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sábado, 23 de mayo de 2015

Ejercer nuestra responsabilidad


política: (Del lat. politĭcus, y este del gr. πολιτικός).
9. f. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
idiota: (Del lat. idiōta, y este del gr. ἰδιώτης)
1. adj. Que padece de idiocia. U. t. c. s.
democracia: (Del gr. δημοκρατία).
1. f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.
2. f. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.
idiocia: (De idiota)
1. f. Med. Trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida.

De toda la herencia de los griegos clásicos probablemente las palabras política y democracia son las más utilizadas, sobre todo, en estos tiempos revueltos y emocionantes que nos han tocado vivir. No me refiero únicamente a estos dos últimos meses, por supuesto, sino a estos últimos años en los que en una especie de combinado al mismo tiempo peligroso y excitante se mezclan ingredientes como comodidad y cambio, con costumbre y riesgo, corrupción y regeneración. Ingredientes que mezclan, pero no disuelven.
En medio de todo ello, nosotros, los ciudadanos, el pueblo, el cuerpo electoral, los votantes... Como queramos llamarnos, destinatarios primeros y últimos del apasionante mundo de la política, pero también damnificados y beneficiados, perjudicados y escogidos, ellos y nosotros, gobernantes y gobernados.
Yo tuve un profesor de Latín que decía que todo era Latín y una profesora de Matemáticas que decía que todo era Matemáticas. Esto viene a cuento porque cada uno de nosotros desde la posición que ocupamos o desde el punto en el que nos posicionamos somos hombres y mujeres políticos, pues  todos y cada uno de nuestros actos son un acto político. Desde el mismo nacimiento o muerte, pasando por respirar o cada una de las decisiones económicas que tomamos. No lo veis? No es lo mismo respirar el aire limpio y puro de uno de nuestros concejos de montaña que el aire, por ejemplo, de Gijón. No es lo mismo llevar tus basuras al contenedor a que las recojan en tu puerta con un sofisticado sistema de reciclado (que unas veces se cumple y otras no, pero que está ahí) Y para que vamos a hablar de derechos como la Sanidad y la Educación. En España tenemos diecisiete sanidades diferentes por eso cuando hablan de lo que ocurre en Madrid o en Castilla La Mancha que afortunadamente no ocurre (de momento) en Asturias (aquí ocurren otras cosas) nos echamos las manos a la cabeza. El hombre no puede abstraerse de su condición política. Decían los griegos que los ciudadanos podían dividirse entre "políticos" aquellos preocupados por los asuntos de la polis e "idiotas" aquellas personas a las que el gobierno o desgobierno de su ciudad, los asuntos públicos "ni fu, ni fa", o sea, les daba todo igual. Fíjate que los griegos contraponían comprometidos con egoístas. Ayyyyyy, según éstos los comprometidos, los políticos, eran los que se preocupaban del bien común y los que padecían idiocia el resto, es decir, los que carecían de compromiso. Esto ahora no es exactamente así. Muchos políticos nos han demostrado sobradamente su capacidad de idiocia en el sentido de egoísmo y utilización de la política para fines propios, pero este no es el tema de hoy (aunque sea el de siempre).
Lo de hoy es otra cosa. Se trata de apelar a la responsabilidad de todos y cada uno de los que mañana estamos llamados a acudir a votar. El derecho a votar, tan largamente deseado por generaciones anteriores a las nuestras. La posibilidad de acudir a las urnas a expresar con libertad (en el caso de que el actual momento económico nos lo permita) un derecho que estuvo secuestrado mucho tiempo. El anhelo cumplido con la llegada de la democracia (imperfecta, claro, como casi todo en esta vida) la ilusión de las primeras veces es un derecho a ejercer (en mi opinión tendría que ser una obligación) y es un acto de rebeldía en toda su extensión, quizás el único acto de rebeldía válido y eficaz. Hay que ir a votar el domingo. Hay que hacerlo desde el corazón y la cabeza, de forma razonada y con conciencia de que en cada papeleta que depositemos en las urnas esta el futuro de este país, nuestro futuro, el de nuestros mayores y el de nuestros hijos. Hay que ir a votar para conseguir una participación amplia que verdaderamente sea representativa de la voluntad del pueblo. ¿Qué se fragmentan los parlamentos? Bien, vamos a ver quienes están por el bien común y quienes son idiotas. ¿Qué hay que pasarse una semana sin dormir, devanándose los sesos para conseguir equilibrios que supongan gobernabilidad? Bien, bienvenidos los PACTOS, siempre que no supongan vender tu alma al diablo. Yo en mi vida personal tengo una máxima que es "si beneficia al grupo, si nos beneficia a todos, yo me siento con quien sea, otra cosa es que lo invite a mi casa a cenar".
Deseo de verdad que mañana sea una jornada de madurez democrática, que la gente abandone la desidia y la falta de ilusión y salga a votar y vote por sus padres, por sus hijos y por ellos mismos, que votemos por cada pueblo, por cada aldea, por cada ciudad. Que lo hagamos con responsabilidad e higiene para este maltrecho país, que lo hagamos por la regeneración democrática, por la transparencia, por la honradez. No olvidéis que gente honrada y comprometida la hay en todos los partidos y en todas las formaciones. Que el día de hoy sopesemos y valoremos con objetividad lo que queremos y cómo lo queremos. Que aceptemos que la pluralidad es riqueza SIEMPRE. Que otra forma de hacer las cosas es posible, vamos a ver que pasa. Y sobre todo, que cada voto cuenta, que cada uno de nosotros somos los portadores de poder soberano y que, al final, es a nosotros a los que nos tienen que rendir cuentas, también es nuestro derecho exigirlas.
En las últimas elecciones europeas yo no iba a votar, Lidia una amiga de mi prima Natalia, escribió algo en su muro (no recuerdo si luego lo hablamos por privado) que me hizo ir, ojalá estas palabras consigan que un solo desengañado se levante con ganas de ir a votar. Ojalá hubiera mucha gente como Lidia que lleva unos días madurando su voto, a veces, tener las cosas claras no es más que un símbolo de inmovilismo.
Ojalá mañana haga un día espléndido que anime a la gente a acudir a sus colegios electorales (si hasta la palabra colegio electoral encierra todo un símbolo), ojalá mañana triunfe una vez más la Democracia, ojalá este país se mueva hacia adelante y ojalá los aficionados del Real Oviedo demos un pasito más para volver a Segunda.
Ahhhh, y sobre todo, que hablen las urnas y que nuestros representantes remanguen les mangues y se metan el día 25 en el barro para, trabajando todos juntos, sacar arriba a este país.

