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lunes, 18 de mayo de 2015

“Muchas luces y alguna sombra”

En la novela de Alejandro Palomas “Una madre” la abuela Ester, cuando las cataratas hicieron de las suyas y para describir lo que veía, empezó a utilizar la expresión “algunas luces y muchas sombras” y todos los miembros de la familia acabaron usándola habitualmente para referirse a aquellas situaciones que o bien no tenían muchas ganas de explicar o bien no estaban muy claras o muy definidas. En mi caso, yo a la frase, que es muy buena, le he dado la vuelta.
 
Muchas luces y alguna sombra” estas cinco palabras expresan lo que he vivido en esta primera mitad de campaña electoral. Y quiero compartirlo hoy y no el domingo porque si espero al 24 a lo mejor, y sólo a lo mejor, las impresiones son otras, de hecho seguro serán otras. Y es así que pasado el ecuador de estas dos semanas, tengo que decir que uno aprende y madura con cada uno de los pasos que va dando en su vida y esta aventura para mi está siendo una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido en tiempo, sobre todo, por la gente. Por encima de todo y sobre todas las cosas, me quedo con la gente.
Y es que cada uno de nosotros que no puede ni debe abstraerse de su lado social, se relaciona con los demás como respira, muchas veces de forma instintiva y refleja, sin ni siquiera pensarlo. Pero cuando por un motivo concreto tienes que ir pueblo por pueblo, casa por casa, puerta por puerta tomando el pulso de la gente que vive o sobrevive, hablando con aquellos que aman o aborrecen su pueblo, su ciudad o su país, te das cuenta de que lo que le da un valor verdadero y absoluto a todo somos nosotros, las personas, todas y cada una de nosotras, todas diferentes y únicas, todas especiales e irrepetibles, con independencia de nuestras ideas que en ocasiones nos unen y en otras nos separan.
Y puede ser que si este último mes no hubiera sido tan intenso o yo no estuviera especialmente sensible, no me apetecería para nada compartir estas sensaciones o quizás la explicación venga de que cada una de las personas que hemos visitado nos ha abierto su casa, recibido con una sonrisa o con un gesto amable, nos ha hecho partícipes de su riqueza o de su pobreza, nos ha incluido en sus vidas que eso para mi ya es mucho. Y es por eso que a lo mejor la clase política debería (no debo ni quiero incluirme) salir más a la calle durante los cuatro años que duran los mandatos, tomar muchos cafés y fumarse muchos cigarrillos con la gente que deposita en ellos su confianza, hablar menos y escuchar más a aquellos que son sus potenciales votantes no sólo los últimos quince días del mandato, sino todas y cada una de las mañanas y las noches que tienen los 1461 días durante los que inocentemente depositan sus destinos en sus manos. Creo que esto se lo he oído yo a un compañero: “La campaña electoral es cada día” y es verdad, el voto se pide cada día con nuestros actos, con nuestro comportamiento, con nuestra capacidad personal y grupal para atender a las personas y gestionar sus peticiones, con nuestras habilidades para ejecutar proyectos, con nuestro hacer y estar en Quirós y por Quirós. Sin embargo, esta reflexión no hay que hacerla hoy sino cada día.
Ahora sólo me queda hablar de las “muchas luces” porque de las “algunas sombras” no voy a hablar, no merecen ni mi tiempo, ni mis palabras. Y muchas luces, sí, las de estos días. Luces de siempre y luces nuevas. Las de mi gente que me llevan acompañando toda la vida y que me apoyan en todas las causas que emprendo. Las de los compañeros de la candidatura que para nosotros es la mejor porque es la nuestra, no olvidaré las veces que nos hemos reído juntos y lo buen equipo que hemos formado a pesar de ser tan diferentes, recordad que el auténtico trabajo empieza el 25. Las de todas las personas, también de otras formaciones, que me han manifestado su cariño y su respeto, guardo cada palabra, cada e-mail, cada comentario, me he sentido muy bien, la verdad, tampoco podía ser de otra manera. Y las de los quirosanos y quirosanas, cada mirada cansada y cada cara surcada de arrugas, cada mano anciana y cada descontento, cada observación... sus luces son las que justifican este compromiso, este trabajo y esta aventura.
Y algunas sombras, a pesar del cansancio, del mal sabor de boca y de algún que otro trago amargo, respecto a éstos: paso palabra. La envidia es mala, pero el miedo más. Por suerte, mi madre  marcó la puerta de nuestra casa y la mediocridad paso de largo en nuestras vidas. Pobres de aquellos que la tienen sentada a su mesa para siempre. Ellos solos se retratan.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Caminar del día

