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jueves, 4 de febrero de 2016

Siempre gracias.

Abrumada con tantas felicitaciones, mensajes de whatsapp y llamadas telefónicas, algunas de gente muy querida que desde lejos siento junto a mí: Filipinas, Georgia, Puerto Rico, EEUU y muchos amigos repartidos a lo largo y ancho de esta "piel de toro" pluricultural (afortunadamente). Millones de gracias a todos los que estáis siempre y a todos los que lo hacéis virtualmente. Gracias a los míos, a los que aman a los perros, a las montañas y a ambos dos, a los bloggueros y a los escritores, a los compañeros de trabajo, de escritura y de lecturas, a los quirosanos, (¡cuántos quirosanos en este muro y en mi vida, cuántos que han llegado este año!) Gracias a toda la gente que ha compartido un sólo momento conmigo. Gracias a los que me han tendido la mano para participar en proyectos ilusionantes. ¡Gracias de verdad! Me siento afortunada de recibir vuestro cariño aunque la agenda de Facebook se encargue de recordárnoslo. Algunos me han felicitado antes de tiempo y otros intempestivamente, se agradece enormemente. Todos tienen sitio en mi corazón, un corazón que pensaba que estaba lleno a rebosar y ya véis, sigue entrando gente. Me hacéis muy feliz. Hace 46 años que estoy aquí y aunque siento que no hay marcha atrás, pienso seguir viviendo la vida a mi manera, aunque eso signifique tirar de largo sin pensar mucho. Hacerse mayor es una bendición. Si tuviera que pedir un deseo reiteraría el que me pedí el año pasado, querría un mundo más justo para mi sobrino y para la pequeña que viene en primavera  y que revolucionará nuestras vidas. No cambiaría nada de lo que he vivido hasta ahora, sobre todo, en este último año que ha sido fabuloso, quizás tampoco cambiaría nada de la última década. Creo que por fin he aprendido a disfrutar con las pequeñas cosas y a ponerme pequeños retos que sí puedo conseguir. Estoy satisfecha con lo que tengo, pero, sobre todo estoy contenta con lo que soy. Muchas gracias de corazón por cada momento y por cada conversación, por cada lectura y por cada confidencia y como me dijo hoy un amigo con una frase prestada "que tengas siempre un libro en la mano y un sueño en la memoria" pues eso que no nos falten libros y sueños para compartir. Besos para todos.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Norte y Sur.

Foto Magnus Wennman
 

Hay un mundo, el nuestro, el que está en este lado de la frontera (frontera que, por cierto, nunca es una canción) en el que los niños tienen amaneceres impresionantes, después de noches llenas de sueños poblados de hadas y castillos, de dragones y unicornios. Tienen playas de arena fina y montañas infinitas. Las niñas y los niños, los nuestros, juegan bajo cielos azules que al atardecer se tiñen de rosa y duermen en casas pintadas de colores alegres, salen al parque, el sol calienta sus cuerpos y sus corazones, cuando llueve o hace frío se abrigan en sus casas juntos a la lumbre real o imaginaria de sus hogares,... con un poco de suerte sus padres les leen un cuento para irse a dormir y les arropan. Alguna mamá y algún papá se levantan por la noche para ver si se han destapado, si han olvidado la luz encendida o si su peluche favorito se ha caído de la cama. Estos niños son nuestro futuro.
Hay otro mundo, más allá del Estrecho o del Mediterráneo, a apenas un par de horas de avión, donde los niños tienen cielos teñidos con el humo de las bombas y de los atentados. Sueñan entre niebla mientras se preguntan quién les robó la memoria pues creen recordar que hubo un tiempo en que su mundo tenía color y tras la tormenta salía el arco iris. Niños que juegan entre cascotes mientras otros, niños también, buscan los cadáveres de sus padres, de sus abuelos o de sus hermanos pequeños. Niños que eran felices y ahora viven en guerra. Niños que solo conocen la guerra porque han sido paridos entre las ruinas de su ciudad. Niños que caminaban de la mano de sus madres por el mercado de las flores cuando un autobús explotó llenándoles el cuerpo y el alma de metralla, grabando a fuego el horror de cuerpos desmembrados. Esos niños heridos para siempre carecen de futuro.
No puedo dejar de preguntarme quién reparte el juego en esta vida... Qué tremendamente injustas son las cartas que les han tocado a estos niños... Qué horror saberse perdedores en la partida de la vida... Sabiendo que son muertos vivientes y que sobrevivir es una quimera, quién no le da la mano a un mafioso para subirse a una lancha... Quizás el mar embravecido sea benévolo con ellos y les arranque rápido la vida y esa muerte convertida en su única esperanza sea su salvación.