jueves, 21 de mayo de 2015

Juan y Marta. El jardín.

Marta siempre quiso dejar la ciudad, alejarse del asfalto y cambiar de vida. Respirar era su objetivo vital. Siempre había sabido que su lugar no era aquel. Estaba harta de su trabajo, bueno no, estaba harta de la falta de él. El estudio de arquitectos que había montado con su hermano y en el que habían puesto toda su ilusión, hacia años que no recibía ni un cliente. De hecho ella, que se había reinventado, pasaba muchas tardes y últimamente también muchas mañanas, haciendo galletas y tartas, bizcochos y magdalenas que había conseguido colocar en muchas de las confiterías y panaderías de la pequeña ciudad donde vivía y trabajaba. Y es que la crisis estaba siendo atroz en todas partes. Atroz y devastadora también para las relaciones personales. En los últimos cinco o seis años había ido viendo cómo los matrimonios de sus amigos se desmoronaban, cómo los más fuertes se rendían víctimas de la desesperanza y de la angustia de no saber por donde tirar. Sin embargo, si algo la mantenía con los pies en el suelo eran su marido Juan y su hijo Lucas, los cimientos de aquel frágil universo en el que vivía instalada. Juan reconstruía, día a día, su historia de amor. Deshacía los terrones de silencio que de vez en cuando aparecían, arrancaba las malas hierbas, podaba las ramas enfermas y rotas, sembraba y regaba la tierra. Era el jardinero de aquella vida en común, también era su oficio. Eran relativamente felices, si tenemos en cuenta que llevaban juntos casi veinticinco años. Ambos se esforzaban por avivar de vez en cuando el fuego e iban tirando, cansados, pero juntos. Lucas era un chaval inteligente y estudioso. Iba a la Facultad y al Conservatorio. Dividía su tiempo libre entre jugar al fútbol y tocar el piano. Si alguien los observará desde fuera, formaban una familia normal inmersa en su rutina con algunos breves momentos de luz. Si alguien conviviera con ellos vería las dificultades que tenían para mantener su equilibrio individual y como equipo. Si uno de nosotros pudiera colocarse en sus zapatos vería el esfuerzo enorme que todos hacían para poder seguir juntos en aquella época de turbulencias que les había tocado vivir.
Cuando recibieron la comunicación del Juzgado no podían adivinar como aquella carta iba a cambiar sus vidas. Juan descendía de una familia con origen en el Oriente asturiano que había estado mucho tiempo en la Argentina. Su tío abuelo Luis, que hizo un largo periplo hasta llegar a aquel destino, se casó con una asturiana de Luarca. No tuvieron hijos y, al volver, convenció a su esposa de construir la casa con la que tanto habían soñado en Ribadedeva. La casa estaba construida en una colina, como en una atalaya natural, desde donde se asomaba al mar Cantábrico ese mar con carácter, salvaje y fuerte, vivo y bravío, con sus olas de espuma blanca y azules aguas. Aquel hombre que había estado tanto tiempo fuera había añorado tanto su mar y su tierrina que había sabido elegir el sitio. Nadie podía dudarlo. El azar hizo que fuera Juan el heredero de aquella joya y Marta vio el cielo abierto y adivinó en el horizonte el cambio que tanto deseaba.