Amanece y se cuela la luz, suavizada por las cortinas, a través de las rendijas de la persiana. Se va llenando de claridad la habitación. Huele a café. Tengo una cafetera de esas que programas el día antes y te hace un café rico, rico justo para el momento en que suena el despertador. Mi alarma es olfativa, me despierta el olor del café casi al mismo tiempo que suena el tenue timbre de mi móvil. Salgo de la cama, evitando el peso de Lola a mis pies y voy en busca de mi dosis. La necesito. Sin café no soy persona, sobre todo, por las mañanas. Me preparo uno en taza grande. Un café largo con un poco de leche, sin azúcar, amargo y caliente. Me gusta así, que queme en la garganta el primer sorbo, que haya que esperar para tomarlo, que vaya enfriando mientras el calor se va transmitiendo de la taza a mis manos y el líquido va atemperando. Odio el café frío, como odio a las personas frías.
Vuelvo a la habitación, las luces del día son cada vez más claras. Me acerco a la ventana, miro hacia afuera ¿Qué tiempo hará? Yo que siempre quise ver tejados, poblados de árboles desnudos de hojas todo el año, esqueletos metálicos que conforman bosques de ciudad, sólo veo aburridas ventanas iguales de un edificio idéntico al mío. No hay nada interesante enfrente si acaso mi vecino. Por cierto ¿Qué hace hoy? En el mismo piso, a la misma altura, un chico solo como yo que cada día sigue la misma rutina. Se levanta. Abre la cama. Echa la ropa hacia atrás. Se va a duchar. Vuelve vestido. Hace la cama y sale a la calle. Camina siempre muy rápido. Cuando me cruzo con él, las pocas veces que lo he hecho, lleva unas extrañas e imposibles combinaciones de colores. Como una apreciación personal, diría que mantiene una extraña relación con la paleta de colores. Nunca lo he visto hablar con nadie, ni comprar en los comercios del barrio. Sale del portal, se dirige siempre hacia el mismo lado de la calle y cruza el puente. Qué raro se me hace verle cada mañana desde el otro lado de la calle y no saber nada en absoluto de él.
Miro la calle vacía, sin apenas gente, la panadería cerrada y el reloj de la farmacia de la esquina. Solos, mi vecino y yo, a la altura de un 4º piso. Pienso en cualquier cosa.
Es medio día, voy hasta mi bosque. Es mío al menos como admiradora, lo he encontrado en una ventana. He cambiado el trayecto por el que paseo con Lola despues de comer haciendo el recorrido un poco más largo, caminamos hasta el centro de salud. Hay un espacio verde donde solían ir muchos perros con sus amos, ahora les han robado parte. Han hecho un talud enorme para sujetar la nueva pasarela que une el barrio con el centro comercial. Una pasarela que tiene la escalera más empinada que yo haya visto nunca. Creo que la ha financiado el propio Carrefour. Caminando por esa calle en dos ventanas, porque los árboles están repartidos, he descubierto un bosque. Cada vez que paso, no puedo evitar mirar hacia arriba e imaginarme el trabajo de su dueño cuidando su pequeño paraíso y me emociono. Parece ser que en este arte, ah, no lo he dicho, se trata de un bosque de bonsais, el árbol representa un puente entre lo divino y lo humano, entre el cielo y la tierra. Así la persona que era capaz de conservar un árbol en una maceta era merecedor de la eternidad. Pues este señor, en un barrio humilde de Oviedo, este señor quién sea, tiene un bosque en su ventana y me apasiona la idea, me encanta. Ya sé que nunca será como el robledal de mi padre, pero algo es algo. Es su aportación a la belleza del lugar inhóspito que es este sitio, esta ciudad y este mundo. Su parcela de belleza y libertad. Algunos dirán que los árboles estarían mejor en el monte, pero seguro que este hombre cuando los mire y los mime sentirá que es afortunado y que parte de su felicidad se la da su pequeño y particular milagro. Y sí, estoy presumiendo que es feliz y, a lo mejor, lo está pasando fatal y es un desgraciao, pero prefiero creer eso y cada vez que paso por allí, sentir un pinchazo de envidia.
Pienso en el rocío de la mañana sobre el verde tapiz de la maceta, en la pequeña sombra que producen los minúsculos árboles enanos, en la presencia de diminutos seres mágicos que desde el alféizar de la ventana se asoman a cotillear la vida de ese hombre y su familia. ¿Tendrá familia o lo serán los bonsáis?
Media tarde. Llego a casa del trabajo, menos mal que tengo a Lola siempre dispuesta a lo que sea para que le preste atención y, por un momento, hacerme olvidar mis preocupaciones. La misma rutina, el mismo desorden. Ni por un instante me puede la obligación de ordenar nada. Vivo instalada en el caos. Montones de libros descolocados, fuera de su sitio, incluso por el suelo. Ropa tendida en cualquier lado, donde se me ocurra. Nunca compréis una casa que no tenga un lugar para secar la ropa, aunque sea la mínima expresión de tendedero. Me tiro en la cama. Algunos días estoy tan cansada que me rendiría a las 18,30. "Sólo diez minutos", me prometo, para estirar los músculos agarrotados tras 8 horas delante del ordenador. A través de la ventana, que casi siempre está abierta, me doy cuenta de que el barrio parece por fin haber despertado. 12 horas desde que yo me he levantado, cuando ya he cumplido mis deberes y librado mil batallas, ahora que lo que queda del día ya sólo es tiempo para mi y para los mios, ocio puro y duro, el barrio despierta. Es imposible estar en la habitación acostada con este ruido. A no ser claro que quieras escuchar cada una de las historias que pasan por la calle. Y mira que digo "escuchar" que no "ver". No hace falta asomarse a pesar de la altura. Qué gente dios mio, qué ganas de que todos conozcamos sus miserias, qué exposición de vidas y problemas. ¿Qué ganan con ello a las siete de la tarde? Baja el calor, cambia la luz, el barrio sigue andando. Ir y venir de niños comiendo bocadillos de Nocilla o bollos industriales. Los niños nunca se pelean por la fruta. Abuelos paseando, contrastan sus pieles transparentes pobladas de venas azules y sus ojos cansados con las pieles oscuras y los ojos vivos de sus cuidadores casi siempre procedentes del otro lado de cualquier frontera donde la esperanza siempre viaja en patera, real o imaginaria. Coches en doble fila, gente que se baja un momento al Alimerka y hace la compra semanal, un matrimonio que discute en voz más alta de lo normal, un leve incidente de tráfico de casi se solventa a bofetadas, unos adolescentes que se comen a besos en el portal mientras la vecina del quinto que busca las llaves en el bolso les mira de soslayo entre censora y envidiosa. El barrio está vivo, se conoce por el ruido de las terrazas abarrotadas, la gente en el parque, la primavera que ha llegado para quedarse. Llaman a Lola sus colegas desde la calle ¿son ladridos? No, son voces amigas. Entre ellos se entienden y ella les contesta “Bajo más tarde”
Mi habitación se ilumina con una luz naranja y mágica. Pienso en otro atardecer en otro bosque, hace ya tiempo, la luz colándose entre los árboles y tú alejándote de mi para siempre, dejándome allí sola, sin mirar atrás, sin arrepentimientos. Me entristezco con esa luz de vida.
 
