en el caos. Era inconstante en los afectos. Coleccionaba cosas, pequeños objetos que encontraba: una lista de la compra arrugada y una herradura, un abrebotellas y un diccionario abandonado a fin de curso por algún estudiante adolescente en la papelera del garaje, un obrero de la construcción, una pieza de lego y un superhéroe rescatados de la basura de los niños del segundo. Trocitos de la vida de otros, buscando sentido en la vida de ella. Un universo paralelo al de él, opuesto, divergente y que, día tras día, una y otra vez, se desmoronaba porque ninguna de las versiones que pergeñaba, la convencía en su búsqueda del arco iris.
Se habían conocido hacía mucho, demasiado tiempo. Sus mundos se habían tocado de forma tangencial. En aquellos días tan lejanos ella estaba inmersa en la búsqueda de nuevas actualizaciones para su disco duro. Siempre pendiente de inventarse una y otra vez, permanentemente alerta para encontrar la versión mejorada de sí misma. Él pienso que aún estaba en la Facultad o quizás llevando a cabo alguna de esas misiones que se proponía realizar un día sí y otro también: rescatar una princesa o encontrar un tesoro, vivir un naufragio o conquistar la cima más alta, escalar el pico más difícil o descubrir un nuevo mundo... Se cayeron bien. Creo que ella a él le cayó más que bien. ¡Qué cosas! Ella miraba sin ver, abstraída en algún reto imposible o en alguna batalla perdida de antemano. El miraba y sólo la veía a ella en medio de aquel grupo gris. Quizás en aquel momento sus emisoras hubieran sintonizado o quizás no.
Y pasaron los años y ambos navegaron por mares nunca antes navegados, libraron batallas de piratas, fueron rehenes de miradas ajenas y cómplices de sonrisas prohibidas. Jugaron a juegos permitidos y a otros no tanto. Se hicieron adultos. Ella se olvidó de el y el se olvidó de ella.
Fueron las palabras y el azar los que vinieron a reunirlos tanto tiempo después. Las palabras nunca inocentes, el azar siempre presente. En un espacio neutro, aséptico, rodeados de libros y de gente. ¿Quién dijo que los libros son neutrales, si nunca lo son? Fue ella quien le abordo alejándose de su costumbre de esperar y ver, de intentar pasar desapercibida. Y, en un momento, le desbordó volcando un montón de información acerca de su vida en los últimos años. ¿A qué vino aquel vertido de palabras sin pies ni cabeza, aquella sucesión de preguntas y respuestas, hechas y dadas por ella misma, aquel nerviosismo, aquella prisa, aquella premura? Ella, en un sinsentido, parecía querer recuperar un tiempo perdido.
Sólo hubo tiempo, apenas un momento, para intercambiarse los teléfonos y los correos electrónicos. Aquello tan prosaico, "Dame tu teléfono, ten mi tarjeta" había originado lo siguiente. ¿Quién dio el primer paso para lanzarse a aquella aventura? Nunca estará claro. El lo deseaba, había alimentado una fantasía desde que la volvió a ver. Ella lo necesitaba. Necesitaba poner color a su vida, pasión. Dar los besos tanto tiempo ahorrados, racaneados a otras bocas, a otros hombres. Ella necesitaba sumar abrazos, multiplicar sensaciones, sonreír y reírse a carcajadas. Sentirse viva. Deslizarse por la pendiente.
Ella era guapa y él así se lo hacía sentir. El era un reto para ella por su inteligencia, por su habilidad con las palabras, por su capacidad de seducirla y enredarla, por ser diferente entre tanta mediocridad. Sacaba de ella lo mejor y lo peor, la convertía en procaz y descarada y al momento en sensual y delicada.