Han ido hoy a firmar los papeles en la Notaría de Llanes y a concretar los últimos flecos con el contratista. Fueron varias veces a visitar el sitio antes de proceder a la aceptación de la herencia. La finca no tenía ninguna carga y se conservaba en muy buen estado. Estaba construida con los mejores materiales y Marta tardó apenas unos segundos en dibujar en su cabeza los planos imaginarios de la reforma que necesitaba aquel sitio para convertirlo en un exquisito hotelito de lujo. Tenía muy claro lo que quería ofrecer a sus potenciales clientes, un sitio único, con encanto, un lugar para enamorarse y volver una y otra vez. Les sobraba sitio, harían entre ocho y diez habitaciones dobles con baños amplios, dos en la planta baja adaptados para personas con movilidad reducida, cuatro en la primera planta y otras cuatro en la segunda y una suite en el desván, un par de comedores uno de ellos con una terraza desde la que poder escuchar el sonido del mar. No necesitaban abrir huecos, tenía ventanas suficientes. La casa parecía hecha con el único fin de que Marta llevará a cabo su sueño. Ellos podrían vivir allí, la casa de los guardeses era más grande que su piso de Oviedo. Era igual que haber encontrado un oasis en el desierto.
Juan estaba en el jardín estudiando las posibilidades de aquel espacio, habría que decidir qué plantas conservar y qué plantas nuevas incorporar. Allí podría poner en práctica todo lo que había estudiado en los noventa en Inglaterra. En realidad era paisajista, pero en Oviedo tenía pocas oportunidades. Ahora todo sería distinto, en cuanto pusieran el hotel a funcionar él podría dedicarse a lo que verdaderamente amaba, podría entregarse totalmente a cuidar de Marta y del jardín, por fin tenía tiempo y espacio para ambas pasiones, Lucas se hacía mayor y pronto querría independizarse. Se dio cuenta de que nadie le había llamado en todo el día y se puso a buscar cobertura. Eso había que mirarlo, no era normal que en pleno siglo XXI tuviese que perder tiempo buscando señal. Se colocó al lado de la palmera que indicaba que allí había o había habido un indiano. Tenían que decidirse por un nombre, no acababan de ponerse de acuerdo.
“Coño, tengo más de diez llamadas perdidas de un número desconocido y de mi madre, qué raro” Dijo cuando miró el móvil. Marcó a su madre a casa, siempre lo hacía, no se acostumbraba a que ella también vivía en la era de la tecnología. Llamó de nuevo, esta vez al móvil, le extraño que lo cogiera su hermana, le notó la voz entrecortada, no podía hablar.
- Juan, ¿estás con Marta? 
- Sí, está aquí, creo que en el comedor de abajo midiendo las cortinas.
- Juan, tenéis que venir rápido. Llevamos horas intentando hablar con vosotros.
- ¿Qué pasa? Ya sabes que aquí hay muy mala cobertura y se nos ha ido el tiempo.
- Juan, tenéis que venir.
- Joder, Clara, me estás asustando ¿qué pasa? ¿es mamá?
- No, es Lucas. Ha tenido un accidente.
- ¿Cómo que Lucas ha tenido un accidente? 
- Sí, viniendo del concierto de la Pola. Por favor, tenéis que venir.
- Que sí, coño, que vamos ahora mismo, voy a buscar a Marta y salimos, ¿es grave?
- Juan, por favor, tened cuidado con la carretera. Estamos en el HUCA, os esperamos.