Llega la noche y con ella regresan las ganas de vivir. Salimos a la calle. Amarillo, verde, azul conforman el semáforo del reciclaje. Años de política municipal y la gente aún no parece aclararse. Hace falta voluntad y ganas de aprender. Bajamos caminando por dentro del barrio. Es gris y feo, popular y humilde. Hombres solos fumando a las puertas de cada uno de los mil bares. Nada nuevo, caras oscuras, caras de crisis y aburrimiento. Vino peleón y fútbol en la tele. Cada día fútbol, tabla de salvación y ajenamiento. Me paro frente al escaparate de la librería, cada día lo hago. Busco novedades y algo interesante. Siempre encuentro algo entre la oferta diversa que se adapta a los gustos de los lectores. Muchas lecturas comerciales y bestsellers, estrellas mediáticas de medio pelo y de polvo y medio metidas a ¿escritoras?
Pienso en el antiguo dueño. Murió pronto como casi todos los buenos. En todo lo que hizo por el barrio y por la cultura de esta ciudad provinciana y cateta. Una luz en medio de aquellas calles, una luz que salía desde allí fugándose Tenderina arriba. Sigo andando, desde dónde estoy veo la torre de la Catedral, es otra pincelada de luz y color en medio de tanta mediocridad. Nuestro paseo llega a su ecuador y vuelvo hacia casa con Lola a mi lado, fiel y curiosa, olisqueando y descubriendo, siempre preparada para sorprenderse como una niña pequeña. Siento una bofetada de realidad golpeando mi cara. Un paisaje deshabitado y desolado, como de campo de batalla. Casas derruidas y abandonadas, refugio de desterrados del olvidado estado de bienestar. ¿Cuántos viven allí entre tesoros rescatados de la basura? El fruto de la burbuja inmobiliaria.
Me acuesto. Abro un libro. Solo alcanzo de leer unas líneas. Me duermo rápido y sueño. Sueño con el manzano de mi pueblo en el que paran todos los pájaros a descansar camino de sus nidos. Sueño con la sombra de los álamos en la carretera al lado de la iglesia, con la palmera de la Fábrica de Armas por la que mi abuela media la intensidad del viento, con el viejo árbol que talaron cuando sacaron las vías del tren de la ciudad y con el que, desde la ventana de casa de mis padres, hacíamos la transición de estación en estación. Nadie pretendió salvar aquel árbol. No hubo defensa para él como no la hay para tantos otros pequeños y viejos, indefensos y feos.

Suena el timbre del móvil. Son las 6.00 de la mañana. Un barrendero riega la calle. Amanece un nuevo día.