Entonces lo propuso:
- "Quiero pintarte"- le dijo-
"Quiero pintar un cuadro y necesito un lienzo.
Si quieres, se mi lienzo.
Que sean mis manos los pinceles.
Tu piel será el espacio en qué pintar.
Mis besos los tonos de una paleta infinita.
No habrá ningún rincón de tu piel que quede sin color,
ninguna curva de tu cuerpo sin trazar,
ningún rincón sin explorar.
Recorrerán mis manos tu universo entero,
lo llenaré de vida y luz,
y así esta noche yo seré pintor y tú lienzo".
Y ocurrió. La habitación de ella se convirtió en su estudio y se llenó de hechizo y arte. Su piel tan blanca se transformó en lienzo y él el más experto pintor por una noche. Y, por una vez, se paró para ellos dos el mundo y ya no hubo silencios.
Ella le preguntó: "¿Te quedarás conmigo?" y él le dijo: "Hoy he anclado mi barco en tu bahía, pero mañana partiré. Busco una playa donde vararlo para siempre. Aún no la he encontrado. Sabré que es ella cuando tenga una sensación de permanencia. Aún no la tengo."
Y se despidieron. Ella permaneció, él partió. Y siguieron viviendo en barrios opuestos de la misma ciudad, la de siempre, la de ambos. El volvió a su historia, a su orden, a sus papeles, a sus libros, a su trabajo sin horarios, a su vida. Ella volvió a su mundo, a su caos, a sus prisas, a su constante sensación de no llegar a tiempo, a su melancolía, a sus paseos con Lola, a buscar la felicidad en la sonrisa de los niños, en el trato amable de un vecino, pero un solo instante había servido para que la magia le devolviera la esperanza. El se olvido de ella y ella de él también.

Bea la de Lola

P.D. Este post está dedicado a Edgar que no sé quien es, pero que según Carmen se ha enamorado de mi, o de alguien como yo. Quizás el azar nos haga conocernos algún día, visto lo visto, nunca se sabe.







lunes, 20 de enero de 2014

Yo también soy deficiente.

deficiente.
(Del lat. deficĭens, -entis, part. act. de deficĕre, faltar).
1. adj. Falto o incompleto.
 
Tiene la palabra deficiente otras acepciones, pero yo hoy me quedo con la primera.
 
Yo también soy incompleta. Entiendo que todos los somos. Soy humana, luego soy incompleta. Tengo defectos, luego soy incompleta. No hace falta acudir al aspecto de la sexualidad para ser incompleta. Yo estoy soltera, no tengo pareja. ¿Por eso soy sexualmente incompleta? ¿por eso soy sexualmente deficiente? Yo creo que no. Las personas somos completas independientemente de nuestra condición sexual. Yo así lo creo, quizás estoy equivocada, pero creo que no.
Me despierto hoy con un titular en La Nueva España que me llena de vergüenza. Me enerva hasta tal punto que me lleva a escribir esta entrada. Creo que a estas alturas de la película nadie pondrá en duda mi condición de cristiana, concretamente milito como tal. Normalmente no me avergüenza decirlo, no me avergüenza escribirlo, ni confesarlo.  De hecho hace unos días escribí una entrada en este mismo blog acerca del aborto, en ella lo primero que declaraba era mi condición de cristiana. Sin embargo, hay días como el de hoy que no las tengo todas conmigo.
Cuando yo era pequeña y no sabía ni siquiera lo que implicaba, mi madre me contó la historia de un amigo suyo homosexual que se suicidio por amor. Este chico probablemente tuviera otros problemas aparte del desamor que le llevaron a tomar esa decisión desafortunada para él, para su familia y para la gente que, como mi madre, le quería. Quiero decir con esto que mucho tiempo antes de que yo supiera cual era la magnitud de la palabra amor, ya sabía que había personas que se enamoraban de otras personas de su mismo sexo. Era muy pequeña y , sin embargo, recuerdo a mi madre llorando por la calle de La Vega conmigo de la mano, cuando le dijeron lo que había pasado.
A mi la vida me ha regalado muchos amigos gays. Me he reído con ellos. He llorado. He pasado momentos fantásticos, momentos importantes de mi vida, de la de ellos. Me han acompañado en momentos duros. He sido testigo de su evolución como personas, de su proceso de maduración. En algunos casos he sido testigo del proceso de aceptación por ellos mismos de su condición. Tengo amigos mayores, más jóvenes, de mi edad, chicos y chicas, compañeras del colegio, que viven en pareja o que no, que han sufrido por amor, que han sido heridos, que se han casado, que han decidido no casarse, que tienen hijos o no.  No lo tienen fácil, nunca lo han tenido. Entiendo que mis amigos homosexuales no son deficientes, no son incompletos y no son enfermos o, al menos, ni más ni menos que yo en mi condición de heterosexual. 
Declaraciones como la de hoy me hacen avergonzarme de la Iglesia. Esta Iglesia no es la mía y entiendo que tampoco la de Jesucristo. La mía se alinea en la lucha de los derechos de todos, de las minorías y de las mayorías. Integra no excluye. Creo que como cristiana es mi obligación decirlo públicamente y, una vez más a salvo de ser censurada, tengo que dejarlo por escrito.
Hay una parte de la Iglesia, en concreto, una parte de la jerarquía que no vive en este mundo, pero no conforme con no vivir en este mundo se levanta de la cama dispuesto a provocar. Se preguntan: "a ver a quién vamos a provocar hoy". Hoy les ha tocado a los homosexuales, bueno a los homosexuales les toca muchas veces. Les ha tocado muchas veces a lo largo de la historia. Yo creo que lo que no deja avanzar a esta Iglesia es la jerarquía. Yo sé que hay mucha iglesia de a pie que piensa como yo. Jesucristo no predico la exclusión de nadie, predico la inclusión. El problema es que se meten a organizar las casas de los demás cuando lo que hay que hacer es organizar la nuestra. ¿No deberíamos limpiar nuestras parroquias de todas las cosas que hacemos mal, que son muchas y muy feas, antes de apuntar a nadie con el dedo? Además ¿con qué derecho apuntamos a nadie? No dijo Jesucristo que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No seré yo quién condene a nadie. Y además, ¿desde cuándo amar es pecado? Pecado son otras cosas. Recuerdo ahora una conversación con una monja de mi colegio a cuenta de la homosexualidad de una amiga. La monja se quejaba de que la chiquilla se había alejado porque no había tenido suficiente confianza en que no iba a ser juzgada después de saber que en lugar de novio tenía novia. "Lo importante"  me dijo "es la persona con independencia de si le gustan los chicos o las chicas". Aquella monja se preguntaba que por qué estaban tan preocupados los de arriba en perseguir a los gays si había tantos niños muriéndose de hambre. Me dijo: "Ese es el verdadero pecado, que la gente se muera de hambre y no hagamos nada para solucionarlo". Pues eso, debemos de emplear nuestros esfuerzos en conseguir un mundo mejor y debemos dejar vivir a la gente y punto.
Además puedo afirmar que muchas parroquias no serían lo que son si no fuera por el trabajo desinteresado y gratuito de muchos homosexuales, que trabajan, vaya si trabajan, en las parroquias. O es que la jerarquía católica se cree que no hay gays que son cristianos. Se cree que no hay costaleros que son gays. Se creo que no hay cofrades que son gays. Se cree que no hay sacerdotes que son gays. Yo conozco a muchos, claro que igual yo los conozco a todos y no hay más que los que yo conozco (ironía modo on). No seré yo quién dé nombres porque tampoco se trata de eso y porque de puertas a dentro en la casa de cada uno a mi lo que me importa son las personas y no con quién se acuesten.
Creo que la Iglesia católica tiene que traer a primera fila el mensaje de Jesucristo, sobre todo en estos momentos tan duros, y es la opción por los pobres. Debe ponerse a trabajar por conseguir un mundo más justo en el que no haya lugar ni para la opresión, ni la esclavitud, ni la miseria. Tiene que recuperar los valores del Evangelio y dejarse de coquetear con el poder, craso error que ha cometido una y otra vez a lo largo de la historia. La Iglesia tiene que estar al lado de los desahuciados, de los parados, de los que sufren y dejarse de organizar las casas de los demás. Tiene que hacer un ejercicio de introspección (Der. culto de introspicĕre, mirar adentro), abrir las puertas y las ventanas y también los armarios, dejar que la corriente de aire se lleve el olor a rancio y a humedad y vivir en este mundo. Instalar a Dios en el mundo no es condenar al otro.